lunes, 17 de diciembre de 2012

Las torres y el silencio.


∑ dice que el mundo no se va a acabar, lo cual, es algo que ya sé pero no importa, de todos modos, la forma en que lo dice, sus labios entreabriéndose, la forma de sus manos alineada siempre, la punta de su lengua y de sus dedos es algo que me va consumiendo, así, muy despacio, casi sin que yo mismo me de cuenta.
Debajo de la mesa mis piernas tiemblan y se me va yendo, a una velocidad lentísima, exasperante, el aliento. Busco algo que decir pero no encuentro nada, no puede decirse nada. Miro al fondo de la taza y aún hay un poco de café, lo revuelvo con la cucharita a pesar de que no hay nada que revolver, yo tomo el café sin azúcar, muy cargado. Suspiro y tomo otro sorbo, el últim, en el fondo de la taza solo quedan los sedimentos ligerísimos que quizá alguien pueda leer, en voz alta, para que ∑ se asuste de toda la perversidad que puede caber detrás de estos, mis lentes minúsculos. 
— ¿Y eso qué importa? — le preguntó, saboreando las últimas notas del café que se escapan de mi paladar húmedo. — Al final de cuentas, si se acaba nos va a dejar de importar igual de pronto —
Solo veo como ∑ toma su vaso y lo acerca a sus labios, parece saborear el filo del cristal, una gota de agua resbala por su piel hasta su cuello, ella no lo nota.
— Quién sabe — responde, luego más bajo — quién sabe—
La tarde va volviéndose noche, por el balcón de atrás puede verse la calle, las torres de una iglesia y las ramas de un árbol (¿un sauce?), a esa hora de la tarde la sombra de los edificios se proyecta justo hasta el comienzo de la acera opuesta, unos pocos rayos de sol alcanzan a dibujar figuras extrañas en las puertas viejas de madera de las casas de enfrente, adentro, en el café, un silencio inusual parece adueñarse de todo, ningún sonido, nada, las únicas personas allí somos ∑ y yo, sentados en la mesa, sin decir nada, ∑ mirando hacia afuera y yo mirando hacia ∑. En ese instante, todo es de una perfección envidiable, una torre, como las de Adelaida Veen, ese momento es una torre; luego ∑ pestañea y la torre parece venirse abajo. Sus labios se mueven, dibujan en el aire una pequeña ‘o’, sus ojos profundos, clarísimos, turbios, me apuntan, y su lengua se mueve, humedece sus labios en un gesto que se antoja premeditado.
— ¿Te da miedo la muerte? —
¿No? ¿No me da miedo la muerte?
 — No sé — , quizá me de miedo acercarme a la muerte, creo que la vida es como esas gráficas que suben hasta el infinito pero nunca tocan cierto punto, una asíntota, así, uno se acerca a la muerte a pasos agigantados, pero cuando está tan cerca, rozándola, cuando uno siente la bala tocarle la sien, cuando uno mira sus ojos cerrarse por última vez, entonces, no sé porque lo creo, la vida se va volviendo lenta de nuevo, y empieza a acabarse cada vez más lentamente, y, sin darse cuenta, uno se va sumiendo en la eternidad más extasiante de la vida, vaya que la eternidad entonces sí sería un instante, me digo en silencio, no hablo, estoy sumergido en una angustia terrible y callada mientras ∑ me mira, pero no sé, no creo que jamás conozca a la muerte, porque de pronto, después de esa eternidad, en un instante, uno ya está muerto, y yo no sé si pensar que voy a seguir viéndolo todo o simplemente mi conciencia se va a extinguir, se va apagar, se va a perder para siempre en un gigantesco vacío de totalidad. No sé.
— No sé — le respondo de nuevo, reafirmando mis palabras, solo para darme cuenta de que la respuesta que acabo de darle sonó tan fría y apagada que terminó por golpear la torre en la que estaba apoyado.
¿Y si la muerte fuera una torre? 
Los parsis, en Irán y la India, solían construir edificios redondos, fantasmas alejados del centro de las ciudades donde depositaban los cadáveres de sus muertos, quizá aún lo hacen. Esos edificios eran eso, torres, torres donde el cuerpo se iba descomponiendo, solo, en medio de la nada, con solo el cielo, la selva o el desierto como mudos testigos de la muerte de la carne devorada por los zopilotes y nadie más.
∑ me mira intrigada, yo la miro avergonzado, como si tuviera que culparme por haber matado el último intento de conversación de la tarde, pero antes de que diga algo, yo, continúo. 
— No sé si me da miedo la muerte, pero al morir quiero que mi cuerpo no lo entierren, me da pavor imaginar que sí aún veo, que si aún siento lo último que vea por el resto de la eternidad sea tierra, un vacío negro e infinito donde no hay nada más — tomo aire, y busco en mi café un poco más, pero no hay — tampoco quiero que me quemen, ¿sentiré aún? Quién sabe, pero si siento la desesperación sería tremenda, no poder moverme, no poder hacer nada, ¿Qué tal si la muerte es solo perder control sobre el cuerpo?, quiero, que cuando muera, me dejen solo, en medio de la nada, en una torre (no añadí, claro está, como ésta), y así morir mirando el cielo, hasta no ser más que huesos, hasta no ser más que nada. 
∑ me mira una última vez y sonríe, sus labios son gruesos, rosados, no sé que hay detrás, detrás de sus labios, de su lengua y de su garganta, pero eso es todo entonces, mirar a ∑ y no estar muerto. Luego las luces de la ciudad comienzan sus destellos y no sé que más se pierda entre las torres y ese nuevo, largo, pero tranquilizador silencio.  

sábado, 27 de octubre de 2012

Dublín


[Hay veces que uno se pregunta por qué escribió lo que escribió y luego tiene tiempo para arrepentirse]

Aquí ya no hay nada, por ahora. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Media tarde. Capitulo XXX


Idus de Marzo.
(No sé que año sea. Querida: ¿En qué siglo vivimos?)
Wien. Imperio Austro-Húngaro. 
(Aunque mi mente esté en ti).

Dear Constanza. (Con todas las letras, tu nombre latino no merece transliteración alguna en ninguno de los múltiples idiomas que tantos poetas o filósofos locos han hablado en tantos tiempos, en tantas épocas) 

Te escribo esto desde el escritorio de mi atelier. Sentado a la luz de una lampara eléctrica. (¿O es una vela? ¿un velero?, un pequeño barquito que está surcando el Bósforo en esa ciudad con la que soñé tantas veces) la pluma tiembla, la tinta azul es la opción más absurda de las tiendas de insumos para dibujo, no sé ni porque.  Querida, te voy a extrañar, voy a dibujar los mapas de nuestros encuentros como si encadenará los momentos de nuestro fugaz paraíso (O quizá solo mi fugaz paraíso porque cabe la detestable posibilidad de que todo esto haya sido un espejismo de mi parte, una perversa ensoñación en donde a ti también te rodeaban esas nieblas densas de lo imposible y… ) a la indetenible maquina del tiempo que nos impulsa para adelante, siempre para adelante. No te sorprendas si te digo ‘querida’. No, es solo que repetir tu nombre tantas veces es una tortura, una dulce tortura que consiste en vaciar, una a una, las cavidades secretas de mi pecho, despreciando sus contenidos inestables para quedar finalmente envuelto (dudo que este sea el termino correcto) en un vacío de lo más indescriptible, en una especie de tela invisible que me impide escapar de algún sitio, hacía alguna parte. 
Tu nombre todavía no se escapa de mi mente, tu nombre no deja de arrastrar como ríos inevitables todas las cosas que soñé en un futuro probable para nosotros, nuestras correrías imaginarias por una Amsterdam inundada hasta los tobillos, nuestras desapariciones marroquíes y los callejones italianos donde me sonreías sin querer al bajar los últimos escalones que nos empujarían hacia una ‘piazza’ desierta, como en un cuadro de Chirico. Pero no, tu nombre es un espejismo como todos esos futuros probables que desaparecieron de un plumazo (y con esto, querida, no quiero dar a entender que tu hayas sido la culpable de mi desatino al imaginar un futuro brillante e imposible junto a ti, porque el único culpable, en todo caso, soy yo, yo y mi manía de haber creído encontrar por fin el paraíso).
Sonrío, sin embargo, al escribir esto. Tú no eres Ada Veen y yo no soy Ivan Veen y por tanto nuestro idilio no podía durar (o insisto que quizá fue solo un idílico espejismo producto de mi cruel y burlona mente sin nada que pensar y nada que hacer) y tenía que terminar algún día, y he de confesar que tantas veces, desde que nos conocimos y yo estaba leyendo a Nabokov, y tú llevabas puesta una ropa ligera, casi ligerísima que te hacía lucir como un fantasma improbable pero a la vez cercano, desde ese día yo ya pensaba en el final, en el final de las imposibilidades que harían mi vida un poco más distinta de nuevo. Que me devolverían al frío y eterno mundo real de siempre carente de señales y de poéticas redentoras que vuelven cada plaza y cada esquina la posibilidad de encontrarte, la posibilidad de mirarte, de sonreírte, de buscarte o de perderte. He de aceptar también que sin ese velo de improbabilidad todo este idilio jamás hubiese sido lo que fue, tal vez lo miré así por mi terca necedad de descreer del destino y los encuentros, las casualidades casi cortazarianas me contradecían siempre, me aplastaban y me deshacían y tantas cosas que ahora no encuentro las palabras (como si esto fuera un juego de scrabble y me tocaran puras w’s y puras v’s y no supiera que maldita palabra en un lenguaje como el nuestro podía armarse utilizando esas letras infernales y perfectas).
No te escribo para pedirte que no te vayas, no te escribo para pedirte nada, te escribo, como siempre por escribirte, para deshacer los nudos de mi garganta y convencerme por una vez que puedo al menos, flotar unos instantes en mi memoria convenciéndome de que nada de esto ha sido (como en algunas noches de pesadillas suelo pensar) solo un espejismo inútil. No estoy seguro tampoco de los motivos de tu partida (más simbólica que física, puesto que yo estoy en Viena [“Wien”, para respetar los topónimos originales como siempre ha sido mi obsesión] y tú sigues allí, en Oaxaca, Antequera, en nuestras calles, o tus calles, en nuestros parques, o tus parques. 
¿Cuántas veces, querida, encontramos el paraíso?
No lo sé, pero sé que el paraíso no es un lugar, aunque siempre sucede en un lugar (nuestros parques, nuestras calles) y en un tiempo (nuestras ‘medias tardes’, nuestras ‘madrugadas’). Solo sé también que un paraíso es una cosa frágil pero eterna, no son los paraísos los que se acaban, somos nosotros los que no podemos seguir en ellos, porque estos se aparecen de repente, sin considerar el futuro sin pensar en el pasado, sin pensar tampoco en las molestas posibilidades de sus finales. Los paraísos son crueles, se atraviesan en la vida de uno y la van secando poco a poco, drenando toda el agua de la realidad que se utiliza para regar las plantas de sus jardines, para rellenar sus fuentes y acequias (nuestro paraíso tenía la forma de la Alhambra, ¿recuerdas?) , para preparar el mortero de sus muros (los nuestros siempre fueron de cantera), para utilizarse en el agua helada de sus lluvias, para, no sé, para algo más. Para una imprecisión absurda que uno no puede evitar citar como la última de las ínfimas posibilidades de salvación de la vida.
¿Por qué te vas Constanza? ¿Por qué te fuiste? (Aquí la pluma no pinta bien, ignora los manchones, no son lagrimas, lo juro, es el Chianti que estoy tomando en un vasito de plástico, porque esto siempre ha sido el siglo XXI y ya no quiero jugar a los destiempos) ¿Otro paraíso se atravesó en tu camino? ¿Decidiste volver a tu incomprensible pasado? ¿Quieres acaso, querida, jugar a los extraños? 
Pero, ya no importa, sé que te dirigirás a algún sitio, sé que un día no pudiste quedarte más aquí dentro (A veces siento que yo sigo aquí, aunque las plazas europeas son grandes y sin arboles, y las lamparas no difuminan su luz entre la lluvia) y tenías que salir, hacía un lugar que no era particular pero sí fascinante (quizá no tan fascinante como lo fuiste para mí, quizá no, pero no sé…), quizá y no me importa, quizá ya no sé. El clima aquí se vuelve un poco frío a pesar de las fechas. El café, eso sí, el café aquí es mejor de lo que podrías pensar, en las calles hay gente muy extraña y gente muy común, yo no sé donde me vean las demás personas. Ojalá seas feliz, como sea, donde sea, con quien sea, con lo que sea… 
Tal vez el paraíso no haya sido todo eso, sino solo mis recuerdos, talvez el paraíso solo esté en la memoria y solo tenga que recostarme y recordar mis idilios, pero a ti te voy a extrañar con la tragedia de lo que no volverá a suceder jamás. Pero si algo pasara, yo que sé, algún mal truco del tiempo o un ataque de histeria búscame, y estaré allí, no sé como pero voy a estar allí, a menos que la poesía se acabe yo soy fiel a mi menoría. 
Querida, Constanza, me enamoré de ti en pocos instantes, pero me guardo todo en las letras, me guardo las miradas y los impulsos, querida, Constanza, no me olvides en el silencio. 
Je t’adore. 
(Oui, c’est la mot juste, como diría Flaubert, aunque tú jamás entendiste tanto de literatura y eso no importó jamás)
C’est la mot juste.
Je t’adore.

Tuyo. Con un silencio y una pluma chorreada. (Y otras manchas que no son lagrimas te insisto, no, es un poco de agua sola que derramé sin querer.

Fernando. (O quien quieras que sea)
Addio. 

miércoles, 15 de agosto de 2012

Poética "n"


Un hombre desnudo.
La soledad del silencio.
Una eternidad varada
En una telaraña de lamentos
Así es la mañana
Un adagio de cuerdas
contra el viento

Nos perdimos en la extensión de la avenida
Para entonces el invierno ya se había levantado
Había extendido sus extremidades
Sobre la extensión infame de los bosques de concreto
Había destendido sus sabanas blancas
Y en nuestros pies solo quedo agua
Tú dijiste “adiós”
Pero no había ningún aplomo en tu voz quebrada
Sabía que no te irías 
Y sin embargo nos miramos un instante
Con la confianza de quien mira un precipicio
Y me dijiste “No dejarás jamás que me vaya”

Otra niebla a media tarde
La luz no alcanza para medir tragedias
Las nubes se amontonan
Forman promontorios en el cielo azul 
eléctrico
Las sombras de los faroles se descuidan en las esquinas
Tú dijiste “adiós”
Pero no había ningún sonido en tu voz callada
Nos quedamos mirando como extraños en la soledad de la calle

Tantas otras horas largas
Transcurrieron en anhelos tenues
Tantas veces se rompieron los tendones
Tantas voces resonaron en tus tímpanos
Tanto era el miedo a lo distante
Que dijiste “adiós”
Y yo dije “adiós”
Y desaparecí en la oscuridad de la noche.

Y en la soledad de un andador
O en su desolación de multitudes
Nunca se encontró nada que dure
Nunca los castillos fueron tan posibles
Y tú me dijiste “hola”
Y yo solo dije “adiós”
Y me alejé tras una esquina. 

sábado, 21 de julio de 2012

Poética VIII



Avenida independencia. 6:45 a.m. 

Al salir la calle parece un telescopio
Se estira hasta que sus contornos se diluyen en la madrugada
Se encoge hasta la yema de los dedos
Se estira y parece que se va estirando
Mientras se entumen por el frío las pantorrillas
Se encoge en sus faroles que se apagan poco a poco
Se estira en el vaho visible por el frío
La mañana es una aglomeración de nubes
Es un conjunto de distancias
De colores neutros y fantasmas.
Cada ventana, balcón y linternilla.
Parece deshacerse en el hastío de cada hora
Cada columna y cada cornisa
Resbala de agua en música de exasperante tiempo
De gota en gota
De vacío en vacío
Al salir la calle parece un telescopio
Y en su hidrografía temporal
En sus lagos, charcas y lagunas
Se reflejan las formas de las nubes, doradas
Y
Se dibujan
mientras sube el sol hasta la tarde
Las formas inmortales de los frisos y las cúpulas.

miércoles, 11 de julio de 2012

Los días y las horas. II


¿Cómo definir la tarde?
Una tarde tranquila, donde la naturaleza de las cosas permanece inalterable en todo el curso de la niebla en la ventana. Deglutiendo el contenido de una botella de miel, dejas que el azúcar inverso recorra un leve camino de tus labios a tu mentón y sólo entonces tomas una servilleta y te limpias. Y luego saboreas el sabor nuevo y ardiente del liquido ambarino, que, frente a ti, despide sus perfumes a madera y a muerte.
Pero en cuanto esa agua vital, ese agente desorientador atraviesa tu garganta comienzas a sentir un leve escozor en la mano izquierda, y luego por todo el brazo, y luego el escozor se vuelve de nuevo un vacío en el estomago que hace que te tumbes en la tibieza de tu cama y dejes que tu mente vuele en ese estado supernatural de las cosas.
Hay una fuerte lluvia afuera, el agua entre por debajo de la puerta. El piso esta frío y resbaloso, hay un fuerte aroma a incienso. Piensas de nuevo en cada hoja de la flor de mayo del patio y en como vuelan describiendo leves espirales, y que su color se parece al de las telas de la india, y que los edificios de la india son todos blancos no como las pirámides de la ciudad de México, rojinegras por la piedra volcánica y el tezontle y el olor de los hoteles y las casas viejas cuando bajas del autobús y tomas el primer suspiro del día y los pulmones se inundan de ese imposible aire denso flotando entre la gente apretujada en el primer vagón del metro donde, tú, como un pichón curioso, como un pato recién nacido, oteas por la ventana y ves pasar uno tras otro los edificios apretujados de los multifamiliares y tratas de encontrar una mirada dispersa en alguna calle del centro pero no, inevitablemente el ritmo de las fachadas, las caras de los angelitos, el sonido de tus pasos parece dirigir tu mirada al palíndromo de tres letras al que le da, últimamente con interrumpir en todos tus sueños estivales cargando sus labios delgados y sus movimientos lentos.
Y ya su sombra delgada esta moviéndose con libertad, con un pillo libertinaje, entre tus pensamientos de la mañana, tus deducciones de la tarde, en la conversación de sobremesa te sorprendes forzándote para no mencionarla, y en las tardes solas, cuando no hay nadie, su nombre de fuego aparece garbado en las botellas de la alacena, como un sonido distante, como un fantasma desnudo que se arrastra por el piso y se va metiendo cada que puede, en tus procesos mentales, extrañamente dejando de lado el sueño nocturno, donde los deseos reprimidos de pensar en viajes y en desconocidos con fachas macabras se regodean apareciendo, uno tras otro, traicionándose hasta que el frío de la mañana y luego el sol que punza las pestañas se aparecen detrás de las cortinas y el color transparente del agua borra de tu piel todo el descanso.

Detrás de la puerta de la escuela hay un enorme árbol de hule, sus hojas lustrosas reflejan tus labios partidos. Tu cuerpo tirita bajo el cielo despejado de la mañana.
Escuches el agudo sonido del timbre, y como tus nervios se erizan y entras al salón.
Anatema de lo irónico. Te sientas y esta ella. Junto a ti, viendo a la ventana, incomoda y distraída, como siempre, su tímida cara de rasgos filosos y ojos grandes y profundos como océanos a la deriva en un desierto de suposiciones.
A las tres horas y media, con dos minutos y cuarenta y cinco segundos ella te pregunta la hora, y solo contestas con la ceja levantada y apretando los puños, que son las diez y nada más.
A veces la palidez de sus labios o el brillo de tus ojos son como una espiral inversa, y los dos se encuentran en un punto medio del espacio y se confrontan como dos estrellas en colisión y pasa un instante y el brillo se apaga y los labios se vuelven rojos, cada vez más rojos.
Pero los instantes son un mar plagado de espinas eléctricas, la inadmisible sensación de mirarla sobre el hombro, sus dedos tamborileando sobre las hojas manchadas del cuaderno, la punta de su lengua en tórrido recorrido por la comisura de sus labios, el silencio de sus pisadas como si nunca hubiera un camino abierto entre la onomatopeya matinal de su viejo despertador de cobre, como si todo fuera un sueño extraño, pero un sueño de ella y no tuyo, y la consecuente sensación de flotar en su mente por instantes, por oníricos instantes, la sensación pletórica de encontrarse suspendido en el espacio inalcanzable de su mente, alucinando sus miradas como si se alcanzara el punto indivisible del cielo de la media tarde.
Un leve roce o una caricia, esa tarde se acerca como una roca desprendiéndose de un despeñadero y tu silencio se hace cada vez más filoso, como una pausa entera, como una realidad inagotable que punza y hiere el centro de tu estomago, Ana esta allí, enfrente de ti, contoneándose con pasitos suaves, mostrando en sus sonrisas el filo de sus dientes, ya no es solo tu mirada la que la distingue, con sus rasgos itálicos, levemente galos, vagamente bretones, con sus ojos clareados por las nubes que interrumpen el discurso elocuente del cielo azul eléctrico.
Pero tus miradas no son las únicas, tenues contornos de otros ojos negros se asomarán también a contemplar la supuesta perfección de sus pestañas, el marco angustiado de sus cejas, sus rasgos bretones, angustiados por la presencia inestable de su sangre gala, su innegable porte itálico y el silencio ibérico de su mirada, acechada por otros veintitantos ojos que ven en su sensatez un espacio vacío de angustias, un bloque limpio de mármol toscano, una obra esculpida en un bronce terso como su piel dorada.

En tan pocas palabras que decir Ana basta para describir ahora la ola de sensaciones que traviesas se precipitan una tras otra al caminar por el patio cruzado de ruidos, al subir los peldaños de concreto, aferrándose al barandal de acero y luego entrar, victorioso y cobarde al mismo tiempo, por la puerta del salón en medio de un quejido deslumbrante que producen sus goznes oxidados y hallarse de pronto vencido por la presencia de la musa, mirándola cara a cara, derrotado por su desdén hasta entonces silencioso, por ese desdén con que mira tus manos cansadas, la confrontación de sangres, el temblor ibérico de tus pisadas y la contundencia germana, casi inevitable, de tus dedos pero el tardío e imperceptible susurro del Anahuac en tus labios, en tu nariz levemente torcida, pero no torcida en silencio como a un noble italiano, ni elegante como un aristócrata francés, torcida abiertamente, toscamente, como si la mano invisible de un fuego fatuo se hubiese esforzado en construir su delicada estructura para hacerla parecer salvaje, como el susurro de un bosque en llamas, como el complemento de tus ojos oscuros que la miran y se inundan de un salino mar en llamas que se evaporan desde tu corazón, desde tu pecho y hace que rabioso desvíes la mirada, y rabioso te sientes en el mesa-banco mirando hacia todas partes con el semblante de un caballero derrotado después de un duelo, llorando en silencio y acompañado del ruido rítmico de los automóviles entras en un sueño leve, un sueño nuevo, un sueño estival que te detiene lentamente de tu caída, que reconstruye con la precisión de un artesano arábigo, el curso de tus sueños aunque allí junto a ti ella ria.

martes, 10 de julio de 2012

Los días y las horas. Avance I


Ahora sí recuerdas:
Un vacío y luego el silencio.
La tibia cara de Ana, distraída y ruborizada.
Ese vacío y ese silencio, una sensación difusa en alguna cavidad desconocida entre la garganta y el corazón, o en el diafragma. Un leve aroma a vainilla, como una brisa y luego el ruido, el estertor de los tambores, la distensión muscular que se revela como una lejana recompensa apenas alcanzable en el momento de estar sentado en un mesabanco con las patas rotas y rayones de plumas rojas en su superficie cubierta de acrílico.
¿Cómo explicar el frío de tus manos?
El ventilador que gira y gira y gira en un día soleado, los últimos resplandores del verano entrando por la ventana entreabierta hacia el patio. Un hielo momentáneo, caído del cielo. Un fenómeno físico, relacionado con la inversión térmica, algo improvisado por el momento. Pero un congelamiento no, el sudor que se escurre porque el deseo de no echar a perder la primera oportunidad de acecho, el primer acercamiento casual, la primera mirada retadora, pero nada, no hay encuentro y el día acaba y una llovizna suave deja la calle oliendo a tierra mojada.
¡Cómo fluyen las horas!, la primera tarde esta rellena de ausencias, y las manecillas del reloj parecen avanzar a pasos cortos, como brinquitos sobre un charco, como lejanías. Y los ojos del gato de la cocina, ese reflejo verde en sus enormes y dilatadas pupilas, no sabes porque, pero te recuerdan a Ana, entrando en el salón perdida, y su sonrisa inmediatamente rosada en las mejillas. En las últimas horas de la tarde, cuando los rayos del sol se vuelven lastimosos y débiles, te acuestas en la terraza, y de tus sueños, las sombras, suaves contornos de lisas formas, recrean el día pasado, y entre todas las figuras vuelve a surgir Ana, descuidada, entrando sin querer por la puerta de lamina azul.
Pero el día siguiente pasa como un suspiro. Y lo mismo el miércoles y el jueves y el viernes, y el segundo lunes como un vistazo breve y no hay nada más. Conjugaciones Verbales y fracciones, Concepto de Vida y representaciones Cartográficas; en un mapa estas en las segunda fila, tercer lugar, frente a la puerta, mirando el patio y las lloviznas que caen a ratos dejando una niebla delgada, que pasa como una exhalación con sabor a mentas.
Entre las sombras (porque para ti son sombras los cuerpos de impúberes y adolescentes que se pasean con desganado descaro en el patio de la escuela, y es que son sombras porque a duras penas sus nombres flotan en tu memoria como barcas a la deriva), entre las sombras del patio, atrás del conserje y del maestro de matemáticas que cruza hacia el salón, pasa Ana, con su paso lento y sus ojos en el cielo, ambos nublados por un gris inexplicable, y sientes la punzada de las situaciones, ves pasar su cuerpecito de doce años apenas y ves las nubes grises en el cielo y un aroma como a vainilla de nuevo y de nuevo ese vacío y ese silencio y puff, desaparece y así, súbitamente como comienza termina y en el pizarrón los números, en aparente desorden van cobrando una estructura lógica.

¿Cómo se pasa el tiempo en los días que llueve toda la tarde?
A veces contando los números sueltos en el libro de matemáticas, pero no todas las tardes, a veces simplemente recordando cosas sin sentido, porque la imagen en la televisión se ve borrosa y estática, y los sonidos suenan huecos.. Así que, recostado en la cama, con frío, comiendo una barra de chocolate, sin leche y con vainilla te acuerdas súbitamente al sentir la dulce nota de sabor que se vuelve fragancia de los dos minutos distantes en que la carita angelical, casi perfecta, pero a la vez tan distinta de la cada vez más imposible Ana y sientes un leve calor frío recorriendo un camino infernal desde tus labios hasta tu entrepierna y ya, súbitamente también, se acaba la lluvia.
El sonido de los sapos es un acto orquestal en la fría noche, el olor de la tierra mojada parece surgir de justo debajo de la cama, y te revuelcas en ella con las imágenes de Ana revoloteando como orugas ávidas de metamorfosear en doradas mariposas. Y bajas las escaleras, con sumo cuidado de no resbalar en la humedad que se coló en el techo, un vaso de agua de limón se te derrama en las piernas, y a un montón de hormigas que escalan confianzudas les hechas agua.

Cuándo dejaste de zozobrar en la vigilia, no lo sabes, solo ves la luz del día y el desvelo, el cansancio que se apodera de tus dedos. En la escuela tras la entrada oteas el horizonte con cuidado de no ser descubierto y saludas con discreción a las presencias absurdas que se te acercan y te abordan de costado, pero  no la vez a ella, su fina cara de traslucida piel se asomaría, sin miedo, a otros horizontes en las ventanas de su casa, su silueta ligera no caminó hoy por los pasillos mojados y su perfume de vainilla no floto hoy en el aire viciado de vapor de agua, dejando un vago sabor a fuego en los troncos de los pinos.
Y no sabes cómo de repente, solo te lo pregunta Darío y le respondes, como un reflejo, como una maquina, como si el único propósito de tus palabras fuera responder esa pregunta, con todo el fervor que surge como hiedra de los más profundo de tus sentimientos enlazados.
¿Te gusta Ana?
Y le dices que sí, pero no le dices que su andar cansado, a ratos como aire, a ratos como el galopar de un hipocampo en un llano de clepsidras, no le dices que es el aire con tenue olor a vainilla, o la imagen de su aliento que puede tener un vago perfume de limón, o el color de su piel, como un café muy leve, como la canela pálida de una repostería francesa, o el color de sus ojos, como las hojas de un olivo seco.
Porque nunca te percataste de cuanto había cambiado tu mente en esas primeras cuatro semanas, y como su imagen se plantó como un orquídea en el tronco de tus ideas, o de cómo en esa primera fase de pensar en Ana las cosas fueron volviéndose retratos de Ana, analogías de Ana, Segundos de verla o minutos de no verla, hasta el diminuto insecto que pasaba volando y rozando tu pelo te recordaba de alguna forma la insolitariedad de sus pasos, tu mirándola distraído hasta que la tarde acaba y te vas.
Pero la insolación es un fantasma que cruza en diciembre, y luego el frío juguetea con tus entrañas. La escuela desierta, el edificio sólo, y tu en tu sobriedad sentado en una banca miras con disimulo el nacimiento de las hojas de un helecho. Repasas con miedo las formas de tus dedos, descubres muy tarde el color de un beso.
Y ella pasa como un espejismo, sin alcanzar a disfrutar su imagen, ella se aleja mirando con ira apagada en sus ojos de gorrioncillo herido, ella se aleja dejándote solo, con sabor a frutas en la boca, con la mano espinada de limones y la flor pequeña en el suelo, aplastada y tus ojos desbordados.

domingo, 17 de junio de 2012

Impresiones.


Impresiones sobre una serie de fotografías y cinco piezas de Coltrane. 

Sus ojos. 
Allí se pierde la memoria, o más bien, para decirlo en palabras más comunes, se pierde uno en sus propias memorias, su mirada alcanza para deshacer las barreras intangibles de la distancia, aún allí, tras el brillo de la pantalla la profundidad café es suficiente para vislumbrar las profundidades abisales de la fosa de las marianas o las latitudes imaginables de las selvas brasileñas. 
Rescatando la idea, el lugar común quizá, de que los ojos son las ventanas de lo que hay dentro, puede afirmarse con certeza que un solo vistazo fugaz a aquellos ventanales resulta en la tragedia (por lo inevitable) de una fascinación constante, de un desvelo nocturno o de la sensación punzante de un golpe en el pecho. 


Constelaciones.
Como estrellas, porque cabe la comparación, existe la posibilidad bastante aislada que otras figuras inimaginables puedan hallarse allí, más allá de la linea que demarca sus ángulos quizá exista una estrella polar, una osa mayor, o una constelación de tauro, escorpio o libra entre el desorden de todos esos puntos aparentemente caóticos, mientras tanto la linea horizontal será la fascinación más inmediata que el observador curioso tenga ante sí. 


La vie et la mort.
La fragilidad sobre las letras, el general está enfermo sin ser aún general y ya en el pueblo se augura el caos, pero esa es solo la distracción a los contornos rojos que sobresalen sobre las letras, los pistilos y los pétalos definidos de un lado, marcando sus posibilidades por encima del color opaco de la hoja de papel que al doblarse arrasará con toda la vital perfección de la flor que aún no agoniza.
Como espejo, al lado opuesto, en contrapunto, en un reflejo el esqueleto de otros tiempos se sostiene como un monumento poético al ritmo que nadie mira pues subyace debajo, en las letras, letras que por la alquimia de las situaciones pasan a formar parte de otra poética, la de la composición, la de la luz, la del instante.

Un arbol.
La arquitectura exacta de sus ramas es lo que aquí menos importa, tampoco importa que hacia el cielo la claridad se vaya deshaciendo en un degradado de las texturas ecuatoriales de su tronco. En el fondo la luz de un sol difuso se cuela por la vegetación casi rala.
Estos arboles frágiles que tienen que ingeniárselas para sobrevivir en medio de algún sitio desconocido, son también, como las otras cosas, monumentos perdidos a una poética de las cosas que se van desenvolviendo en el espacio.

Fiore. 
No flores, flor, una sola, a pesar de que las hojas delgadas y traslúcidas engañen a menudo al espectador con pocos conocimientos en botánica, la “única” flor son en sí cuatro flores, frágiles, las últimas en la rama rala, a punto de caer y volar en espiral unos instantes hasta caer al suelo y ser pisoteadas por los transeúntes que miran la alfombra vegetal de vagos tonos violáceos con el mismo interés con que miran por ejemplo, la caminata de los otros, solo algunos cronopios y ‘fascinaciones ‘súbitas, (como se podrá deducir en su momento) pueden sentir como esa alfombra de hojas y flores muertas altera la visual de la calle desnuda. 
Aún así, esas flores no han caído, en ese instante, en esa efímera situación la última flor (que es muchas flores) se vuelve una metáfora de los instantes. 
En el fondo el cielo es azul y una nube blanca disipa la luz del sol a intervalos regulares.

Un candelabro neoclásico. 
En uno de los tantos sueños el cielo raso puede comenzar a moverse y todas las estatuas a girar, las musas que danzan en su celestial espacio son el preludio para que la luz inunde, a través de los pequeños fragmentos de cristal que el candelabro ostenta, la totalidad del espacio teatral. Pero aún durante la penumbra, en medio de la oscuridad los rostros perdidos en la niebla de los grandes nombres de la musa Euterpe miran con desgano, producto de la equivocación de algún pintor perdido hacia el centro mismo de todo, no la acción sino el espectador que espera a que todo comience pues la luz aún arde en el candelabro y la acción aún no se desarrolla en el escenario vacío. 

Coreografía. 
Se mueven, sus cuerpos se mueven y la luz se mueve, a cada nota y a cada sincronía que en el espacio desenvuelve sus tramas, pero allí no hay más que un instante, el drama del segundo que se perpetuó en una fotografía hace del instante la excusa de la belleza. 

La torre.
Todo es instante, todo, todo es una sucesión continua de momentos y en medio de todos esos momentos están las nubes grises y el viento y las ramas de una árbol muerto, de las jacarandas con las que el doctor italiano inundo la ciudad, así se queda todo, la inmovilidad del edificio, la efímera relación en el espacio de las nubes y la analogía de lo mortal con el árbol y sus ramas. 

martes, 29 de mayo de 2012

Poética VII



Sabrás donde encontrarme. 
O cualquier cosa distante.
Así las madrugadas frías
Se volverán acuosas y nubladas
Con un ligero gusto a noches
Pegado a la niebla empañada de extrañezas.
Ahora
Quiero saber
Por qué
Las cosas
Siguen
Caminos
Tan 
Imposibles
Y
En
Sus
Cursos inentendibles
Deshacen
El 
Silencio
De
Los
Parques
En taquicardias
Y suspiros. 
De esa misma manera el tiempo se vuelve acuoso. Se resbala por la punta de mis dedos, derramándose en el suelo, o reflejando las superficies vegetales que a su alrededor despuntan los colores apagados de la lluvia. Las luces, metáfora de como se llenan todos los vacíos alcanzan a dibujar las sombras confusas sobre el pavimento de piedras rosadas.
Ocultamientos
Así se deslucen las esquinas.
Con mirlos y rocas volando en 
estucados que se deshacen en su inexistencia.
El ritmo de las balcones
insiste
En demostrarme que el tiempo es una idea irrefutable
y que toda permanencia
es solo memoria condensada en idea.
Pero en los corredores
El tiempo se detiene
Y pienso en los detalles
En las imposibilidades
Y en el vacío
Porque ya de un tiempo me preguntó
¿A quién le mostraré todos estos sitios imposibles?

domingo, 27 de mayo de 2012

Avance V.

La lluvia y otros fantasmas.   

    —Explícalo. Solo eso.
No Aranza. No es algo que pueda explicarse así, como si nada. Y no es que no quiera decírtelo, es sólo que es algo que no puede decirse, no lo entenderías, ni yo mismo podría entender los balbuceos con los que trataría infructuosamente de explicarte esto,  una retahíla absurda de poesía arrítmica y nada más.
    —Es la lluvia, supongo.
Es la lluvia y los fantasmas, aunque la lluvia sea también un fantasma, el más suave de todos supongo, el único que no se cuela entre el sabor de tu boca o el olor de tu piel, o que no deja marcas púrpura en tu cuello, o que no desangra de una vez por todas los pliegues de tus labios, dejándoles un leve regusto a sangre y un intenso color morado que me detiene en los instantes más inmóviles de la tarde y pausa mi respiración por algunos segundos, llagando el interior de mi pecho y desahogando su venganza fatal sobre mi angustia. Quizá sea eso Aranza, quizá todo sea por los fantasmas volátiles que se pasean por tu cama y por tu cuerpo, deshaciendo el monopolio de tus suspiros para esparcirlo sobre las almohadas y luego derramarlo en la alfombra, los fantasmas que se acaban la porción de tu aire que necesitaría para respirar junto a ti, esos fantasmas imposibles que pretenden enganchar mi tiempo a las calibraciones de tu deseo caprichoso, encadenarlo a tus manos, deshebrarlo en tu pelo.
    —Pero la lluvia termina.
Pero los charcos se quedan Aranza, empapando de silencio mis pasos.
    —Ya no sé, quiero irme.
    — ¿A dónde?
    — Lejos.

Casualidad de las tardes.     I


“La metafísica de las situaciones”.
Un buen titulo absurdo para un libro de cuentos, otra idea con un nombre pretencioso, pero al fin y al cabo la obsesión con las ideas elegantes me persigue por todos los rincones de la ciudad. Esta tarde mientras paseaba fuera del MUFI me vino a la mente una idea: La casualidad puede ser una especie de belleza melancólica, una belleza que se nutre de la cadena de situaciones que la preceden y que si esta en consonancia con ellas, en alguna armonía casi sobrenatural puede resultar de una belleza exquisita que inunda el centro del pecho de una sensación pletórica de tiempo.
Quizá llame a esta idea el principio de la consonancia casual y así recordarla al instante con solo invocar el cadencioso nombre de la teoría.
Abrumado por la idea, que me parecía en si misma de una belleza elegante, decidí caminar sobre reforma unas cuantas cuadras, con el paso apresurado como siempre que tengo algo que pensar mis pasos me llevaron hasta el jardín Conzatti en relativamente poco tiempo, los arboles plantados por Cassiano Conzatti entrelazaban sus follajes y dejaban pasar a media luz los rayos agónicos de un  sol dorado formando complicadas teselas en el piso de cantera, me senté en una de las jardineras para descansar un poco y entonces empezó a chispear. Siguiendo con la consonancia situacional que estaba a punto de hacerme perder un contacto con la realidad ilógica sustituyéndola por esa especie de historia narrada por algún latinoamericano del boom porque me pareció que la lluvia había sido añadida de manera intencional para completar ese cuadro casi onírico de la perfección narrativa de mi caminata solitaria.
La sensación de vivir en una novela es una de las mas desconcertantes pero a su vez parece gratificante, a veces solo sucede de momento, como una revelación extraña de que alguien manipula los escenarios de tu vida haciéndolos cada vez más intrincados, laberínticos pero hermosos, hermosos en su extrañeza, como encontrarse de pronto solo en una calle solitaria con un danzón saliendo de un radio viejo, o sentarse en una banca mientras llovizna y el olor de tierra mojada evoca los aromas sutilmente eróticos de los cafetales del Huatusco o de las plantaciones de mango en Tehuantepec.
Entonces la lluvia comienza a tamborilear en los techos de los arboles y gotas enormes me golpean el rostro, la gente corre y me quedo solo, en medio de la lluvia empapándome.
La tarde se desploma en gotas grandes. El silencio y la lluvia se difuminan en los horizontes silenciosos del cielo nublado. La permanencia de la humedad se deshace en mi camisa, quizá la tarde lluviosa no sea un buen sitio para pensar, la distensión muscular me engarrota al asiento. Me voy.

La arquitectura es el arte del espacio. La arquitectura es un arte atemporal, permanece, siempre inmóvil y el tiempo no puede sino ir carcomiendo poco a poco sus cimientos. Y ante todo la arquitectura es un arte de situaciones, de formas y tiempos, de planos y vistas, de silencios y sonidos, el murmullo barraganesco del agua, la serenidad de Van Der Rohe, la exuberancia de Gaudí o la elegancia preciosista de Horta no son nada sin el tiempo, el cielo, la tierra, la calle, la vista, la luz, el silencio o las mil y un sutilezas que constituyen el cuadro total de la arquitectura, de la misma forma que leer a Borges en una biblioteca en penumbras es más placentero que leerlo, digamos, en el asiento incomodo de una oficina, así la belleza de la arquitectura se ve acentuada por el ambiente, por todo lo que la rodea, y es a partir de ese todo que se erige la belleza donde el edificio es la excusa para la mirada, la invitación a la contemplación, el elemento central que da sentido al paisaje. Pero es más, el edificio es hermoso en si mismo, autogenera sus espacios y sus situaciones, va construyendo la belleza a partir de si mismo, una belleza infinita, atemporal y metapoética.
Así de pronto la más extrema sencillez de un edificio puede resultar de una belleza melancólica; el deterioro o la humedad, la decadencia pasan a ser parte de un lenguaje poético cuyo sujeto es el paso del tiempo, el cambio, la distancia y el abandono. Así el edificio del Café Arabia de sencillez austera, de lineas rectas y grandes ventanales parece reflejar otros tiempos, la utopia del último modernismo arquitectónico en México, la contrarrevolución contra el estilo neocolonial de la época posrevolucionaria genialmente interrumpida por Luis Barragán y su proto regionalismo crítico y secundado por la genialidad de los Legorreta, un edificio cuyo tiempo parece desfasado del resto de edificios por su temporalidad y extraña consonancia con el paisaje arbolado.
Así que esa tarde entré empapado en el café Arabia, temblando de frío, hurgando en mis bolsillo para recuperar los treinta y tres pesos que sabía que traía. Allí estaban  un billete de veinte, una moneda de cinco y cuatro monedas de dos pesos, podría tomarme dos americanos y calentarme un poco antes de enfrentarme a la calle y caminar las doce cuadras hasta la puerta de mi casa.

lunes, 23 de abril de 2012

Poética VI.



Explosión

Quiero ahorcar el tiempo

Deshacerlo, enviarlo al fuego


Que ardan sus segundos


Que se derritan sus horas


y que la extensión del mundo permanezca así


Sin cambio alguno


Quiero que se pierdan los recuerdos


Que se rompan los balcones


Que se tuerzan nuestras calles


Que se borren las pisadas


Quiero que se pierdan todos los relojes


Quiero que mi piel ya no se incendie


Quiero olvidar cada palabra


Que se volatilicen los instantes


Que el papel se derrame por el suelo


Quiero que se de tengan todas las clepsidras


Que se rieguen todas las fuentes


Que se desborden todos los manantiales


Y quiero,


Que nada pase


Que el mundo no se acabe


Que nuestro mundo no se acabe


Que nuestro mundo no sea solo un chispazo


Que tus manos no se vayan


Que tus ojos no se pierdan


Quiero que me tengas


Flotando en el espacio


Flotando sobre el mundo


Quiero noches de colores claros


Claros de noches, de contornos cortos


Quiero un silencio que me dure hasta la madrugada


Un grito que escuche hasta mis entrañas


Quiero que se muera el tiempo


Y que nada pase


Y que todo acabe


Pero que nunca termine


Quiero que todo suceda


Que encontremos los recuerdos


Que miremos los balcones


Que nos perdamos en esas calles


Que pisemos estos suelos


Que atrasemos todos los relojes


Que mi piel arda con la tuya


Que cada palabra perdure


Que los instantes se alarguen


Que el papel flote en el viento


Que se reviertan todas las clepsidras


Que se inunden todas las fuentes


Que nunca desaparezca


Que nunca desaparezcas. 

sábado, 21 de abril de 2012

Poética V


Excentricidad.

Extraño extrañarte en el centro.
Esperar sin tiempo, sentado a la sombra de un árbol inmóvil.
Sentir el viento en las manos y en el cuello congelar mis dedos.
Extraño buscarte en el centro.

Deducir tu sombra, entre todas las figuras,
Las figuras grises que caminan por la calle.
En la inquietud perturbadora de la tarde.
Caminar, así, siempre, casi con descuido.

Con el corazón latiendo rápido como un castigo.
Con las manos temblorosas por el frío, por el agua, por el viento, por el sol.
Con el temor atravesado del silencio infinito.
Buscando tus pasos en cada esquina.

Imaginando tus labios, desdibujando en mi mente sus orillas.
Pensando, con el corazón deshecho a ratos que solo te veré a lo lejos.
Perdida, ausente, silenciosa.

Así jugamos al silencio y a lo imposible.
A buscarnos sin que tu sepas que te busco.
A querernos sin que tu sepas que me quieres.
Porque entonces la ilusión se detiene en los balcones.

Así la luz se va volviendo sobria.
Escurriendo de puertas y ventanas.
Hasta el suelo en charcos sombríos que se diluyen.
Con los pardos colores de la piedra.

Y me siento, solo, acorralado en las formas oscuras de una plaza.
Esperando que la tarde acabe.
Que la inspiración me venza.
Pero el sol desaparece y me deshago. 

Extraño encontrarte en el centro.
Después de abandonar toda esperanza.
Jugamos al silencio y a lo inútil. 
A no mirarnos sin que yo sepa, que no ibas a mirarme.
A no llamarnos sin decirnos, que no ibas a llamarme.

Y así como el tiempo me destroza
Me hace pedazos, me derrota.
Hay un tiempo, después, cuando nos vamos,
Donde las cosas exceden sus contornos,
y mis palabras rebotan en paredes, en alguna parte, detrás de tus ojos. 

Así me gusta extrañarte en el centro.
Con las manos temblorosas. Con ilusiones difusas.

Así me gusta buscarte en el centro.
Por calles largas, y por esquinas cerradas.

Y me gusta encontrarte en el centro.
Jugar a lo posible y al silencio.

A no decirnos nada. 
A no pensarnos nada.
A callarnos sin callar nuestras miradas.

Y
Jugamos a la tarde.
Donde las cosas se vuelven casi absurdas.

Y
Jugamos a la noche.
Donde todos, incluso tú, querida, perdemos los contornos.

jueves, 19 de abril de 2012

Poética IV.

Desesperación Nocturna.

Hay veces que la espera duele en lo profundo,

En el centro de los huesos,

En la ausencia.


Hay otras veces que sueño con tu risa,

Rompiendo los silencios,

Alejándose en el viento que se pierde


Hay veces en que la noche se alarga,

Convirtiendo en infierno los confines,

De este tiempo que se acaba.


Hay veces cuando tu sombra,

Se desliza muy lenta,

Frente a mis ojos cansados.


Hay veces en la noche,

Cuando no te encuentro.

Porque estas allí, muy lejos.


Hay veces que en silencio, se detiene tu nombre

Grabado en el pecho de tu distancia

Perfecta.