viernes, 24 de diciembre de 2010

Recuerdo I


Silencio en la tarde en que caminamos, de acera en acera, y los vientos fríos nos pegaban en la cara. Silencio en la tarde y en los callejones, sinuosas continuaciones, casualidades entre el acueducto. Silencio en nuestros cuerpos y la sensación, casi al borde de lo absurdo, del tiempo fugándose callado por tus manos tibias.

O como entre las piedras un suspiro melancólico, murmullos y recuerdos volaban como polillas nocturnas por el espacio diáfano de la noche oscura. Espejos mortales, sublimes monumentos al ingenio humano. En la tarde que caímos por un foso vagabundo, abriéndonos paso a codazos por entre las sombras vislumbrando jazz, o las noches frías por las calles rectas, abrigados por los muros gruesos de los templos mudos mirando el horizonte, y el tormento de las ideas, nubarrones de ellas volando encolerizadas y pegándote en los ojos con la misma avidez con la que un preso disfruta la luz del día.

Teniendo que adelantarnos a las manecillas de un reloj que desparramaba sus segundos, y sus segundos eran arroyos mojados de lluvias de octubre, fluyendo alegres por los recovecos de tierra entre las flores de mayo sembradas en las jardineras de cantera.

Y siempre fue a la sombra de un árbol de clepsidras enfadadas donde nuestros dedos volvían a conocer el espacio prohibido, y discernían las sensaciones volátiles de un montón de filamentos áureos.

Y zas... el gato da un vuelco de las escaleras, las sombras infames borraron el tapiz de lilas de los escalones de caoba. El ladrido que se oye detrás de la cortina sabe a un café amargo en la punta de la lengua.

Talvez entre las distancias de nuestras canciones, un paso es el ritmo y el susurro la melodía que duerme a los camaleones. Talvez sea entre las distancias donde el brillo plateado de un candelabro de plata bajo un cúpula barroca o el rojo intenso de una flor fuera de tiempo, o las arenas dúctiles de un clepsidra, talvez sea en un espacio entre esas distancias donde bajo el peso de doscientos cincuenta y cinco angelitos de porcelana en una capilla de puebla, o la mirada extasiada de cuatrocientos cincuenta querubines, más los Ángeles cantantes del órgano, en Tlacochahuaya y las flores pintadas de a tres en una ranchería perdida, o los lirios que arrastraron las lluvias pasadas, talvez sea bajo todo eso que todo el pasado quedo sepultado y perdido tras una cortina japonesa de papel arroz.

martes, 21 de diciembre de 2010

Inconstancia de la muerte en la calle.

La noche se derrama. Una luz en la distancia, y puf, el reflejo del viento sobre las aceras, el frio que cala los huesos, las lámparas se funden poco a poco y polillas, luciérnagas y palomillas revolotean en círculos. El muerto esta tumbado junto a los contrafuertes sólidos e inmóviles del templo, San Francisco inmóvil en un nicho oscuro, y los corazones laten rápido, nuestros pies se ensucian en el charco de sangre. El círculo formado es impenetrable, con estupefacción ante el cadáver observan mil ojos confusos, su camisa pegada a la piel, empapada del líquido escarlata brilla levemente alumbrado por luces casuales. No hay más que alejarme y sentarme asqueado en el escalón de una tienda de abarrotes.

Adentro la música de fondo se detiene abruptamente, y abruptamente también, la actividad cesa, un silencio de muerte paraliza ambas aceras. La atmosfera de noche joven, de siete y media de la tarde rodea la calle con un aroma de silencios. En la ambigüedad de las cosas los policías apartan el círculo cerrado golpeando con los codos a la gente que murmura y se roza. Alejarse es un dilema que flota entre la brisa, el ambiente mórbido nos petrifica entre la muchedumbre, nos ata con cuerdas irrompibles a la tragedia, y no hay desenlace más fatal que el cuerpo cubierto por una sábana blanca, el silencio y las sirenas. Abigarrado y con frió, pegado a las paredes sucias observo la procesión de los médicos que levantan el cuerpo, el problemático hecho de la cercana morgue, la confusión es una estrella que alumbra los rostros levemente compungidos, asqueados y enternecidos.

En el silencio incompleto, la muchedumbre se aleja, dispersa con pasos largos, otro circulo más leve, elíptico en torno a la sangre, observa la mancha y su rastro rojizo que se aleja solo unos cuantos metros.

Vino a morir aquí, fue apuñalado en la esquina. Pocos vieron la cara del muerto, las sombras que van cubriendo el muro cubren también a la calle, solo una débil luz nos ilumina y sintiendo el frio me alejo a pasos cortos y lentos, la vista fija en la calle y el sonido entre mis dedos. Volteo y ya no hay nadie, las luces de los automóviles y las cosas siguen, siguen y yo me voy, doblando hacia cinco de mayo.

Motivos y distancias. Apuñalado, asaltado, golpeado, confundido con otro. Identidad confusa, nombre desconocido, desvanecido en la niebla, era un vagabundo con problemas de drogadicción, salió del bar a las cuatro y media, cargando una borrachera con miras de tarde. Los bares sobre Zaragoza, prostitutas, la fama de la calle la rodea, he visto anteriormente dos camisas ensangrentadas, muertos y peleas, un riña nocturna, los motivos desaparecen, el cadáver deja su huella, ¿limpiaran la sangre antes de mañana?, dejarán que se seque y luego las cosas continuaran como siempre, tal vez, alejarme y no pasar de nuevo, motivos imposibles, ¿y si hubiese estado allí dos horas antes?, una hora, dos horas, volatilidad del tiempo, el sonido de los cláxones se hace más fuerte. Cerraron la calle de nuevo, caos vial, si cierran una calle el tráfico se va a la mierda, y la traza reticular se va a la; como si la tarde no acabará, un ligero malestar en el estomago, la iluminación parpadea.

—¿Qué horas son?

El vuelo de un gorrión, mariposas y el frio. Ocho con veinticinco minutos, cuarenta y cinco, cuarenta y siete segundos. Sensación de miedo. Una descarga que empieza en el pecho y se va escurriendo por el cuerpo, el corazón detenido, aires de media noche. Recuerdo las dagas y sus filos. Imagino el titular de mañana, sección policiaca. Asesinado en el centro, o mejor aún Apuñalado y luego asaltado, no dudo de la imaginación periodística. Un anuncio luminoso anuncia cervezas, oferta, rápido. La aceleración de mis pies es igual a mi miedo, a mi desesperación continua y luego de nuevo zas. Una sombra que se pierde y mis dedos congelados no pueden sentir ya el aire.

Ya sin luz la calle sigue, doblando un poco a la derecha, dejando atrás el bullicio del centro, autos estacionados, callejuelas estrechas. Una camioneta de policías estacionada en doble fila. Roma no paga traidores, He allí que uno de ellos toma un cigarrillo, lo enciende y me ve con ojos curiosos, mi corazón se acelera y doblar en un callejón oscuro. La boca me sabe a fuego.

He aquí la muerte que se acerca como manto de estrellas. En cada puerta el reflejo de mi sombra, ojos que no ven en el mundo de la noche. Un sonrisa desdentada, o la muerte necia, algunas tardes siento como me acaricia la suela de mis sandalias de noche. Un suspiro, y…, y estas muerto. ¿Qué habrá detrás de todas las mascaras?, el tacto frio de la piedra, una fosa común, tantos muertos sin nombre, algunos fueron niños y otros solo fueron sombras, personajes secundarios en un intrincado teatrillo chinesco. Pero ahora en medio de lo imposible dudo, balanceándome sobre una roca puntiagudo si volver o perderme y por fin el silencio sepulcral y uno que otro borracho vagabundo; de regreso rodeándome con los brazos. Plazuelas desiertas, el aroma de la soledad flotando entre los suspiros vegetales de la aridez. Teoría urbanística, la traza hipodámica no acorta las distancias perpendiculares pero voy en eje recto. Ciudad trazada en parrilla, tablero de ajedrez, una torre derribada por un caballo, una reina moribunda, un rey flojo que no se mueve, y reyes y reinas, emperadores mexicanos. Dos. Agustín y Maximiliano. Un imperio Mexicano, ciudades desiertas. El rio atoyac desviado, ¿recuperará su curso? Tolsá dejo huella, sus templos y casas, dos tres esculturas de bronce. Ahora llego al zócalo. Más policías. Menos tiempo.

Conclusión esta cerrado. Pero me acerco, más y más, más y más. Solo el aliento a muerte, la fetidez se distingue detrás de los cordones.

Y me largo de allí. Caminando por calles iluminadas, en el autobús voy calentando mis dedos.