martes, 20 de junio de 2017

Vacios

Es la desesperación de la hoja en blanco. O más bien la desesperación de saber que la escritura se vuelve con el tiempo un sucedáneo de los sentidos inmanentes. Hoy me desperté y leí a Deleuze. Lo único que pude sentir fue culpa. Una culpa profundísima que no sé si atribuir a mi condición de obsesivo desvelado o a la voluntad de verdad que lo puebla todo y lo termina por abarcar todo, de todos modos yo sé lo que soy, lo que siempre voy a ser y lo que siempre he sido: un conservador hipócrita, la escoria misma de la pirámide intelectual, un fraude. Pero no hay manera en que pueda dejar de serlo. El experimento siempre es el mismo, una sucesión de escenarios con más o menos fortuna donde se mezclan en proporciones idénticas la suerte y el dolor. No. No puedo estar de acuerdo con las doctrinas esotéricas de revolucionarios y continentales, con la verborrea descontrolada que se amotina en el pensamiento como una sucesión de puertas que no llevan a ningún sitio.
Hoy también visité una galería improvisada e intenté obligarme a mí mismo a llevar a cabo esa práctica mística que algunos de mis correligionarios llaman “abrir la mente”. Lo intenté estando de frente a cuadros pisciformes que simulaban rostros sonrientes. Lo intenté también, con el corazón seco y el espíritu muerto frente a las simulaciones convulsas de una música que envolvía el edificio en una niebla exenta de humedad. No comprendí el juego, ni el mapa de símbolos o las referencias. No entendí la forma. Soy un analfabeto del arte, pienso. Expulsado del único mundo al que la angustia me condena a padecer. Pero no es mi espíritu el que ha muerto. Apenas dos días antes distinguí en la ventana del monasterio el juego sutil de los volúmenes de cantera superpuestos y la belleza inmediata de una virgen que, mirando al firmamento, dejaba caer las gotas de la sangre de su estigma en el suelo húmedo. Allí sí, como ahora, una posibilidad se abrió en el espacio imaginario del sentido. Solo allí, frente al rostro piadosísimo de Santa Clara distinguí, entre el viento frio de los días lluviosos y la niebla helada de la Italia medieval una felicidad profunda y auténtica aun cuando su extensión se viera limitada por la comprensión de nuestra propia fatalidad (también llamada absurdo), solo allí, de pie ante las pinturas pías sentí la inmediatez y el peso del arte, no era, sin embargo, el vacuo placer intelectual que se siente al estar plantado frente a un Koons o un Koolhas, no era el placer casi edulcorado de las noches interminables frente a un texto de Foucault que con ánimo de iluminados devoramos para creer en la fantasía del conocimiento que el mismo francés nos niega. No. Es la sensación fundamental, más allá de la erótica y la inteligencia, de las cosas que coinciden. Un placer tan primero y tan profundo como el nacimiento mismo. La belleza es el placer puro, bruto, sin destilar. Un placer exento de símbolos y consecuencias. Un placer que se limita a existir como condición existencial y no como experiencia del todo o de la nada.
Sin embargo, ahora mismo, me es elusivo, miro el mundo con la mirada perdida en los detalles que antes me producían una excitación sobrehumana y que hoy en día solo me hacen fruncir el ceño en una señal de derrota inmediata que solo puedo remitir a mi cerrazón de mente. Tengo el espíritu roto por las navajas que le he clavado para castigarlo por todos sus pecados vulgares. Tengo el espíritu roto por la teoría que me ha consumido y me ha convertido, más bien, en una máquina de conceptos. Tengo el espíritu roto por todas las veces que dije y grité y me burle del hombre que hallaba la belleza total en una curva que nosotros hubiéramos llamado mal gusto. Pero también tengo el cuerpo y la mente rota. Parece que me detengo con una sola mano sobre un precipicio y debajo un mar furioso esperara el tributo que el destino le otorgue. Mi cuerpo para ser devorado por las bestias marinas. Al final, en el fondo todo es culpa.
Es la única manera: la culpa. Estamos en el siglo de la culpa. Si hemos liberado el cuerpo es para paliarnos de todo el dolor de arrastrar tras de nosotros el peso de nuestra propia derrota. Si hemos liberado tantas ataduras es solo para esconder el hecho, irrefutable, de que nos hemos convertido en una generación a la que la culpa y el arrepentimiento nos arrancan el sueño. Ya no hay redención. Hemos pecado tanto en el pensamiento y en la acción. En nuestra espalada descansan los errores de nuestros antepasados (¿maldita Europa?), Descartes, Kant. Hemos pecado tanto en esta historia que nuestras raíces se pierden en el fondo de un poso oscurísimo. La vida misma es un calvario, un purgatorio de cadenas raídas en sus extremos. Así nos convertimos en retratos lamentables de lo que debimos ser.
Miro el rostro de Santa Clara, la expresión piadosísima de su mirada. El sufrimiento en su cuerpo, en su carne. Miro el rostro de Santo Domingo, de San Sebastián. San Miguel tiene una espada con la que aleja al demonio, lo vence. Jesucristo en su gloria emerge de una nube envuelto en una túnica blanca. Solo allí, en la mirada de los santos salvados hay un poco de verdad en el sinsentido de sus mentiras. Pero allí, en la belleza de sus facciones, Santa Lucia mirando al cielo con ojos que ya no son los suyos sino los ojos de dios. Solo allí, creo, como Stendhal llorando en Florencia aflora el sentimiento de la redención que nos ha sido negada. La única redención para la culpa fundamental del hombre: su inocencia en la búsqueda para el sentido. Nuestro crimen y nuestra condena.
Hay filósofos que parecen querer reírse de nosotros. Hume, Marcuse, Adorno, Deleuze. Los miro arriba de mí en su potestad de jueces infinitos. De adivinos envueltos en su halo de demencia que los devuelve en el imaginario al mundo eterno de la verdad. Una verdad oculta entre sus lenguas ardientes y sus cabellos tiesos. Pero yo, aquí abajo, perdido en el laberinto de la vida y del pensamiento no alcanzo la lucidez de su genialidad y aun cuando, consolado en los pies cansados y sangrantes en la peregrinación inacabable de la ciudad alcanzo a distinguir una verdad en sus juegos infinitos me detengo con el aire que me falta ante la mirada inquisitiva de doscientos treinta y nueve angelitos en el cielo raso de una iglesia dominica. San Jerónimo me mira como un padre que ve a su hijo sufrir. Soy el desastre supremo de la idea. El impostor de las grandes causas. Una escoria condenada a la miseria, a la abyección más profunda. Anatema de la verdad, condenado a vivir en la fantasía entera de la realidad que eventualmente se ha convertido en fantasía. Un hombre me mira con lástima, repite unas cuantas líneas de Horkheimer. Alzo la vista y veo su mirada compasiva. Una mirada compasiva que no es sino lastima pura. Caigo a los pies de la dolorosa en una tarde de viernes. Caigo, lo más profundo que puede caerse. En las propias convicciones traicionadas y me pregunto si, acaso, la verdad no es lo más vacuo y es en este juego de los cuerpos donde reside Dios, reside Dios y lo bueno, y la verdad. Dios, la verdad, lo bueno y el amor.
Pero es este juego de los cuerpos del que he sido excluido. Soy un amasijo de carne y humores líquidos. Una estatua de sal condenada por mirar Sodoma arder. Una pobre imitación de lo que todos debemos de ser. Soy un exiliado del placer verdadero. Un esclavo de las masas que se mueven a mi alrededor portadoras de un secreto que me ha sido negado desde niño.
Aquí me compadezco con Houellebecq. Soy un personaje suyo construido en una novela francesa. Me muevo ahogándome en un mar de sal mientras veo la dulzura de los rostros de trescientas setenta y dos miradas que se ríen en lo bajo de mí. Me ha sido negado el juego de los cuerpos le digo a Houellebecq con una certeza de la que jamás me creo capaz. El hombre me sonríe con sus encías descarnadas. Me ha sido negado el juego le digo a Ludwig que también está al borde de la muerte.
Soy un conservador atrapado en el cuerpo de un libertino o un libertino atrapado en el cuerpo de un conservador. Es mi mente la de las pulsiones y mi cuerpo el que las reprime. Broma suprema de la casualidad natural. Contradicciones. Lógicas no clásicas. Leer al primer Wittgenstein me devuelve la calma. Jamás encontré placer en Kierkegaard. Todas las sustancias ajenas a mi cuerpo no hacen sino acrecentar la desesperanza inmanente a la tragedia.
Alguna vez, recuerdo, creí en el amor. En el amor naïve, el de la gente que ama y destruye. Pero eso también se lo llevó la culpa. Era una primavera y la culpa me invadió. La culpa del simulacro, la culpa de la simulación.
Creí en el arte y en la histeria. En el mundo y en el caos. Creí en el orden y en la inteligencia. Creí en el dios de Whitehead. Alguna vez también creí en dejar de creer y me pregunto en que instante perdí toda la fe. La fe no en el dios de los judíos sino en la posibilidad de la certeza. La misma certeza que los profetas de la mentira profesan por su negación de lo inmediato.
Se me ha negado participar en el juego de las lenguas. En el juego de las tardes y en el juego de los juegos. Escucho jazz porque la gente siempre quiere que escuchemos jazz. El verdadero sistema es la contracultura que nos carcome, por un lado. Ahora camino por las calles más insulsas y admiro al hombre que bebe una cuba y escucha boleros. Admiro su mirada de cotidianeidad perpleja ante la belleza inmediata que no logra comprender pero que bebe a sorbos largos. Ahora miro la verdad en las favelas. En el abigarramiento de la ciudad a las faldas de los cerros. En las casas de los ricos de peor gusto y en las cocheras convertidas en bazares. Miro una belleza que es fundamental pero que se agota y me doy cuenta que la vida me ha condenado, como a Adriano, a encontrar el signo poético en las cosas más ínfimas de las que jamás se podrá hablar.

No, ya no encuentro la belleza en el dolor ni en el esperpento. No la encuentro en las imágenes chocantes o en la inocencia de las líneas infantiles. Ya no hay forma en mi apreciación del mundo. Me he convertido, quizá, en un poeta filisteo. Pero ellos me miran a veces y piensas que tengo el material para compalecrlos. No hay nada aquí. Se me ha cerrado el mundo a todo y no queda nada más que el miedo, que el frío, que la duda más inmensa. 

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