Es la
desesperación de la hoja en blanco. O más bien la desesperación de saber que la
escritura se vuelve con el tiempo un sucedáneo de los sentidos inmanentes. Hoy
me desperté y leí a Deleuze. Lo único que pude sentir fue culpa. Una culpa
profundísima que no sé si atribuir a mi condición de obsesivo desvelado o a la
voluntad de verdad que lo puebla todo y lo termina por abarcar todo, de todos
modos yo sé lo que soy, lo que siempre voy a ser y lo que siempre he sido: un
conservador hipócrita, la escoria misma de la pirámide intelectual, un fraude.
Pero no hay manera en que pueda dejar de serlo. El experimento siempre es el
mismo, una sucesión de escenarios con más o menos fortuna donde se mezclan en
proporciones idénticas la suerte y el dolor. No. No puedo estar de acuerdo con
las doctrinas esotéricas de revolucionarios y continentales, con la verborrea
descontrolada que se amotina en el pensamiento como una sucesión de puertas que
no llevan a ningún sitio.
Hoy
también visité una galería improvisada e intenté obligarme a mí mismo a llevar
a cabo esa práctica mística que algunos de mis correligionarios llaman “abrir la mente”. Lo intenté estando de
frente a cuadros pisciformes que simulaban rostros sonrientes. Lo intenté
también, con el corazón seco y el espíritu muerto frente a las simulaciones
convulsas de una música que envolvía el edificio en una niebla exenta de
humedad. No comprendí el juego, ni el mapa de símbolos o las referencias. No
entendí la forma. Soy un analfabeto del arte, pienso. Expulsado del único mundo
al que la angustia me condena a padecer. Pero no es mi espíritu el que ha
muerto. Apenas dos días antes distinguí en la ventana del monasterio el juego
sutil de los volúmenes de cantera superpuestos y la belleza inmediata de una
virgen que, mirando al firmamento, dejaba caer las gotas de la sangre de su
estigma en el suelo húmedo. Allí sí, como ahora, una posibilidad se abrió en el
espacio imaginario del sentido. Solo allí, frente al rostro piadosísimo de
Santa Clara distinguí, entre el viento frio de los días lluviosos y la niebla
helada de la Italia medieval una felicidad profunda y auténtica aun cuando su
extensión se viera limitada por la comprensión de nuestra propia fatalidad
(también llamada absurdo), solo allí, de pie ante las pinturas pías sentí la
inmediatez y el peso del arte, no era, sin embargo, el vacuo placer intelectual
que se siente al estar plantado frente a un Koons o un Koolhas, no era el
placer casi edulcorado de las noches interminables frente a un texto de
Foucault que con ánimo de iluminados devoramos para creer en la fantasía del
conocimiento que el mismo francés nos niega. No. Es la sensación fundamental,
más allá de la erótica y la inteligencia, de las cosas que coinciden. Un placer
tan primero y tan profundo como el nacimiento mismo. La belleza es el placer
puro, bruto, sin destilar. Un placer exento de símbolos y consecuencias. Un
placer que se limita a existir como condición existencial y no como experiencia
del todo o de la nada.
Sin
embargo, ahora mismo, me es elusivo, miro el mundo con la mirada perdida en los
detalles que antes me producían una excitación sobrehumana y que hoy en día
solo me hacen fruncir el ceño en una señal de derrota inmediata que solo puedo
remitir a mi cerrazón de mente. Tengo el espíritu roto por las navajas que le
he clavado para castigarlo por todos sus pecados vulgares. Tengo el espíritu
roto por la teoría que me ha consumido y me ha convertido, más bien, en una
máquina de conceptos. Tengo el espíritu roto por todas las veces que dije y
grité y me burle del hombre que hallaba la belleza total en una curva que
nosotros hubiéramos llamado mal gusto. Pero también tengo el cuerpo y la mente
rota. Parece que me detengo con una sola mano sobre un precipicio y debajo un
mar furioso esperara el tributo que el destino le otorgue. Mi cuerpo para ser
devorado por las bestias marinas. Al final, en el fondo todo es culpa.
Es la
única manera: la culpa. Estamos en el siglo de la culpa. Si hemos liberado el
cuerpo es para paliarnos de todo el dolor de arrastrar tras de nosotros el peso
de nuestra propia derrota. Si hemos liberado tantas ataduras es solo para
esconder el hecho, irrefutable, de que nos hemos convertido en una generación a
la que la culpa y el arrepentimiento nos arrancan el sueño. Ya no hay redención.
Hemos pecado tanto en el pensamiento y en la acción. En nuestra espalada
descansan los errores de nuestros antepasados (¿maldita Europa?), Descartes,
Kant. Hemos pecado tanto en esta historia que nuestras raíces se pierden en el
fondo de un poso oscurísimo. La vida misma es un calvario, un purgatorio de
cadenas raídas en sus extremos. Así nos convertimos en retratos lamentables de
lo que debimos ser.
Miro el
rostro de Santa Clara, la expresión piadosísima de su mirada. El sufrimiento en
su cuerpo, en su carne. Miro el rostro de Santo Domingo, de San Sebastián. San
Miguel tiene una espada con la que aleja al demonio, lo vence. Jesucristo en su
gloria emerge de una nube envuelto en una túnica blanca. Solo allí, en la
mirada de los santos salvados hay un poco de verdad en el sinsentido de sus
mentiras. Pero allí, en la belleza de sus facciones, Santa Lucia mirando al
cielo con ojos que ya no son los suyos sino los ojos de dios. Solo allí, creo,
como Stendhal llorando en Florencia aflora el sentimiento de la redención que
nos ha sido negada. La única redención para la culpa fundamental del hombre: su
inocencia en la búsqueda para el sentido. Nuestro crimen y nuestra condena.
Hay
filósofos que parecen querer reírse de nosotros. Hume, Marcuse, Adorno, Deleuze.
Los miro arriba de mí en su potestad de jueces infinitos. De adivinos envueltos
en su halo de demencia que los devuelve en el imaginario al mundo eterno de la
verdad. Una verdad oculta entre sus lenguas ardientes y sus cabellos tiesos.
Pero yo, aquí abajo, perdido en el laberinto de la vida y del pensamiento no
alcanzo la lucidez de su genialidad y aun cuando, consolado en los pies
cansados y sangrantes en la peregrinación inacabable de la ciudad alcanzo a
distinguir una verdad en sus juegos infinitos me detengo con el aire que me
falta ante la mirada inquisitiva de doscientos treinta y nueve angelitos en el
cielo raso de una iglesia dominica. San Jerónimo me mira como un padre que ve a
su hijo sufrir. Soy el desastre supremo de la idea. El impostor de las grandes
causas. Una escoria condenada a la miseria, a la abyección más profunda.
Anatema de la verdad, condenado a vivir en la fantasía entera de la realidad
que eventualmente se ha convertido en fantasía. Un hombre me mira con lástima,
repite unas cuantas líneas de Horkheimer. Alzo la vista y veo su mirada
compasiva. Una mirada compasiva que no es sino lastima pura. Caigo a los pies
de la dolorosa en una tarde de viernes. Caigo, lo más profundo que puede
caerse. En las propias convicciones traicionadas y me pregunto si, acaso, la
verdad no es lo más vacuo y es en este juego de los cuerpos donde reside Dios,
reside Dios y lo bueno, y la verdad. Dios, la verdad, lo bueno y el amor.
Pero es
este juego de los cuerpos del que he sido excluido. Soy un amasijo de carne y
humores líquidos. Una estatua de sal condenada por mirar Sodoma arder. Una
pobre imitación de lo que todos debemos de ser. Soy un exiliado del placer
verdadero. Un esclavo de las masas que se mueven a mi alrededor portadoras de
un secreto que me ha sido negado desde niño.
Aquí me
compadezco con Houellebecq. Soy un personaje suyo construido en una novela
francesa. Me muevo ahogándome en un mar de sal mientras veo la dulzura de los
rostros de trescientas setenta y dos miradas que se ríen en lo bajo de mí. Me
ha sido negado el juego de los cuerpos le digo a Houellebecq con una certeza de
la que jamás me creo capaz. El hombre me sonríe con sus encías descarnadas. Me
ha sido negado el juego le digo a Ludwig que también está al borde de la
muerte.
Soy un
conservador atrapado en el cuerpo de un libertino o un libertino atrapado en el
cuerpo de un conservador. Es mi mente la de las pulsiones y mi cuerpo el que
las reprime. Broma suprema de la casualidad natural. Contradicciones. Lógicas
no clásicas. Leer al primer Wittgenstein me devuelve la calma. Jamás encontré
placer en Kierkegaard. Todas las sustancias ajenas a mi cuerpo no hacen sino
acrecentar la desesperanza inmanente a la tragedia.
Alguna
vez, recuerdo, creí en el amor. En el amor naïve, el de la gente que ama y
destruye. Pero eso también se lo llevó la culpa. Era una primavera y la culpa
me invadió. La culpa del simulacro, la culpa de la simulación.
Creí en
el arte y en la histeria. En el mundo y en el caos. Creí en el orden y en la
inteligencia. Creí en el dios de Whitehead. Alguna vez también creí en dejar de
creer y me pregunto en que instante perdí toda la fe. La fe no en el dios de
los judíos sino en la posibilidad de la certeza. La misma certeza que los
profetas de la mentira profesan por su negación de lo inmediato.
Se me ha
negado participar en el juego de las lenguas. En el juego de las tardes y en el
juego de los juegos. Escucho jazz porque la gente siempre quiere que escuchemos
jazz. El verdadero sistema es la contracultura que nos carcome, por un lado.
Ahora camino por las calles más insulsas y admiro al hombre que bebe una cuba y
escucha boleros. Admiro su mirada de cotidianeidad perpleja ante la belleza
inmediata que no logra comprender pero que bebe a sorbos largos. Ahora miro la
verdad en las favelas. En el abigarramiento de la ciudad a las faldas de los
cerros. En las casas de los ricos de peor gusto y en las cocheras convertidas
en bazares. Miro una belleza que es fundamental pero que se agota y me doy
cuenta que la vida me ha condenado, como a Adriano, a encontrar el signo
poético en las cosas más ínfimas de las que jamás se podrá hablar.
No, ya
no encuentro la belleza en el dolor ni en el esperpento. No la encuentro en las
imágenes chocantes o en la inocencia de las líneas infantiles. Ya no hay forma
en mi apreciación del mundo. Me he convertido, quizá, en un poeta filisteo.
Pero ellos me miran a veces y piensas que tengo el material para compalecrlos.
No hay nada aquí. Se me ha cerrado el mundo a todo y no queda nada más que el
miedo, que el frío, que la duda más inmensa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario