(Entra Fernando), y un suspiro escapa, contenido, (el corazón de Miguel late, rápido como una catarata, en sus labios una gota de sangre, una herida de guerra, rojo carmín, sus labios hinchados.). Mejor ahora que nunca. Y en las manos de ambos un libro.
Encadenado (y oblicuo) el sentimiento de paz, la mirada (y la sospecha), de sus grandes ojos cafés, se posa en las pupilas dilatadas de Fernando.
Aún no ha probado el sabor del café, en sus manos una pluma se balancea temblorosa, tiene algo que decirme, y yo, mejor ahora que nunca. Tiene en el cuello una marca grande, morada, un moretón, morado, sangriento, una herida, la marca… no, temprano ahora, mejor esperar que se calmen las mareas, ahora me levanto y me adelanto a sus pasos, nuestras cordiales saludos no podían deshacer nuestros rictus casi perfectos, tardes livianas y absurdas quizá, habíamos vivido ahora, y la sensación de una tranquilidad fatua flotaba en nuestros dedos, sin escaparse como antes. Ahora comienza. (sentados los dos en la mesita de café, hay dos gringos, y una pareja de hombres con botas largas, la jardinera rebosa, el cielo de la mañana se cubre de nubes grisáceas, como un sueño, una silenciosa y absurda sensación inmediatamente anterior a la desgracia. Un pájaro cruza el viento, aire.) tomó asiento en la misma mesa de siempre, esta sucia y grasienta hoy alguien dejo migajas de un bagel o algún otro pan y Fernando no lo nota apoya su codo como si no estuviera sucio y me desgajo en tentaciones, sí, pero veo su mirada tan distinta que la tentación de abrir la boca, y romper la ensoñación del día me impide abalanzarme sobre mi culpa, liberarme de ella, tomar las riendas de mi pasado y cabalgar sin prisa hacia los laberintos inmediatos de lo nuevo. Ahora no. Rictus Mortis. Tomamos pan, siempre pan, pan de plátano, un cuernito, un rol de canela, un panqué, es de mañana y el frío no se disipa.
¡Ovación a la muerte es el recuerdo¡, como detiene el transcurso de los días, como los estruja, como los tuerce, ahora que me siento de frente, siento como hemos cambiado, es una sensación que aplasta, Fernando es grande ahora y el pasado parece un teselado de noches. La vida se detiene, la conozco, se llama Ale… ¿Alexia?, no, entra sin cuidado, se llama Alexandre . (Ella entra sin cuidado, Miguel la mira, Fernando pide un café, la dubitación pensativa de Miguel es interrumpida por su indecisión entre un té, un café o un capuccino), capricho del pasado: un capuccino, pediré uno mediano, sí, ahora triunfan mis caprichos. Capricho es nuestra necesidad de permanecer vivos, esto es bueno, debo anotarlo. (Miguel se tuerce, Fernando garabatea en una servilleta, miguel saca una hoja a rayas doblada por la mitad, pide la pluma a miguel, Alexandre sale con un expreso y se sienta en la mesa de al lado), en fin, debo dejarlo y vivir, vivir. Ella, sí, no Aranza no, insidiosa memoria la mía, hay algo que decirle a Fernando, me prometí hacerlo no recuerdo; Alexandre, su apellido, sonaba a algún oasis, su nombre… Aridjis, ¡Alexandre Aridjis! ¡C’est ça!, de donde la recuerdo, no sé…
Función fática de la lengua, “el clima esta frío”. Debió de haber sido el clima es frío. Fernando comienza siempre la charla que se desvirtúa de su dirección original y termina derramándose por laberintos salinos de contornos indefinidos; Me estoy forzando eso es todo, prometo y luego traiciono, mi boca cerrada, mis dientes detienen las palabras. Hubiese sido más fácil en la nueva babel, como un borracho, en medio de la ebriedad soltarlo de sopetón y que la culpa y sus consecuencias fuesen calladas por él… ¡Aridjis sí! Estaba con Grüll en Santo Domingo cuando regreso, cierto es, le diré a Fernando y se alegrará y podré decirle…
Constanza, espero que su nombre no suene, por eso forzaré a mi lengua a que el silencio se disperse hablando de vaguedades hasta que…
Una leve charla sobre el clima.
Luego, de la nada:
—Grüll volvió.
—Dijo que volvería hasta octubre — con incredulidad fingida Fernando toma el borde de la mesa, entre nervioso y emocionado.
—Pero volvió — e intento sonreír, un poco perturbado, —Pero volvió, tu tocayo.
Ambos lo sabíamos al final de cuentas.
El leve paraíso que a nuestra llegada anudó nuestras miradas parecía a cada palabra volverse un infierno de impaciencia, al menos para mí que esperaba. (Miguel se retuerce en la silla, Alexandre lo reconoce, lo saluda y ojea a Fernando, le sonríe, Fernando la ignora, llega el mesero con los panes y el capuccino, olvidó el café, sucedáneo instantáneo: les regala una galleta.)
Después del silencio incomodo, la cucharilla del capuccino la remuevo en el liquido espeso, mezclo el azúcar, morena y levanto un poco del liquido. Miguel Sandoval, catador de Cafés, experto en hiporrealismo y mariposas mexicanas, fanático de las orquídeas, debería llamar a una “Aranza”, como sus ojos.
—Deberíamos verlo — Dijo Fernando, con franqueza.
No menciones a Ariadna, no la menciones no ahora…
—¿Qué habrá sido de su hermana?
Carajo, lo hizo… ahora… ahora… no, no es tiempo, no es tiempo…
—Vive en Ámsterdam — y me mordí la lengua —la puta.
Y Fernando suspira, un suspiro largo (que interesa a Alex), de sus ojos una leve chispa.
—Aranza — y luego calló un instante —¿Ella me odia, no es así?
Carajo, carajo, carajo. Y mi paraíso se derrumba, del circulo de la impaciencia al circulo de la tortura.
—Ella piensa que te fuiste, y piensa que sigues allí, en algún sitio, de alguna forma…
—Pero demonios, Constanza… —
—Ella desconoce hasta el nombre… — Tú ya no existes para ella, solo un idea flotando, Fernando…
—Pero tu lo sabes Miguel… lo sabes… lo sabes, demonios, ella era…
El silencio, la distancia. Mierda, ¿habré de interrumpirlo ahora?, ahora, ahora, ahora…
(Bossa Nova, acorde tenso y distensión del cuerpo, se abre una puerta, sale un mesero y sirve a Alexandre un poco más de café, Fernando suspira de nuevo, el silencio abruma. Doce del día)
Ahora o nunca. Doce, el reloj, mis manos, sus labios y su lengua, la tome por la espalda, acaricie sus muslos, su boca me supo a cielo, sus ojos entrecerrados, hablándome en holandés, Ariadna, ahora o nunca, Fernando herido, ahora o nunca… no ahora.
De verdad que ambos sabíamos que Fernando Grüll había vuelto, lo supe desde un principio aunque Fernando se negase a aceptar el hecho como una realidad inmediata, como si eso llegara a interferir con nuestra cómoda vida de vagabundos desacostumbrados, esta noche Fernando estaría en el café central y había sido invitado, yo y Fernando habíamos sido invitados, pero Fernando no iría, no, aún siendo Grüll no iría… Grüll… Ik hou van je, Ariadna.
—De verdad debemos salir con él —Fernando volvió a interrumpirme sin cuidado como siempre, como si nada hubiera sucedido continuó la charla, y me di cuenta de que había perdido mi oportunidad. He de hacerlo, lo haré.
—Sí, debemos… — No mencioné nada, no sé porque, la idea de verlo esa noche me desconcertaba, seria extraño, Aranza estaría allí y la familiar cercanía terminaría por deshebrar los hilos de mi angustia.
A decir verdad Fernando (Grüll) se reuniría con los viejos conocidos del taller de Felipe Woolf para celebrar la publicación de su libro en Almadía, nos había invitado a Fernando y a mí como una especie de motivador reconocimiento a nuestra amistad, a nuestros vagabundeos filosóficos, donde un Fernando (Dudamel) le había mostrado la metafísica de las callejuelas que terminarían por influenciar, en atmosfera y estilo, el primer libro de cuentos de Grüll.
De nuestros vagabundeo metafísicos recuerdo las sensaciones como un torrente de absurdos, cada imagen grabada en mi memoria es como una escena difusa, como una borrosa fotografía de un día lluvioso.
(el café de Fernando parece evaporarse, el capuccino se vuelve frío. Felipe Woolf con una camiseta a rayas entra por la puerta del cafetín, el agrio aroma acre de intelectual a medio uso inunda el pasillo)
Ahí viene Woolf, apesta, da risa con sus camisas sucias, nos vio, viene hacía aquí, aquí estamos los dos.
Casualidad, Woolf nos saluda, Fernando sonríe.
—Este chavo, Grüll, va a presentar su libro a las siete, chavos, por si vienen voy a presentarlo con él— y Woolf nos sonríe, como un cómplice —digo porque siempre andaban juntos y no, no, no.
Una vez más carajo, lo arruino, hijoputa.
(Woolf se va, Fernando mira el cielo. Apoteosis del hombre común: Alexandre escribe en una libreta compacta)
Aranza es bella demonios. Ahora… no. Demonios,¡ SILENCIO!.
—¿Ya publicó? — Ignorancia de Fernando, y emoción, siempre emoción, lo ví leer con pasión “La ciudad y la noche” de Grüll, como si se le fuera la vida en ello, o fue solo el personaje de Carolina, personificación de Ariadna, en el relato de la muerte de su inocencia el que lo hechizo a las treinta y cinco paginas con portada bonita de la edición de anagrama.
(El café se termina, el capuccino esta intacto, Alexandre se va, se despide)
Carajo es también hermosa, un perfección de cielo en sus piernas blanquecinas, pero Aranza… mierda..
—En Anagrama, como siempre, su noveleta: “La vida secreta de X.”, toda una nouvelle— frase inteligente para poner énfasis di el primer sorbo al capuccino —mientras no haya caído en el vicio de lo eficaz.
Reímos.
Silencio.
Ahora o nunca. Aranza, Alexandre, Ariadna, sus nalgas, redondas, sus ojos, enormes, sus labios, jugosos, su voz melodiosa, Ahora o nunca, sagrado secreto, podemos caer, mentir o llorar. No. Aranza, su nombre, demonio tus manos me tomaron, ¡Tómame si lo deseas!, no lo haces. Fernando yo bese a Ariadna, yo separe sus muslos y encontré el ardor de su entrepierna, y me deshice la ropa, y ericé su nuca, lamí su vientre… pero ella siempre gritaba tu nombre, carajo, Ariadna siempre gritaba tu puto nombre.
Ahora o nunca.
Nunca.
No.
Nunca…
Vete al carajo Fernando, vete al maldito carajo.
(Otro silencio, Miguel se levanta, Doce diez, un rayo de sol, el tiempo.)
—¿Miguel?
—Me largo Fernando.