Idus de Marzo.
(No sé que año sea. Querida: ¿En qué siglo vivimos?)
Wien. Imperio Austro-Húngaro.
(Aunque mi mente esté en ti).
Dear Constanza. (Con todas las letras, tu nombre latino no merece transliteración alguna en ninguno de los múltiples idiomas que tantos poetas o filósofos locos han hablado en tantos tiempos, en tantas épocas)
Te escribo esto desde el escritorio de mi atelier. Sentado a la luz de una lampara eléctrica. (¿O es una vela? ¿un velero?, un pequeño barquito que está surcando el Bósforo en esa ciudad con la que soñé tantas veces) la pluma tiembla, la tinta azul es la opción más absurda de las tiendas de insumos para dibujo, no sé ni porque. Querida, te voy a extrañar, voy a dibujar los mapas de nuestros encuentros como si encadenará los momentos de nuestro fugaz paraíso (O quizá solo mi fugaz paraíso porque cabe la detestable posibilidad de que todo esto haya sido un espejismo de mi parte, una perversa ensoñación en donde a ti también te rodeaban esas nieblas densas de lo imposible y… ) a la indetenible maquina del tiempo que nos impulsa para adelante, siempre para adelante. No te sorprendas si te digo ‘querida’. No, es solo que repetir tu nombre tantas veces es una tortura, una dulce tortura que consiste en vaciar, una a una, las cavidades secretas de mi pecho, despreciando sus contenidos inestables para quedar finalmente envuelto (dudo que este sea el termino correcto) en un vacío de lo más indescriptible, en una especie de tela invisible que me impide escapar de algún sitio, hacía alguna parte.
Tu nombre todavía no se escapa de mi mente, tu nombre no deja de arrastrar como ríos inevitables todas las cosas que soñé en un futuro probable para nosotros, nuestras correrías imaginarias por una Amsterdam inundada hasta los tobillos, nuestras desapariciones marroquíes y los callejones italianos donde me sonreías sin querer al bajar los últimos escalones que nos empujarían hacia una ‘piazza’ desierta, como en un cuadro de Chirico. Pero no, tu nombre es un espejismo como todos esos futuros probables que desaparecieron de un plumazo (y con esto, querida, no quiero dar a entender que tu hayas sido la culpable de mi desatino al imaginar un futuro brillante e imposible junto a ti, porque el único culpable, en todo caso, soy yo, yo y mi manía de haber creído encontrar por fin el paraíso).
Sonrío, sin embargo, al escribir esto. Tú no eres Ada Veen y yo no soy Ivan Veen y por tanto nuestro idilio no podía durar (o insisto que quizá fue solo un idílico espejismo producto de mi cruel y burlona mente sin nada que pensar y nada que hacer) y tenía que terminar algún día, y he de confesar que tantas veces, desde que nos conocimos y yo estaba leyendo a Nabokov, y tú llevabas puesta una ropa ligera, casi ligerísima que te hacía lucir como un fantasma improbable pero a la vez cercano, desde ese día yo ya pensaba en el final, en el final de las imposibilidades que harían mi vida un poco más distinta de nuevo. Que me devolverían al frío y eterno mundo real de siempre carente de señales y de poéticas redentoras que vuelven cada plaza y cada esquina la posibilidad de encontrarte, la posibilidad de mirarte, de sonreírte, de buscarte o de perderte. He de aceptar también que sin ese velo de improbabilidad todo este idilio jamás hubiese sido lo que fue, tal vez lo miré así por mi terca necedad de descreer del destino y los encuentros, las casualidades casi cortazarianas me contradecían siempre, me aplastaban y me deshacían y tantas cosas que ahora no encuentro las palabras (como si esto fuera un juego de scrabble y me tocaran puras w’s y puras v’s y no supiera que maldita palabra en un lenguaje como el nuestro podía armarse utilizando esas letras infernales y perfectas).
No te escribo para pedirte que no te vayas, no te escribo para pedirte nada, te escribo, como siempre por escribirte, para deshacer los nudos de mi garganta y convencerme por una vez que puedo al menos, flotar unos instantes en mi memoria convenciéndome de que nada de esto ha sido (como en algunas noches de pesadillas suelo pensar) solo un espejismo inútil. No estoy seguro tampoco de los motivos de tu partida (más simbólica que física, puesto que yo estoy en Viena [“Wien”, para respetar los topónimos originales como siempre ha sido mi obsesión] y tú sigues allí, en Oaxaca, Antequera, en nuestras calles, o tus calles, en nuestros parques, o tus parques.
¿Cuántas veces, querida, encontramos el paraíso?
No lo sé, pero sé que el paraíso no es un lugar, aunque siempre sucede en un lugar (nuestros parques, nuestras calles) y en un tiempo (nuestras ‘medias tardes’, nuestras ‘madrugadas’). Solo sé también que un paraíso es una cosa frágil pero eterna, no son los paraísos los que se acaban, somos nosotros los que no podemos seguir en ellos, porque estos se aparecen de repente, sin considerar el futuro sin pensar en el pasado, sin pensar tampoco en las molestas posibilidades de sus finales. Los paraísos son crueles, se atraviesan en la vida de uno y la van secando poco a poco, drenando toda el agua de la realidad que se utiliza para regar las plantas de sus jardines, para rellenar sus fuentes y acequias (nuestro paraíso tenía la forma de la Alhambra, ¿recuerdas?) , para preparar el mortero de sus muros (los nuestros siempre fueron de cantera), para utilizarse en el agua helada de sus lluvias, para, no sé, para algo más. Para una imprecisión absurda que uno no puede evitar citar como la última de las ínfimas posibilidades de salvación de la vida.
¿Por qué te vas Constanza? ¿Por qué te fuiste? (Aquí la pluma no pinta bien, ignora los manchones, no son lagrimas, lo juro, es el Chianti que estoy tomando en un vasito de plástico, porque esto siempre ha sido el siglo XXI y ya no quiero jugar a los destiempos) ¿Otro paraíso se atravesó en tu camino? ¿Decidiste volver a tu incomprensible pasado? ¿Quieres acaso, querida, jugar a los extraños?
Pero, ya no importa, sé que te dirigirás a algún sitio, sé que un día no pudiste quedarte más aquí dentro (A veces siento que yo sigo aquí, aunque las plazas europeas son grandes y sin arboles, y las lamparas no difuminan su luz entre la lluvia) y tenías que salir, hacía un lugar que no era particular pero sí fascinante (quizá no tan fascinante como lo fuiste para mí, quizá no, pero no sé…), quizá y no me importa, quizá ya no sé. El clima aquí se vuelve un poco frío a pesar de las fechas. El café, eso sí, el café aquí es mejor de lo que podrías pensar, en las calles hay gente muy extraña y gente muy común, yo no sé donde me vean las demás personas. Ojalá seas feliz, como sea, donde sea, con quien sea, con lo que sea…
Tal vez el paraíso no haya sido todo eso, sino solo mis recuerdos, talvez el paraíso solo esté en la memoria y solo tenga que recostarme y recordar mis idilios, pero a ti te voy a extrañar con la tragedia de lo que no volverá a suceder jamás. Pero si algo pasara, yo que sé, algún mal truco del tiempo o un ataque de histeria búscame, y estaré allí, no sé como pero voy a estar allí, a menos que la poesía se acabe yo soy fiel a mi menoría.
Querida, Constanza, me enamoré de ti en pocos instantes, pero me guardo todo en las letras, me guardo las miradas y los impulsos, querida, Constanza, no me olvides en el silencio.
Je t’adore.
(Oui, c’est la mot juste, como diría Flaubert, aunque tú jamás entendiste tanto de literatura y eso no importó jamás)
C’est la mot juste.
Je t’adore.
Tuyo. Con un silencio y una pluma chorreada. (Y otras manchas que no son lagrimas te insisto, no, es un poco de agua sola que derramé sin querer.
Fernando. (O quien quieras que sea)
Addio.