domingo, 29 de septiembre de 2019

Poética IX



Texas, en la noche.

Eran dos
            Y es uno el que acecha
Se oculta en la espesura
            (tras de un auto)
Es senda, bosque oscuro, este camino

El Puente de Xochimilco

Es el mismo
            Aunque en su cambio
            Anuncia la sequia su reino
            Y de cicatriz, en cicatriz andando
            Se pregunta el viejo
            Si este ha de volver
El rio
            Pues añora otros retornos.
           
Bajando del cerro, buscando

Suerte aquella
            De palabras, ajenas
                        O de hacer sobre este mundo acaso
                                    De aquello que ser dicho no puede, un acto

Que compense las ofensas
            Los olvidos y las penas
                        Madre, apiádate y perdona.

            Madre. Es silencio, lo que queda.

Tormenta y Temblor

Que en sus centros que ciñen al mundo
            Que son madre, son diosa, son muerte
Se desgarre su vientre y de noche
            (alumbren las brujas)
Se agite, y su colera limpie
            O perdone el terror que es el mundo.

Visceras Podridas junto al muelle de una bahía

Paraíso.
Paraíso de hedor
            y de carne

Ruge un mar embravecido
            Llagas de sol en la piel del antebrazo
Tiembla en el pecho la angustia
            un rostro conocido
            (una sonrisa, una inquietud,
                        una promesa)

Y la tarde se diluye
            Sabe a derrota
Junto al mar
la noche espesa

Petenera

Dicen que la petenera
            Era ya anciana mujer
Que, aunque el olvido detuvo
            Jamás llego a enloquecer.

Dicen que la petenera
            Siempre fue grande mujer
Que llegó temprano al pueblo
            Y murió al atardecer.

martes, 20 de junio de 2017

Vacios

Es la desesperación de la hoja en blanco. O más bien la desesperación de saber que la escritura se vuelve con el tiempo un sucedáneo de los sentidos inmanentes. Hoy me desperté y leí a Deleuze. Lo único que pude sentir fue culpa. Una culpa profundísima que no sé si atribuir a mi condición de obsesivo desvelado o a la voluntad de verdad que lo puebla todo y lo termina por abarcar todo, de todos modos yo sé lo que soy, lo que siempre voy a ser y lo que siempre he sido: un conservador hipócrita, la escoria misma de la pirámide intelectual, un fraude. Pero no hay manera en que pueda dejar de serlo. El experimento siempre es el mismo, una sucesión de escenarios con más o menos fortuna donde se mezclan en proporciones idénticas la suerte y el dolor. No. No puedo estar de acuerdo con las doctrinas esotéricas de revolucionarios y continentales, con la verborrea descontrolada que se amotina en el pensamiento como una sucesión de puertas que no llevan a ningún sitio.
Hoy también visité una galería improvisada e intenté obligarme a mí mismo a llevar a cabo esa práctica mística que algunos de mis correligionarios llaman “abrir la mente”. Lo intenté estando de frente a cuadros pisciformes que simulaban rostros sonrientes. Lo intenté también, con el corazón seco y el espíritu muerto frente a las simulaciones convulsas de una música que envolvía el edificio en una niebla exenta de humedad. No comprendí el juego, ni el mapa de símbolos o las referencias. No entendí la forma. Soy un analfabeto del arte, pienso. Expulsado del único mundo al que la angustia me condena a padecer. Pero no es mi espíritu el que ha muerto. Apenas dos días antes distinguí en la ventana del monasterio el juego sutil de los volúmenes de cantera superpuestos y la belleza inmediata de una virgen que, mirando al firmamento, dejaba caer las gotas de la sangre de su estigma en el suelo húmedo. Allí sí, como ahora, una posibilidad se abrió en el espacio imaginario del sentido. Solo allí, frente al rostro piadosísimo de Santa Clara distinguí, entre el viento frio de los días lluviosos y la niebla helada de la Italia medieval una felicidad profunda y auténtica aun cuando su extensión se viera limitada por la comprensión de nuestra propia fatalidad (también llamada absurdo), solo allí, de pie ante las pinturas pías sentí la inmediatez y el peso del arte, no era, sin embargo, el vacuo placer intelectual que se siente al estar plantado frente a un Koons o un Koolhas, no era el placer casi edulcorado de las noches interminables frente a un texto de Foucault que con ánimo de iluminados devoramos para creer en la fantasía del conocimiento que el mismo francés nos niega. No. Es la sensación fundamental, más allá de la erótica y la inteligencia, de las cosas que coinciden. Un placer tan primero y tan profundo como el nacimiento mismo. La belleza es el placer puro, bruto, sin destilar. Un placer exento de símbolos y consecuencias. Un placer que se limita a existir como condición existencial y no como experiencia del todo o de la nada.
Sin embargo, ahora mismo, me es elusivo, miro el mundo con la mirada perdida en los detalles que antes me producían una excitación sobrehumana y que hoy en día solo me hacen fruncir el ceño en una señal de derrota inmediata que solo puedo remitir a mi cerrazón de mente. Tengo el espíritu roto por las navajas que le he clavado para castigarlo por todos sus pecados vulgares. Tengo el espíritu roto por la teoría que me ha consumido y me ha convertido, más bien, en una máquina de conceptos. Tengo el espíritu roto por todas las veces que dije y grité y me burle del hombre que hallaba la belleza total en una curva que nosotros hubiéramos llamado mal gusto. Pero también tengo el cuerpo y la mente rota. Parece que me detengo con una sola mano sobre un precipicio y debajo un mar furioso esperara el tributo que el destino le otorgue. Mi cuerpo para ser devorado por las bestias marinas. Al final, en el fondo todo es culpa.
Es la única manera: la culpa. Estamos en el siglo de la culpa. Si hemos liberado el cuerpo es para paliarnos de todo el dolor de arrastrar tras de nosotros el peso de nuestra propia derrota. Si hemos liberado tantas ataduras es solo para esconder el hecho, irrefutable, de que nos hemos convertido en una generación a la que la culpa y el arrepentimiento nos arrancan el sueño. Ya no hay redención. Hemos pecado tanto en el pensamiento y en la acción. En nuestra espalada descansan los errores de nuestros antepasados (¿maldita Europa?), Descartes, Kant. Hemos pecado tanto en esta historia que nuestras raíces se pierden en el fondo de un poso oscurísimo. La vida misma es un calvario, un purgatorio de cadenas raídas en sus extremos. Así nos convertimos en retratos lamentables de lo que debimos ser.
Miro el rostro de Santa Clara, la expresión piadosísima de su mirada. El sufrimiento en su cuerpo, en su carne. Miro el rostro de Santo Domingo, de San Sebastián. San Miguel tiene una espada con la que aleja al demonio, lo vence. Jesucristo en su gloria emerge de una nube envuelto en una túnica blanca. Solo allí, en la mirada de los santos salvados hay un poco de verdad en el sinsentido de sus mentiras. Pero allí, en la belleza de sus facciones, Santa Lucia mirando al cielo con ojos que ya no son los suyos sino los ojos de dios. Solo allí, creo, como Stendhal llorando en Florencia aflora el sentimiento de la redención que nos ha sido negada. La única redención para la culpa fundamental del hombre: su inocencia en la búsqueda para el sentido. Nuestro crimen y nuestra condena.
Hay filósofos que parecen querer reírse de nosotros. Hume, Marcuse, Adorno, Deleuze. Los miro arriba de mí en su potestad de jueces infinitos. De adivinos envueltos en su halo de demencia que los devuelve en el imaginario al mundo eterno de la verdad. Una verdad oculta entre sus lenguas ardientes y sus cabellos tiesos. Pero yo, aquí abajo, perdido en el laberinto de la vida y del pensamiento no alcanzo la lucidez de su genialidad y aun cuando, consolado en los pies cansados y sangrantes en la peregrinación inacabable de la ciudad alcanzo a distinguir una verdad en sus juegos infinitos me detengo con el aire que me falta ante la mirada inquisitiva de doscientos treinta y nueve angelitos en el cielo raso de una iglesia dominica. San Jerónimo me mira como un padre que ve a su hijo sufrir. Soy el desastre supremo de la idea. El impostor de las grandes causas. Una escoria condenada a la miseria, a la abyección más profunda. Anatema de la verdad, condenado a vivir en la fantasía entera de la realidad que eventualmente se ha convertido en fantasía. Un hombre me mira con lástima, repite unas cuantas líneas de Horkheimer. Alzo la vista y veo su mirada compasiva. Una mirada compasiva que no es sino lastima pura. Caigo a los pies de la dolorosa en una tarde de viernes. Caigo, lo más profundo que puede caerse. En las propias convicciones traicionadas y me pregunto si, acaso, la verdad no es lo más vacuo y es en este juego de los cuerpos donde reside Dios, reside Dios y lo bueno, y la verdad. Dios, la verdad, lo bueno y el amor.
Pero es este juego de los cuerpos del que he sido excluido. Soy un amasijo de carne y humores líquidos. Una estatua de sal condenada por mirar Sodoma arder. Una pobre imitación de lo que todos debemos de ser. Soy un exiliado del placer verdadero. Un esclavo de las masas que se mueven a mi alrededor portadoras de un secreto que me ha sido negado desde niño.
Aquí me compadezco con Houellebecq. Soy un personaje suyo construido en una novela francesa. Me muevo ahogándome en un mar de sal mientras veo la dulzura de los rostros de trescientas setenta y dos miradas que se ríen en lo bajo de mí. Me ha sido negado el juego de los cuerpos le digo a Houellebecq con una certeza de la que jamás me creo capaz. El hombre me sonríe con sus encías descarnadas. Me ha sido negado el juego le digo a Ludwig que también está al borde de la muerte.
Soy un conservador atrapado en el cuerpo de un libertino o un libertino atrapado en el cuerpo de un conservador. Es mi mente la de las pulsiones y mi cuerpo el que las reprime. Broma suprema de la casualidad natural. Contradicciones. Lógicas no clásicas. Leer al primer Wittgenstein me devuelve la calma. Jamás encontré placer en Kierkegaard. Todas las sustancias ajenas a mi cuerpo no hacen sino acrecentar la desesperanza inmanente a la tragedia.
Alguna vez, recuerdo, creí en el amor. En el amor naïve, el de la gente que ama y destruye. Pero eso también se lo llevó la culpa. Era una primavera y la culpa me invadió. La culpa del simulacro, la culpa de la simulación.
Creí en el arte y en la histeria. En el mundo y en el caos. Creí en el orden y en la inteligencia. Creí en el dios de Whitehead. Alguna vez también creí en dejar de creer y me pregunto en que instante perdí toda la fe. La fe no en el dios de los judíos sino en la posibilidad de la certeza. La misma certeza que los profetas de la mentira profesan por su negación de lo inmediato.
Se me ha negado participar en el juego de las lenguas. En el juego de las tardes y en el juego de los juegos. Escucho jazz porque la gente siempre quiere que escuchemos jazz. El verdadero sistema es la contracultura que nos carcome, por un lado. Ahora camino por las calles más insulsas y admiro al hombre que bebe una cuba y escucha boleros. Admiro su mirada de cotidianeidad perpleja ante la belleza inmediata que no logra comprender pero que bebe a sorbos largos. Ahora miro la verdad en las favelas. En el abigarramiento de la ciudad a las faldas de los cerros. En las casas de los ricos de peor gusto y en las cocheras convertidas en bazares. Miro una belleza que es fundamental pero que se agota y me doy cuenta que la vida me ha condenado, como a Adriano, a encontrar el signo poético en las cosas más ínfimas de las que jamás se podrá hablar.

No, ya no encuentro la belleza en el dolor ni en el esperpento. No la encuentro en las imágenes chocantes o en la inocencia de las líneas infantiles. Ya no hay forma en mi apreciación del mundo. Me he convertido, quizá, en un poeta filisteo. Pero ellos me miran a veces y piensas que tengo el material para compalecrlos. No hay nada aquí. Se me ha cerrado el mundo a todo y no queda nada más que el miedo, que el frío, que la duda más inmensa. 

martes, 2 de junio de 2015

Declaración de principios.

Ella. Escucho su nombre y veo su piel clara. Sus ojos enormes. La sonrisa dibujada a medias que esbozaba en nuestro secreto.
 — Dass passiert nicht — me dijo, en alemán, la primera vez que le hable de las vidas secretas. En el fondo ambos sabíamos que eso no era del todo cierto y que esa tarde representaría el comienzo de un silencio más profundo que cualquier otro silencio anterior. Los silencios, los secretos, las cosas que se saben pero no se dicen.
De cierta forma conocíamos lo necesario el uno del otro para reconocer las señales de una atracción fatal que traspasaría todas las barreras, incluso detrás del velo frío de sus respuestas sentía latir el fuego que acabaría por consumirnos.
Su nombre, un nombre árabe latinizado, el nombre de una ciudad musulmana conquistada en nombre de la cristiandad, una aparición que es al mismo tiempo la salvación de un mundo occidental en plena decadencia, en cierta forma detonada por una alucinación (¿colectiva?), su nombre retumba incluso ahora con el sabor de las cosas que comienzan pero nunca ocurren.
— ¿Eso importa? — , le pregunto, sus ojos arden en un fuego tenue, un brillo de estupor condensado en su respiración intermitente. Vamos tomados de las manos por una calle oscura de tierra, son las nueve de la noche, no hay estrellas y sin embargo una luz tenue todavía ilumina desde el cielo gris oscuro, el reflejo de la ciudad lejana.
Siento el latido de nuestros corazones al despedirnos, el ritmo de los tambores que tocan a luto una marcha fúnebre en honor a todas las perdidas; sabemos que la tarde no es fortuita, — ningún encuentro es fortuito — le digo cuando ella está por cerrar la puerta — espera...—, alcanza apenas a oírme, en la penumbra distingo de nuevo sus ojos, puedo sentir su pecho retorcerse y sus piernas temblar, ambos tenemos miedo, siento mis piernas livianas, su peso entero se descarga en la tierra, tiemblo. — Te propongo un juego — mi voz parece temblar también — un juego para que todo esto deje de ser un tanto menos imposible —
El juego consistía en renombrar esta ciudad como si se tratara de un rompecabezas. Dada la imposibilidad abierta de las citas concertadas teníamos que depender de los encuentros fortuitos (pero no hay encuentros fortuitos) y de los hechos aparentemente casuales para encontrarnos, pero confiar en la casualidad tiene el mismo efecto que embadurnarse de polvos esotéricos para curar el mal de amores. El juego, sin embargo, dependía de una variable estocástica, una vez renombrados los lugares no podía haber un mapa, al menos un mapa como tal, uno que señalase todos los lugares y posibilidades de la ciudad, no, el mapa era un gran mapa mental de referentes poéticos, de modo que la calle en que nos conocimos una tarde de mayo cuando un chubasco nos obligo a refugiarnos, los dos transeúntes perdidos y sin paraguas, bajo la cornisa de una vieja colonial, esa calle ya no se llamaría jamás de nuevo Alcalá, sino la calle de la lluvia, o la plaza donde un mediodía de noviembre nos sorprendió encontrar a dos cadáveres recién cubiertos por las sábanas blancas del protocolo judicial ya no sería más el atrio de Santo Domingo sino la plaza de los muertos, el callejón donde nos entregamos a los impulsos irrefrenables del cuerpo sería, pues, la calle del fuego, la calle del día fatal en que supimos que habríamos de separarnos en silencio la calle de las tragedias, la calle donde descubrí que los días dorados habían quedado atrás y no eramos sino un esbozo de lo que fuimos: la calle de la traición.
Así tendríamos que concertar nuestras citas en mensajes cifrados cuidadosamente y lanzados al aire, "a medio día en el parque de los perros" confiados que la poesía de nuestra historia bastara para reencontrarnos, para reunirnos una vez más en esos días que nos saben más a excepción que a victoria; ella, naturalmente no aceptó, pero sonrió con una sonrisa cómplice antes de despedirse de mí con un beso en la comisura de los labios.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Las torres y el silencio.


∑ dice que el mundo no se va a acabar, lo cual, es algo que ya sé pero no importa, de todos modos, la forma en que lo dice, sus labios entreabriéndose, la forma de sus manos alineada siempre, la punta de su lengua y de sus dedos es algo que me va consumiendo, así, muy despacio, casi sin que yo mismo me de cuenta.
Debajo de la mesa mis piernas tiemblan y se me va yendo, a una velocidad lentísima, exasperante, el aliento. Busco algo que decir pero no encuentro nada, no puede decirse nada. Miro al fondo de la taza y aún hay un poco de café, lo revuelvo con la cucharita a pesar de que no hay nada que revolver, yo tomo el café sin azúcar, muy cargado. Suspiro y tomo otro sorbo, el últim, en el fondo de la taza solo quedan los sedimentos ligerísimos que quizá alguien pueda leer, en voz alta, para que ∑ se asuste de toda la perversidad que puede caber detrás de estos, mis lentes minúsculos. 
— ¿Y eso qué importa? — le preguntó, saboreando las últimas notas del café que se escapan de mi paladar húmedo. — Al final de cuentas, si se acaba nos va a dejar de importar igual de pronto —
Solo veo como ∑ toma su vaso y lo acerca a sus labios, parece saborear el filo del cristal, una gota de agua resbala por su piel hasta su cuello, ella no lo nota.
— Quién sabe — responde, luego más bajo — quién sabe—
La tarde va volviéndose noche, por el balcón de atrás puede verse la calle, las torres de una iglesia y las ramas de un árbol (¿un sauce?), a esa hora de la tarde la sombra de los edificios se proyecta justo hasta el comienzo de la acera opuesta, unos pocos rayos de sol alcanzan a dibujar figuras extrañas en las puertas viejas de madera de las casas de enfrente, adentro, en el café, un silencio inusual parece adueñarse de todo, ningún sonido, nada, las únicas personas allí somos ∑ y yo, sentados en la mesa, sin decir nada, ∑ mirando hacia afuera y yo mirando hacia ∑. En ese instante, todo es de una perfección envidiable, una torre, como las de Adelaida Veen, ese momento es una torre; luego ∑ pestañea y la torre parece venirse abajo. Sus labios se mueven, dibujan en el aire una pequeña ‘o’, sus ojos profundos, clarísimos, turbios, me apuntan, y su lengua se mueve, humedece sus labios en un gesto que se antoja premeditado.
— ¿Te da miedo la muerte? —
¿No? ¿No me da miedo la muerte?
 — No sé — , quizá me de miedo acercarme a la muerte, creo que la vida es como esas gráficas que suben hasta el infinito pero nunca tocan cierto punto, una asíntota, así, uno se acerca a la muerte a pasos agigantados, pero cuando está tan cerca, rozándola, cuando uno siente la bala tocarle la sien, cuando uno mira sus ojos cerrarse por última vez, entonces, no sé porque lo creo, la vida se va volviendo lenta de nuevo, y empieza a acabarse cada vez más lentamente, y, sin darse cuenta, uno se va sumiendo en la eternidad más extasiante de la vida, vaya que la eternidad entonces sí sería un instante, me digo en silencio, no hablo, estoy sumergido en una angustia terrible y callada mientras ∑ me mira, pero no sé, no creo que jamás conozca a la muerte, porque de pronto, después de esa eternidad, en un instante, uno ya está muerto, y yo no sé si pensar que voy a seguir viéndolo todo o simplemente mi conciencia se va a extinguir, se va apagar, se va a perder para siempre en un gigantesco vacío de totalidad. No sé.
— No sé — le respondo de nuevo, reafirmando mis palabras, solo para darme cuenta de que la respuesta que acabo de darle sonó tan fría y apagada que terminó por golpear la torre en la que estaba apoyado.
¿Y si la muerte fuera una torre? 
Los parsis, en Irán y la India, solían construir edificios redondos, fantasmas alejados del centro de las ciudades donde depositaban los cadáveres de sus muertos, quizá aún lo hacen. Esos edificios eran eso, torres, torres donde el cuerpo se iba descomponiendo, solo, en medio de la nada, con solo el cielo, la selva o el desierto como mudos testigos de la muerte de la carne devorada por los zopilotes y nadie más.
∑ me mira intrigada, yo la miro avergonzado, como si tuviera que culparme por haber matado el último intento de conversación de la tarde, pero antes de que diga algo, yo, continúo. 
— No sé si me da miedo la muerte, pero al morir quiero que mi cuerpo no lo entierren, me da pavor imaginar que sí aún veo, que si aún siento lo último que vea por el resto de la eternidad sea tierra, un vacío negro e infinito donde no hay nada más — tomo aire, y busco en mi café un poco más, pero no hay — tampoco quiero que me quemen, ¿sentiré aún? Quién sabe, pero si siento la desesperación sería tremenda, no poder moverme, no poder hacer nada, ¿Qué tal si la muerte es solo perder control sobre el cuerpo?, quiero, que cuando muera, me dejen solo, en medio de la nada, en una torre (no añadí, claro está, como ésta), y así morir mirando el cielo, hasta no ser más que huesos, hasta no ser más que nada. 
∑ me mira una última vez y sonríe, sus labios son gruesos, rosados, no sé que hay detrás, detrás de sus labios, de su lengua y de su garganta, pero eso es todo entonces, mirar a ∑ y no estar muerto. Luego las luces de la ciudad comienzan sus destellos y no sé que más se pierda entre las torres y ese nuevo, largo, pero tranquilizador silencio.  

sábado, 27 de octubre de 2012

Dublín


[Hay veces que uno se pregunta por qué escribió lo que escribió y luego tiene tiempo para arrepentirse]

Aquí ya no hay nada, por ahora. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Media tarde. Capitulo XXX


Idus de Marzo.
(No sé que año sea. Querida: ¿En qué siglo vivimos?)
Wien. Imperio Austro-Húngaro. 
(Aunque mi mente esté en ti).

Dear Constanza. (Con todas las letras, tu nombre latino no merece transliteración alguna en ninguno de los múltiples idiomas que tantos poetas o filósofos locos han hablado en tantos tiempos, en tantas épocas) 

Te escribo esto desde el escritorio de mi atelier. Sentado a la luz de una lampara eléctrica. (¿O es una vela? ¿un velero?, un pequeño barquito que está surcando el Bósforo en esa ciudad con la que soñé tantas veces) la pluma tiembla, la tinta azul es la opción más absurda de las tiendas de insumos para dibujo, no sé ni porque.  Querida, te voy a extrañar, voy a dibujar los mapas de nuestros encuentros como si encadenará los momentos de nuestro fugaz paraíso (O quizá solo mi fugaz paraíso porque cabe la detestable posibilidad de que todo esto haya sido un espejismo de mi parte, una perversa ensoñación en donde a ti también te rodeaban esas nieblas densas de lo imposible y… ) a la indetenible maquina del tiempo que nos impulsa para adelante, siempre para adelante. No te sorprendas si te digo ‘querida’. No, es solo que repetir tu nombre tantas veces es una tortura, una dulce tortura que consiste en vaciar, una a una, las cavidades secretas de mi pecho, despreciando sus contenidos inestables para quedar finalmente envuelto (dudo que este sea el termino correcto) en un vacío de lo más indescriptible, en una especie de tela invisible que me impide escapar de algún sitio, hacía alguna parte. 
Tu nombre todavía no se escapa de mi mente, tu nombre no deja de arrastrar como ríos inevitables todas las cosas que soñé en un futuro probable para nosotros, nuestras correrías imaginarias por una Amsterdam inundada hasta los tobillos, nuestras desapariciones marroquíes y los callejones italianos donde me sonreías sin querer al bajar los últimos escalones que nos empujarían hacia una ‘piazza’ desierta, como en un cuadro de Chirico. Pero no, tu nombre es un espejismo como todos esos futuros probables que desaparecieron de un plumazo (y con esto, querida, no quiero dar a entender que tu hayas sido la culpable de mi desatino al imaginar un futuro brillante e imposible junto a ti, porque el único culpable, en todo caso, soy yo, yo y mi manía de haber creído encontrar por fin el paraíso).
Sonrío, sin embargo, al escribir esto. Tú no eres Ada Veen y yo no soy Ivan Veen y por tanto nuestro idilio no podía durar (o insisto que quizá fue solo un idílico espejismo producto de mi cruel y burlona mente sin nada que pensar y nada que hacer) y tenía que terminar algún día, y he de confesar que tantas veces, desde que nos conocimos y yo estaba leyendo a Nabokov, y tú llevabas puesta una ropa ligera, casi ligerísima que te hacía lucir como un fantasma improbable pero a la vez cercano, desde ese día yo ya pensaba en el final, en el final de las imposibilidades que harían mi vida un poco más distinta de nuevo. Que me devolverían al frío y eterno mundo real de siempre carente de señales y de poéticas redentoras que vuelven cada plaza y cada esquina la posibilidad de encontrarte, la posibilidad de mirarte, de sonreírte, de buscarte o de perderte. He de aceptar también que sin ese velo de improbabilidad todo este idilio jamás hubiese sido lo que fue, tal vez lo miré así por mi terca necedad de descreer del destino y los encuentros, las casualidades casi cortazarianas me contradecían siempre, me aplastaban y me deshacían y tantas cosas que ahora no encuentro las palabras (como si esto fuera un juego de scrabble y me tocaran puras w’s y puras v’s y no supiera que maldita palabra en un lenguaje como el nuestro podía armarse utilizando esas letras infernales y perfectas).
No te escribo para pedirte que no te vayas, no te escribo para pedirte nada, te escribo, como siempre por escribirte, para deshacer los nudos de mi garganta y convencerme por una vez que puedo al menos, flotar unos instantes en mi memoria convenciéndome de que nada de esto ha sido (como en algunas noches de pesadillas suelo pensar) solo un espejismo inútil. No estoy seguro tampoco de los motivos de tu partida (más simbólica que física, puesto que yo estoy en Viena [“Wien”, para respetar los topónimos originales como siempre ha sido mi obsesión] y tú sigues allí, en Oaxaca, Antequera, en nuestras calles, o tus calles, en nuestros parques, o tus parques. 
¿Cuántas veces, querida, encontramos el paraíso?
No lo sé, pero sé que el paraíso no es un lugar, aunque siempre sucede en un lugar (nuestros parques, nuestras calles) y en un tiempo (nuestras ‘medias tardes’, nuestras ‘madrugadas’). Solo sé también que un paraíso es una cosa frágil pero eterna, no son los paraísos los que se acaban, somos nosotros los que no podemos seguir en ellos, porque estos se aparecen de repente, sin considerar el futuro sin pensar en el pasado, sin pensar tampoco en las molestas posibilidades de sus finales. Los paraísos son crueles, se atraviesan en la vida de uno y la van secando poco a poco, drenando toda el agua de la realidad que se utiliza para regar las plantas de sus jardines, para rellenar sus fuentes y acequias (nuestro paraíso tenía la forma de la Alhambra, ¿recuerdas?) , para preparar el mortero de sus muros (los nuestros siempre fueron de cantera), para utilizarse en el agua helada de sus lluvias, para, no sé, para algo más. Para una imprecisión absurda que uno no puede evitar citar como la última de las ínfimas posibilidades de salvación de la vida.
¿Por qué te vas Constanza? ¿Por qué te fuiste? (Aquí la pluma no pinta bien, ignora los manchones, no son lagrimas, lo juro, es el Chianti que estoy tomando en un vasito de plástico, porque esto siempre ha sido el siglo XXI y ya no quiero jugar a los destiempos) ¿Otro paraíso se atravesó en tu camino? ¿Decidiste volver a tu incomprensible pasado? ¿Quieres acaso, querida, jugar a los extraños? 
Pero, ya no importa, sé que te dirigirás a algún sitio, sé que un día no pudiste quedarte más aquí dentro (A veces siento que yo sigo aquí, aunque las plazas europeas son grandes y sin arboles, y las lamparas no difuminan su luz entre la lluvia) y tenías que salir, hacía un lugar que no era particular pero sí fascinante (quizá no tan fascinante como lo fuiste para mí, quizá no, pero no sé…), quizá y no me importa, quizá ya no sé. El clima aquí se vuelve un poco frío a pesar de las fechas. El café, eso sí, el café aquí es mejor de lo que podrías pensar, en las calles hay gente muy extraña y gente muy común, yo no sé donde me vean las demás personas. Ojalá seas feliz, como sea, donde sea, con quien sea, con lo que sea… 
Tal vez el paraíso no haya sido todo eso, sino solo mis recuerdos, talvez el paraíso solo esté en la memoria y solo tenga que recostarme y recordar mis idilios, pero a ti te voy a extrañar con la tragedia de lo que no volverá a suceder jamás. Pero si algo pasara, yo que sé, algún mal truco del tiempo o un ataque de histeria búscame, y estaré allí, no sé como pero voy a estar allí, a menos que la poesía se acabe yo soy fiel a mi menoría. 
Querida, Constanza, me enamoré de ti en pocos instantes, pero me guardo todo en las letras, me guardo las miradas y los impulsos, querida, Constanza, no me olvides en el silencio. 
Je t’adore. 
(Oui, c’est la mot juste, como diría Flaubert, aunque tú jamás entendiste tanto de literatura y eso no importó jamás)
C’est la mot juste.
Je t’adore.

Tuyo. Con un silencio y una pluma chorreada. (Y otras manchas que no son lagrimas te insisto, no, es un poco de agua sola que derramé sin querer.

Fernando. (O quien quieras que sea)
Addio. 

miércoles, 15 de agosto de 2012

Poética "n"


Un hombre desnudo.
La soledad del silencio.
Una eternidad varada
En una telaraña de lamentos
Así es la mañana
Un adagio de cuerdas
contra el viento

Nos perdimos en la extensión de la avenida
Para entonces el invierno ya se había levantado
Había extendido sus extremidades
Sobre la extensión infame de los bosques de concreto
Había destendido sus sabanas blancas
Y en nuestros pies solo quedo agua
Tú dijiste “adiós”
Pero no había ningún aplomo en tu voz quebrada
Sabía que no te irías 
Y sin embargo nos miramos un instante
Con la confianza de quien mira un precipicio
Y me dijiste “No dejarás jamás que me vaya”

Otra niebla a media tarde
La luz no alcanza para medir tragedias
Las nubes se amontonan
Forman promontorios en el cielo azul 
eléctrico
Las sombras de los faroles se descuidan en las esquinas
Tú dijiste “adiós”
Pero no había ningún sonido en tu voz callada
Nos quedamos mirando como extraños en la soledad de la calle

Tantas otras horas largas
Transcurrieron en anhelos tenues
Tantas veces se rompieron los tendones
Tantas voces resonaron en tus tímpanos
Tanto era el miedo a lo distante
Que dijiste “adiós”
Y yo dije “adiós”
Y desaparecí en la oscuridad de la noche.

Y en la soledad de un andador
O en su desolación de multitudes
Nunca se encontró nada que dure
Nunca los castillos fueron tan posibles
Y tú me dijiste “hola”
Y yo solo dije “adiós”
Y me alejé tras una esquina.