viernes, 20 de mayo de 2011

Russian Jazz

Tengo que ver a Jazz, y salgo a la calle, la calle cerrada, la calle

desierta, y me siento a esperar y Pablo me ve, y me le acerco y le

susurro al oído las cosas que a Pablo le gustaría oír pero no se

atreve, y lo veo a los ojos y encuentro que me evita, ya deja tus

mariconadas, entre broma y broma, cerrada de su parte, el se me acerca

sin querer y yo lo beso en los labios, y dejo un rastro pegajoso en su

barbilla, y yo lo estrecho y le vuelvo a susurrar, y luego va a

empezar a llover, a llover y deja que me moje le digo a Pablo que

prefiere no mirar porque si me mira sabe que él no quiere estar

perdido, y sabe además que conmigo esta perdido mientras le tomo la

mano y el se muerde los labios y lo dejo ahí parado, en medio de la

lluvia, con ganas de seguirme, parado, bajo una cornisa a medio

levantar después de que me fui intempestivamente, sin mirarlo, y solo

mirando su nerviosismo y sus ganas de gritar, de golpearme mientras lo

veo, solo mirando su cara de culpa y placer me doy cuenta de que es

tarde, porque miro también como la lluvia que se escurre de las

montañas al valle, de las paredes al suelo, la lluvia que forma

arroyos ya comienza a reflejar los faros de los automóviles y los

destellos de las lámparas eléctricas, y me voy sonriéndole y

moviéndome para provocarlo, para que él me mire alejarme y se quede

derrotado, con una victoria perdida, sentado en las escaleras y

mirando mis pantalones manchados de lodo; y tengo que ver a Jazz me

repito en despreocupada huida, escabulléndome por el único callejón,

escasos dos, escasos cuatro, escasos cinco o seis, y buscando a Jazz

con la mirada en cada rincón oscuro, bajo un platanar o en un

automóvil, en sus cristales polarizados, y es que a veces también

busco a Jazz que tiene la cara de Pablo culpable, a Jazz con la cara

de Pablo angustiado, y entre farol y farol discurren las imágenes de

la ciudad donde nada pasa y ahora solo anochece, y solo llueve con una

lluvia que es un tamborileo leve sobre las piedras alineadas de los

conventos, y me meto en cada puerta abierta intentando encontrar a

Jazz comiendo un sándwich, tomándose un café o leyendo el periódico, a

Jazz boleándose los zapatos o a Jazz escuchando Jazz o escuchando

trova, o tocando trova y susurrando jazz, a Jazz con los ojos

violetas, o violáceos, o solo delineados con violeta… y también

intento distinguir a Jazz drogada en un parque con su sonrisa

inocente, a Jazz que no se droga, a Jazz que nunca habla, entre

puertas abiertas y resplandores áureos me detengo bajo un portón de

madera apolillada, no falta mucho para que esté podrida, miro venir de

nuevo a Pablo y ahora soy yo quien se detiene, quien intenta no verlo

de nuevo, y Pablo se me acerca sin susurrarme, solo me habla y hago

que no lo escucho y lárgate Pablo le digo y corro, y esta vez no

volteo, no porqué él no es Jazz, y aunque lo fuera no seria lo mismo,

y es que tengo que encontrar a Jazz de una sola vez para tomarla de la

muñeca y forzarla a escucharme, a Jazz donde éste, en medio música

electrónica, donde no pueda ni verla, nunca, jamás de nuevo con esa

misma mirada, simple y suave, tomándose una cerveza sola, gritando

borracha en medio de la calle, pero ella no tiene porque gritar

borracha en medio de la calle, soy yo quien tiene que gritar para

encontrarla, para ver sus ojos delineados de lilis, sus ojos color

miel, mirándome frágiles, estallando en lagrimas cuando le pida que me

perdone y la abrase para oler su piel que solo va a oler a Pablo, que

me viene siguiendo aunque me esconda, despacio, muy despacio, él me

sigue y sé lo que va a a decirme, y cuando me lo diga, cuando me

encuentra yo lo agarro y lo miro a los ojos y pongo de nuevo mis

labios contra sus labios y no, querido no, no, le digo no. Para que

ahora él cierre sus labios, los apriete, los selle como fuego, y me

diga que no más para que ahora yo siga buscando a Jazz, a Jazz para

estrecharla una vez más, para decirle con voz trémula, implorarle que

me perdone, para que pueda sentir su pelo suelto, a veces del color

del fuego y a veces negro, café como lodo, y para que acaricie la piel

de sus labios con mis dedos, para que Jazz me odie una vez más, para

que pueda gritarle, y discúlpame le digo, y ella no me haga caso y que

me ignore, y que siga con su café, así desconcertante, como si yo no

hubiese existido como si Pablo no fuese real, como si yo que la

encuentro tan frágil, hablando de Pablo no le hubiese jamás dicho que

Pablo la engañaba conmigo, como si nunca le hubiera dicho que yo la

amaba a ella, que yo la deseaba a ella, como si nunca hubiera besado a

Pablo una vez para probar, de lejos, la sensación de besar a alguien

con su perfume en el aire, como si yo fuese quien siempre, quien sea,

ahora que me dice que Pablo ya no la quiere más, Él me lo dijo, me

dice, me dice que quiere a alguien más me dice.

Avance II

(Entra Fernando), y un suspiro escapa, contenido, (el corazón de Miguel late, rápido como una catarata, en sus labios una gota de sangre, una herida de guerra, rojo carmín, sus labios hinchados.). Mejor ahora que nunca. Y en las manos de ambos un libro.

Encadenado (y oblicuo) el sentimiento de paz, la mirada (y la sospecha), de sus grandes ojos cafés, se posa en las pupilas dilatadas de Fernando.

Aún no ha probado el sabor del café, en sus manos una pluma se balancea temblorosa, tiene algo que decirme, y yo, mejor ahora que nunca. Tiene en el cuello una marca grande, morada, un moretón, morado, sangriento, una herida, la marca… no, temprano ahora, mejor esperar que se calmen las mareas, ahora me levanto y me adelanto a sus pasos, nuestras cordiales saludos no podían deshacer nuestros rictus casi perfectos, tardes livianas y absurdas quizá, habíamos vivido ahora, y la sensación de una tranquilidad fatua flotaba en nuestros dedos, sin escaparse como antes. Ahora comienza. (sentados los dos en la mesita de café, hay dos gringos, y una pareja de hombres con botas largas, la jardinera rebosa, el cielo de la mañana se cubre de nubes grisáceas, como un sueño, una silenciosa y absurda sensación inmediatamente anterior a la desgracia. Un pájaro cruza el viento, aire.) tomó asiento en la misma mesa de siempre, esta sucia y grasienta hoy alguien dejo migajas de un bagel o algún otro pan y Fernando no lo nota apoya su codo como si no estuviera sucio y me desgajo en tentaciones, sí, pero veo su mirada tan distinta que la tentación de abrir la boca, y romper la ensoñación del día me impide abalanzarme sobre mi culpa, liberarme de ella, tomar las riendas de mi pasado y cabalgar sin prisa hacia los laberintos inmediatos de lo nuevo. Ahora no. Rictus Mortis. Tomamos pan, siempre pan, pan de plátano, un cuernito, un rol de canela, un panqué, es de mañana y el frío no se disipa.

¡Ovación a la muerte es el recuerdo¡, como detiene el transcurso de los días, como los estruja, como los tuerce, ahora que me siento de frente, siento como hemos cambiado, es una sensación que aplasta, Fernando es grande ahora y el pasado parece un teselado de noches. La vida se detiene, la conozco, se llama Ale… ¿Alexia?, no, entra sin cuidado, se llama Alexandre . (Ella entra sin cuidado, Miguel la mira, Fernando pide un café, la dubitación pensativa de Miguel es interrumpida por su indecisión entre un té, un café o un capuccino), capricho del pasado: un capuccino, pediré uno mediano, sí, ahora triunfan mis caprichos. Capricho es nuestra necesidad de permanecer vivos, esto es bueno, debo anotarlo. (Miguel se tuerce, Fernando garabatea en una servilleta, miguel saca una hoja a rayas doblada por la mitad, pide la pluma a miguel, Alexandre sale con un expreso y se sienta en la mesa de al lado), en fin, debo dejarlo y vivir, vivir. Ella, sí, no Aranza no, insidiosa memoria la mía, hay algo que decirle a Fernando, me prometí hacerlo no recuerdo; Alexandre, su apellido, sonaba a algún oasis, su nombre… Aridjis, ¡Alexandre Aridjis! ¡C’est ça!, de donde la recuerdo, no sé…

Función fática de la lengua, “el clima esta frío”. Debió de haber sido el clima es frío. Fernando comienza siempre la charla que se desvirtúa de su dirección original y termina derramándose por laberintos salinos de contornos indefinidos; Me estoy forzando eso es todo, prometo y luego traiciono, mi boca cerrada, mis dientes detienen las palabras. Hubiese sido más fácil en la nueva babel, como un borracho, en medio de la ebriedad soltarlo de sopetón y que la culpa y sus consecuencias fuesen calladas por él… ¡Aridjis sí! Estaba con Grüll en Santo Domingo cuando regreso, cierto es, le diré a Fernando y se alegrará y podré decirle…

Constanza, espero que su nombre no suene, por eso forzaré a mi lengua a que el silencio se disperse hablando de vaguedades hasta que…

Una leve charla sobre el clima.

Luego, de la nada:

—Grüll volvió.

—Dijo que volvería hasta octubre — con incredulidad fingida Fernando toma el borde de la mesa, entre nervioso y emocionado.

—Pero volvió — e intento sonreír, un poco perturbado, —Pero volvió, tu tocayo.

Ambos lo sabíamos al final de cuentas.

El leve paraíso que a nuestra llegada anudó nuestras miradas parecía a cada palabra volverse un infierno de impaciencia, al menos para mí que esperaba. (Miguel se retuerce en la silla, Alexandre lo reconoce, lo saluda y ojea a Fernando, le sonríe, Fernando la ignora, llega el mesero con los panes y el capuccino, olvidó el café, sucedáneo instantáneo: les regala una galleta.)

Después del silencio incomodo, la cucharilla del capuccino la remuevo en el liquido espeso, mezclo el azúcar, morena y levanto un poco del liquido. Miguel Sandoval, catador de Cafés, experto en hiporrealismo y mariposas mexicanas, fanático de las orquídeas, debería llamar a una “Aranza”, como sus ojos.

—Deberíamos verlo — Dijo Fernando, con franqueza.

No menciones a Ariadna, no la menciones no ahora…

¿Qué habrá sido de su hermana?

Carajo, lo hizo… ahora… ahora… no, no es tiempo, no es tiempo…

—Vive en Ámsterdam — y me mordí la lengua —la puta.

Y Fernando suspira, un suspiro largo (que interesa a Alex), de sus ojos una leve chispa.

—Aranza — y luego calló un instante —¿Ella me odia, no es así?

Carajo, carajo, carajo. Y mi paraíso se derrumba, del circulo de la impaciencia al circulo de la tortura.

—Ella piensa que te fuiste, y piensa que sigues allí, en algún sitio, de alguna forma…

—Pero demonios, Constanza… —

—Ella desconoce hasta el nombre… — Tú ya no existes para ella, solo un idea flotando, Fernando…

—Pero tu lo sabes Miguel… lo sabes… lo sabes, demonios, ella era…

El silencio, la distancia. Mierda, ¿habré de interrumpirlo ahora?, ahora, ahora, ahora…

(Bossa Nova, acorde tenso y distensión del cuerpo, se abre una puerta, sale un mesero y sirve a Alexandre un poco más de café, Fernando suspira de nuevo, el silencio abruma. Doce del día)

Ahora o nunca. Doce, el reloj, mis manos, sus labios y su lengua, la tome por la espalda, acaricie sus muslos, su boca me supo a cielo, sus ojos entrecerrados, hablándome en holandés, Ariadna, ahora o nunca, Fernando herido, ahora o nunca… no ahora.

De verdad que ambos sabíamos que Fernando Grüll había vuelto, lo supe desde un principio aunque Fernando se negase a aceptar el hecho como una realidad inmediata, como si eso llegara a interferir con nuestra cómoda vida de vagabundos desacostumbrados, esta noche Fernando estaría en el café central y había sido invitado, yo y Fernando habíamos sido invitados, pero Fernando no iría, no, aún siendo Grüll no iría… Grüll… Ik hou van je, Ariadna.

—De verdad debemos salir con él —Fernando volvió a interrumpirme sin cuidado como siempre, como si nada hubiera sucedido continuó la charla, y me di cuenta de que había perdido mi oportunidad. He de hacerlo, lo haré.

—Sí, debemos… — No mencioné nada, no sé porque, la idea de verlo esa noche me desconcertaba, seria extraño, Aranza estaría allí y la familiar cercanía terminaría por deshebrar los hilos de mi angustia.

A decir verdad Fernando (Grüll) se reuniría con los viejos conocidos del taller de Felipe Woolf para celebrar la publicación de su libro en Almadía, nos había invitado a Fernando y a mí como una especie de motivador reconocimiento a nuestra amistad, a nuestros vagabundeos filosóficos, donde un Fernando (Dudamel) le había mostrado la metafísica de las callejuelas que terminarían por influenciar, en atmosfera y estilo, el primer libro de cuentos de Grüll.

De nuestros vagabundeo metafísicos recuerdo las sensaciones como un torrente de absurdos, cada imagen grabada en mi memoria es como una escena difusa, como una borrosa fotografía de un día lluvioso.

(el café de Fernando parece evaporarse, el capuccino se vuelve frío. Felipe Woolf con una camiseta a rayas entra por la puerta del cafetín, el agrio aroma acre de intelectual a medio uso inunda el pasillo)

Ahí viene Woolf, apesta, da risa con sus camisas sucias, nos vio, viene hacía aquí, aquí estamos los dos.

Casualidad, Woolf nos saluda, Fernando sonríe.

—Este chavo, Grüll, va a presentar su libro a las siete, chavos, por si vienen voy a presentarlo con él— y Woolf nos sonríe, como un cómplice —digo porque siempre andaban juntos y no, no, no.

Una vez más carajo, lo arruino, hijoputa.

(Woolf se va, Fernando mira el cielo. Apoteosis del hombre común: Alexandre escribe en una libreta compacta)

Aranza es bella demonios. Ahora… no. Demonios,¡ SILENCIO!.

—¿Ya publicó? — Ignorancia de Fernando, y emoción, siempre emoción, lo ví leer con pasión “La ciudad y la noche” de Grüll, como si se le fuera la vida en ello, o fue solo el personaje de Carolina, personificación de Ariadna, en el relato de la muerte de su inocencia el que lo hechizo a las treinta y cinco paginas con portada bonita de la edición de anagrama.

(El café se termina, el capuccino esta intacto, Alexandre se va, se despide)

Carajo es también hermosa, un perfección de cielo en sus piernas blanquecinas, pero Aranza… mierda..

—En Anagrama, como siempre, su noveleta: “La vida secreta de X.”, toda una nouvelle— frase inteligente para poner énfasis di el primer sorbo al capuccino —mientras no haya caído en el vicio de lo eficaz.

Reímos.

Silencio.

Ahora o nunca. Aranza, Alexandre, Ariadna, sus nalgas, redondas, sus ojos, enormes, sus labios, jugosos, su voz melodiosa, Ahora o nunca, sagrado secreto, podemos caer, mentir o llorar. No. Aranza, su nombre, demonio tus manos me tomaron, ¡Tómame si lo deseas!, no lo haces. Fernando yo bese a Ariadna, yo separe sus muslos y encontré el ardor de su entrepierna, y me deshice la ropa, y ericé su nuca, lamí su vientre… pero ella siempre gritaba tu nombre, carajo, Ariadna siempre gritaba tu puto nombre.

Ahora o nunca.

Nunca.

No.

Nunca…

Vete al carajo Fernando, vete al maldito carajo.

(Otro silencio, Miguel se levanta, Doce diez, un rayo de sol, el tiempo.)

—¿Miguel?

—Me largo Fernando.

jueves, 5 de mayo de 2011

Avance I

Aranza beso a Fernando como si una espada hubiera atravesado su garganta, como un estrepitoso silencio derramando su saliva por su cuello desnudo, y, desgarrado en el momento extático de su perdición, Fernando estrujo su único cuerpo, destrozando las imaginarias barreras de lo absurdo y caminaron juntos por la calle en las letárgicas horas de la ultima tarde.

No hubiese sucedido nada si en lugar de eso Fernando hubiera, como todas las tardes, recorrido el apretujado callejón del monte para detener su vida unos instantes, respirando el polvoso aire que las ventiscas de verano arrastran hasta los pulmones abigarrados del aroma de tierra mojada, sus ojos se hubiese detenido en la distancia, distinguiendo como cada tarde las luces lejanas encenderse, y la laguna eléctrica alzarse, por encima de la ciudad de las sombras rectas, sofocando cualquier tentativa de oscuridad, exceptuando obviamente las callejas difusas donde mataba las horas escuchando música y extendiendo su soledad hasta los confines de sus dedos, y luego, movido por un oculto sentimiento en el pecho, un sentimiento que era como un reclamo bajaba con sus pasos suaves e inadvertidos por todo Morelos, atravesando como una cuerda el andador donde regresaba después de haber ahorcado la cuadra donde la casa de Cortés esperaba, con hálitos de historia, el momento de su ignota redención, que aún no llegaba, y luego Fernando recorría con las manos en los bolsillos, con un poco de frío y los dientes como castañuelas el espacio etéreo en otros tiempos, de la intersección que formaban las calles de Morelos y Alcalá, entreteniéndose en inventar historias y futuros para las jovencitas de caras tristes que lo miraban como a un espejismo, como a un espectro que se alejaba hacia cinco de Mayo, y desaparecía en la rectitud de las calles, con su sombra difuminándose en línea recta sobre la avenida Benito Juárez.

Sus vagabundeos de esa tarde lo detuvieron en los volados de cantera de la plaza de la danza, una pareja cansada se maldecía tras las rejas de la escuela de bellas artes, la cara enfadada de un vendedor de globos se reflejaba en los cristales de una camioneta patriot blanca, estacionada en batería, con placas de Puebla frente a la entrada del templo de San José. Esa tarde no hizo frío, sus manos descansaron sobre sus piernas, dejando el espacio de sus bolsillos libre por el día y el resto de la oscuridad que se aproximaba en el horizonte, y como cortando el espacio apareció Aranza, su vestido liso de vaporosos aires, sus labios decorados con el color rojo mortal de una herida bajo sus ojos, sus ojos enmarcados por una leve línea de color negro, delimitando el espacio líquido de sus pupilas donde Fernando, Fernando el poeta, Fernando el escritor, se reflejo en un fugaz instante donde su pecho se encendió como un mechero y una traviesa gota de sudor resbalo por su frente.

Los instantes siguientes pueden confundirse con alguna pésima película francesa, una casa con lirios en un pequeño estanque, una casa que parece colgar del cerro, manteniendo un ponderoso equilibrio sobre la ciudad inmersa en una leve agonía morada (el color de las jacarandas en flor inunda de este color el paisaje de la tarde y electriza las avenidas con su fugas basura de flores marchitas), Aranza posee en su rostro un vago aire galo, esa sensualidad no exenta de tragedias, esa sonrisa provocadora que invita a Fernando, desde el ultimo escalón de la escalerita que conduce a la puerta de madera con remaches oxidados, a penetrar a la casa, al refugio total de Aranza, y esté, con un ultimo ápice de duda, toma aire y sube paso a paso, como dirigiéndose a su cadalso, los siete peldaños que lo separan de la discontinua calle donde estaba parado.

Adentro hay una sala pequeña, una luz opaca inunda la sala y un penetrante olor de flores secas y café da la impresión de un refugio etéreo imaginado por algún poeta maldito, la geografía domestica es tan abrupta como el terreno mismo, una escalera más allí, un balcón con vista a la ciudad, una par de puertas en un rincón, la barra de la cocina, el comedor de cedro, el bar decorado con una horrible imitación de un litografía de Toledo, todas las paredes pintadas de un naranja casi muerto que a esa hora de la tarde sumen a la casa en una penumbra estival.

Fernando inmóvil en la puerta, Aranza se desploma sobre el sofá y hojea una noveleta de Apollinaire, el titulo desconcierta y perturba a Fernando, una sensación como un batracio carcomiendo sus entrañas lo invade y enmudece por completo, Aranza lo mira con enternecidos ojitos de ternura. No han cruzado una palabra desde que se encontraron en la plaza de la danza, sus cuerpos palpitan bajo sus ropas, un concierto de Debussy empieza a sonar en el equipo de sonido, un gato salta al balcón y luego se larga, en alguna iglesia distante hay fiesta, los cuetes retumban en el aire.

—Es de mi papa — Aranza interrumpiendo el divinal silencio, mirando sobre el hombro a Fernando, —Siéntate, ¿quieres miel?. Fernando balbucea un galimatías incomprensible, Aranza se levanta y abre una alacena, toma un enorme bote de miel con las orillas escurridas, luego se agacha y coloca una vieja botella de un licor que se ve turbio, sirve un poco en un vaso en donde las gotas de miel comienzan a difundirse, con exasperante lentitud en todo el liquido. —¿vas a tomar? — y aunque Fernando no responde Aranza sirve en otro vaso de cristal azulado la misma pócima desconocida.

Afuera empieza a chispear, después la lluvia se detiene, Aranza recita en voz alta las primeras líneas de su libro, “El príncipe Vibescu…” después calla, Fernando se desploma sobre uno de los sofás, frente a Aranza y le da un sorbo a su bebida, es Ron, el sabor es suave pero el alcohol le quema la garganta.

—Apollinaire es un genio— dice Aranza, recostada como una actriz decadente en la esquina del sofá, los pliegues de su vestido dejan discernir un poco de sus muslos y el comienzo de su pubis. —Bretón y los surrealistas eran unos putos genios—

—Bretón es un pendejo, él y toda su palabrarería socialista pueden largarse a la cochina fregada—

Luego Aranza se levanta y le toma la mano, Aranza sonríe, Aranza habla, sus labios lobulados, sus labios rojos, sus dientes filosos, su lengua tan suave, Aranza ríe, Aranza sonríe, y la distensión de las extremidades superiores se compensa en la tensión ejercida por un flujo de sangre en las extremidades inferiores, algo así como un flujo eléctrico y la culminación estática de sus labios juntos, la culminación magnifica coronada al final por el agreste sabor del ron, la dulzura disfrazada de la miel y leves notas huidizas de café en sus paladares.