sábado, 24 de diciembre de 2011

Al nombre casi inverso de un fugitivo troyano (Poética)


Hay veces en las tardes

cuando la distancia entre nosotros

comienza a detenerse

en la naturaleza inmensa de tus ojos.

A veces, distraída

miras sin querer mis manos lentas

buscando en el aire

quizá

las notas violentas de un susurro.

Y se quiebran de repente

en un instante oblicuo

las singularidades de tus labios

en un beso accidental al viento.

Porque cuando

estas cansada

sueles mirar hacia atrás

donde mis ojos fingen distraerse

para sentirme un instante

elevado en el éxtasis

(un momento aéreo)

temporal de un óptica difusa.

Eso sucede sobre todo

cuando me pierdo incauto

en los laberintos elípticos

de mi mente

y te encuentro

por accidente

en la cuadricula inexacta

de esta ciudad

deshecha en un instante.

Ornitológico es el viento

cuando a las tres y media

te encuentro caminando

siempre de espaldas

a las proyecciones parabólicas

o elípticas inversas

(Hiperbólicas)

de mi deseo

inconsciente.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Poetica III (Supongo, que sí, III)

Noqt

El espacio es un movimiento que se detiene en tus manos.

Podrías decirme que no

Pero hoy amaneció más temprano

Y los ecos de la tarde se diluyen en la bruma de la noche.

Es solo que

Mientras duermes

Siento un vacío que me punza

Que me hace despertar y mirar por la ventana

Y afuera las luces blancas

Deslumbran mi iris cansado.

Refutación del cronopio (I)

Esa sombra

No camina

Y se detiene

A cada paso

En los escaparates

De las tiendas de azulejos

Wolf dice que es un cronopio

Yo no lo veo de esa manera

Para mí es solo un charlatán

Con un sombrero de fieltro

Un pantalón roto

Y la boca vacía de palabras

También puede ser

Un espectro

Que busca

Mediante ilusiones

Romper mi mundo

En lucecitas de escena

Algo así como una curva

En la distancia que nuestros pies dibujan

Hay un cambio instantáneo, que se revela como una nada al primer vistazo

Pero que llega a ser, después de todo algo menos que nuestros sueños de volar

Y un tanto más que nuestra ansiedad de ser un poco más grandes.

Pero es así, que después, en la distancia, el inicio se revela lento

Un tanto torcido, pero siempre inicio.

Al tiempo que podemos serlo todo, o ser nada,

Somos de alguna forma la generalización de cualquier cosa.

Aunque solo en el imaginario

Existe esta sombra plateresca

Este formalismo de existir

Cuando solo se es imaginario.

No

Nos dicen a veces que nuestras palabras deben de ser silenciosas

Que el sonido es solo un espectral canto de sirena

Pero no hay más que atarse al mástil de esta hora

Y dejar que la tentación nos envuelva

Para estar más cerca de lo bello sin caer en la muerte

James Joyce ahorcándose con un cabo de cuerda en una iglesia de Oaxaca

En otro Dublín te perderías

Pero los cielos de San Felipe son más nebulosos que los de Ginebra

En cada arista esta un poco de tus silencios

Y un poco más bajo, en el piso

En el entramado andaluz de los azulejos

Un poco de tu brillante memoria se derrama

Ante los pasos silenciosos de un clérigo.

domingo, 23 de octubre de 2011

Poética II

Cubos

A veces sueño

Despierto

Con

Romper el tiempo

En

Fragmentos

Lejanos

Como tus ojos

Perdidos

Entre la niebla

Elipse

Esto se vuelve

Como una marea

Una distensión

O un distanciamiento

Una sensación

En medio del pecho

Que ahora

Se desangra

Por mis dedos

Frio

Se resbala

La noche de tus labios

Entre el cuerpo tibio

De este loco que se cree poeta

Y se deshacen

Las formas de tus besos

En mi pecho hinchado

De reflejos necios.

Miedo

Como en espiral

O de repente

Nada

Vacío

Es el espacio

Entre la muerte

Que se arrastra

Pero

De

Pronto

O

De

Nuevo

Laberinto

Centelleante

Es

Esta

Vida

∂(Yo)/∂(Ella)

Esperar

Negación Absurda.

Dispersión.

Apariencia Neutral.

Imagen.

Eternidad Lánguida

Alejamiento.

sábado, 9 de julio de 2011

Avance IV

Diciembre es el mes que engendra vientos fríos y recuerdos incisivos, a duras penas la punta de la lengua puede escapar de su prisión labial para humedecer los resecos pliegues porque el viento helado ya detiene su transcurso aventurado. Diciembre es también un mes silencioso, en la calle, la gente camina con las manos en las bolsas y la mirada hacia el suelo, y todos, a excepción de las sonrojadas turistas escandinavas, se ocultan del frío que a ratos se desata en ventarrones rápidos, arrastrando consigo la hojarasca de las jacarandas y la basura del andador.

La traza hipodámica, en parrilla, o en tablero, permite que el viento circule libremente a través de las amplias calles y que, si uno camina en sentido contrario a la dirección de dicha corriente el aire golpeara inevitablemente el rostro del transeúnte llegando al inevitable clímax de desordenar su pelo y desecar su garganta, sin embargo la gran cantidad de puertas abiertas y los portales del zócalo ofrecen conveniente refugio a quien decida resguardarse de los perjuicios del viento gélido que sopla a media tarde, así pues a cierta hora del día muchas de esas puertas están abarrotadas y los portales atestados de gente apretujada mientras las calles azotadas por la ventisca se encuentran desiertas.

Al oeste del centro histórico, subiendo las faldas del cerro, al norte de la basílica de la Soledad y el estoico templo de San José se encuentra el ruinoso barrio del peñasco, otrora una aglomeración de casitas de adobe con techos de bóveda plana en cuyo extremo se encontraba (ahora derruido) el templo del calvario; numerosos callejones desembocan en la avenida principal que actúa al mismo tiempo como uno de los cuatro o cinco ejes principales que atraviesan la ciudad en dirección este-oeste, y es uno de esos callejones, el callejón del monte, uno de los pocos que por su posición estratégica se salva de los vendavales que azotan el resto de la ciudad, y es en su quieto interior donde una extraña paz se deja sentir al oscurecer la tarde.

La tarde pinta sus luces en tonos decadentes, medias sombras y susurros escapan de las paredes estucadas, Fernando se recarga, suspira, inmola sus miedos vestidos de recuerdos en medio del clima gélido que engarrota sus dedos y restringe sus movimientos oblicuos, ¡Qué absurda e infinita sería la tarde sin las letras, o los sonidos o las formas!, ¡Qué imposible serían las tardes en Oaxaca, en Antequera la verde, sin los arrullos callados del arte que se escapa de sus hilos y viene a envolverlo todo!, que absurdas y largas serían, al menos para ese Fernando callado y triste que se sienta sobre una fuente derruida a deshilvanar los hilos de la novela que tiene en sus manos, a sentirse arrullado y triste con los sonidos callados que de sus audífonos fluyen como un arroyo apacible, y ese Fernando que se sienta, para sentirse envuelto por los muros gruesos, por los sólidos balcones, por las nobles texturas de las casas Oaxaqueñas.

En los callejones casuales solo los murmullos lejanos son apenas perceptibles en la soledad de las tardes heladas, el eco de los autobuses, el ruido de los automóviles, y de vez en cuando el sonido de los pasos que se acercan o se alejan.

La mirada se pierde entre las letras, el compás de las palabras, la melodía de la línea, que susurra y susurra y no se detiene en su camino de fatalidad fatua. La elegancia quizá, la exactitud, los pasos que se acercan, los pasos que se acercan.

Cuando una mirada desea es como un puñal silencioso calvado en el pecho, como una suerte de fuego que inunda la garganta, como un temor que se condensa en la mirada propia, impidiendo alzar la vista por instantes, hasta que la curiosidad vence y Fernando se asoma sobre su libro, de nuevo suspendido en un etéreo padecer la lividez de su torso se hace intensa y siente como si un flotador hubiera enrollado sus brazos alrededor de sus piernas.

Una mirada intensa, un silencio estrepitoso, el caos verdoso de Constanza y vestido morado, un sonrisa que se aleja, que se acerca, y la tarde, y los geranios de la ventana, las gardenias y las azucenas, como un atardecer morado también, y lo helado que resulta el clima, lo helado del clima como el blanco de su piel, y el rojo carmín de sus labios que se hace cada vez mas lívido en la conciencia inmediata de un Fernando extasiado en la contemplación del espectro que ante sus ojos se detiene a observarlo con la fascinación de un ciego que ve una luz multicolor en una caverna húmeda.

Pero es el rictus fascinado de Aranza, fatalidad sellada, se acerca, y Fernando se vuelve Tadzio, Dedalus, y todos los nombres de todos los objetos deseados de la literatura, Fernando se vuelve el objeto de un deseo tan repentino como el viento que derriba la rama de una bugambilia, Aranza se acerca, torpe y desnuda en su éxtasis mutuo, y con voz temblorosa solo atina a susurrar su nombre ante el silencioso Fernando que observa inmóvil sentado en la fuente, vestido con una camisa a rayas, con la mirada fija al mismo tiempo en los ojos profundos de Aranza, en los pliegues de su cuerpo casi onírico, en la verdadera naturaleza de su mirada, con pestañas largas y puntiagudas como lanzas, y así la noche los sorprende en su conversación de miradas y caricias, y las charlas habituales de dos extraños que se acercan, y el roce de los labios secos y sangrantes, solo el roce y la noche los separa, cruel como la noche solo puede serlo, la noche que se extiende y lo termina todo, y Fernando regresa, angustiado y con frío, y con un recuerdo hirviendo derramado entre los labios.

Pero en las calles otras sombras se asoman, y los fantasmas del pasado se asoman en la soledad fría de Diciembre, Miguel Sandoval que se asoma, distingue a Aranza entre las sombras, inexacta ella, no la sigue y pierde a Fernando en un recoveco intimo de la calle de Manuel Sabino Crespo, sí, lo seguía, pero mejor sigue las sombras y las torres de cada iglesia del centro, así, decide despejar su mente con el itinerario forzado, con el reto casi ornitológico de visitar cinco templos antes de que la tarde se agote y la oscuridad derrame su desolación en cada bocacalle.

Por su cómoda cercanía la Basílica de Nuestra Señora de la soledad parece ser el primer escenario del encuentro metafísico con ese barroco inmediato que mediante una catarsis inventiva despejaría la mente de Miguel de su cómoda ansiedad poética, pero a media cuadra y veinte pasos el familiar rostro de Felipe Woolf parece haberlo distinguido y en una desesperada maniobra por evitarlo tuerce su recorrido hacia la avenida Independencia ignorando la fachada en baldaquín de tan magnífica iglesia.

De Woolf y los extraños apellidos extranjeros de cada presencia extraña en la ciudad sus pensamientos se desvían por los ineludibles laberintos de la asociación de ideas, y tras mil tropiezas mnemónicos su mente evoca los días silenciosos de su preadolescencia donde una muchacha casi etérea, con un vago parecido a la casual Aranza llenaba sus tardes de espectros y sortilegios, su nombre: Ariadna Grüll Cervantes, su silueta perfecta y sus ojos grandes, sus labios rojos y el recuerdo de su aroma aún flotan en los ojos de Miguel, y su imagen revolotea en los sueños más retorcidos de sus noches incompletas, pero al mismo tiempo su recuerdo evoca un culpa callada, algo así como un malestar que va creciendo en el fondo de su conciente, un malestar interrumpido, como una salvación sin sentido por la fachada plateresca de San Felipe Neri y sus lóbregos interiores, en contraste inmediato con la sobriedad ecléctica de San Cosme y San Damián.

Pero el recuerdo que se asienta inesperado parece no dejar de repetir su indetenible gotita en el itinerario de miguel, pues antes de que la tarde acabe, y con solo dos templos vistos se detiene en el zócalo, ante la fachada inmensa de la catedral, por el resto de la tarde y el principio de la noche, evocando la sonrisa blanquecina que en sus sueños lo tortura, y la culpa de la traición, la imposibilidad de mirar el tiempo y Ariadna.

martes, 21 de junio de 2011

Avance III

Alguna vez Felipe Woolf, en una de las primeras sesiones de su taller en la casa de la ciudad dijo una frase que habría de marcarse como fuego en mi memoria:
—“Escribimos porque estamos solos, estamos solos porque escribimos.”
Y todo eso se vuelve un imposible circulo vicioso que dando vueltas alrededor de mi cuello siento como me ahorca en estos días tan fríos.
Por supuesto no tengo la más minima idea del origen de la frase, pudo haber sido una invención de Woolf, o alguna cita de un autor más o menos grande, más o menos bueno.
Y es cierto para mí, mi pluma puede deslizarse sobre el papel, garabatear las letras, derramar la tinta y aún así seguiría solo, podría escribir el poema más bello del mundo, la novela más compleja, el drama más extremo y en mi pecho la sensación de vacío se acrecentaría con cada golpe de la pluma sobre la sórdida longitud del papel en blanco.
No puedo decir que en esta vida, en este mundo lo único que desee sea la taciturna presencia de Aranza y sus ojos ojerosos en cada mañana, en cada tarde, en cada noche, pero sí puedo asegurar que hay momentos de una impasibilidad tan lenta que las gotas del rocío parecen eslabones rotos de una cadena imaginaria, mientras la espero, y saber que siempre ella frente a mí, será tan lejana, será tan ajena a lo que siento y mi boca sellada por un candado irrompible no se atreverá sino a esbozar torpes líneas para describir, adulando o soñando con las formas de sus manos, con sus ojos (que siempre me matan), torpes líneas que son la esperanza de que si llegase a amarme, llegase a hacerlo gracias a las palabras, al conjunto de ideas desacostumbradas que le pongo enfrente, como una angustiante sensación de muerte, o de pleno vacío en choque contra mi destino, o en pocas palabras, que sin ella soy nadie.
A veces ella parece no notarlo, pero cada palabra entre líneas es un secreto halago a su persona, Aranza me mira mientras escribo con una curiosidad que me lleva a titubear, a escribir absurdos, a manchar de tinta el curso de la pluma, a esforzarme por no apartar la mirada de la hoja y contemplarla como a un exótico ejemplar de belleza impoluta, como a una estatua griega en el corredor de un museo británico, y ella, al mismo tiempo, se esforzaba en ignorar, mientras leía las torpes líneas de mi poética desbocada que cada verso, cada palabra, cada letra, contenía una parte de ella, una pequeña porción de su reflejo condensada en los sonidos arrítmicos que utilizaba para destilar la esencia de esa silenciosa presencia que era para mí Aranza las tardes lluviosas en el Nuevo Mundo, algunas veces se limitaba a mirarme y decía, muy bonito sí, Miguel tienes talento. Y era precisamente en esos momentos cuando me hubiese gustado perder el control, levantarme y gritarle a viva voz, echarle en cara lo idiota que era para no darse cuenta de que era ella, la belleza espectral de la que hablaba el poema, para decirle todo cuanto se atravesaba en mis pensamientos, las ideas confusas, los símiles que la hubieran dejado muda. Pero no, me contenía y cerraba los ojos para no mirarla unos instantes, mientras mi corazón se deshacía en desdichas infinitas y llegaba a creer en nimiedades como la venganza cósmica o la teoría del Karma.

lunes, 13 de junio de 2011

Poética II

Poética

Los Fuegos Imposibles (De J.A. y B.)

No salgas

Sus ojos como lunas

Sus manos firmes, el brillo de su piel

Y la noche

Interrumpida

Por el curso de sus silencios

No te vayas

Mientras el recuerdo

Se escurre entre sus dedos

Y las formas de su rostro

Se disuelven en la niebla

De allá afuera

Para otro inalcanzable

Porque

Volveré a ver

Tus ojos grandes

Y Cafés

Un reflejo de mis manos

Y la sed

De una caricia al margen

Del espacio temporal

Que es una barrera para nuestras manos lentas

Porque

Volveré a verte

A ti y a

Tus ojos grandes

Y Cafés

Y la liquidez del tiempo

Secará nuestras figuras, yo lo sé.

viernes, 20 de mayo de 2011

Russian Jazz

Tengo que ver a Jazz, y salgo a la calle, la calle cerrada, la calle

desierta, y me siento a esperar y Pablo me ve, y me le acerco y le

susurro al oído las cosas que a Pablo le gustaría oír pero no se

atreve, y lo veo a los ojos y encuentro que me evita, ya deja tus

mariconadas, entre broma y broma, cerrada de su parte, el se me acerca

sin querer y yo lo beso en los labios, y dejo un rastro pegajoso en su

barbilla, y yo lo estrecho y le vuelvo a susurrar, y luego va a

empezar a llover, a llover y deja que me moje le digo a Pablo que

prefiere no mirar porque si me mira sabe que él no quiere estar

perdido, y sabe además que conmigo esta perdido mientras le tomo la

mano y el se muerde los labios y lo dejo ahí parado, en medio de la

lluvia, con ganas de seguirme, parado, bajo una cornisa a medio

levantar después de que me fui intempestivamente, sin mirarlo, y solo

mirando su nerviosismo y sus ganas de gritar, de golpearme mientras lo

veo, solo mirando su cara de culpa y placer me doy cuenta de que es

tarde, porque miro también como la lluvia que se escurre de las

montañas al valle, de las paredes al suelo, la lluvia que forma

arroyos ya comienza a reflejar los faros de los automóviles y los

destellos de las lámparas eléctricas, y me voy sonriéndole y

moviéndome para provocarlo, para que él me mire alejarme y se quede

derrotado, con una victoria perdida, sentado en las escaleras y

mirando mis pantalones manchados de lodo; y tengo que ver a Jazz me

repito en despreocupada huida, escabulléndome por el único callejón,

escasos dos, escasos cuatro, escasos cinco o seis, y buscando a Jazz

con la mirada en cada rincón oscuro, bajo un platanar o en un

automóvil, en sus cristales polarizados, y es que a veces también

busco a Jazz que tiene la cara de Pablo culpable, a Jazz con la cara

de Pablo angustiado, y entre farol y farol discurren las imágenes de

la ciudad donde nada pasa y ahora solo anochece, y solo llueve con una

lluvia que es un tamborileo leve sobre las piedras alineadas de los

conventos, y me meto en cada puerta abierta intentando encontrar a

Jazz comiendo un sándwich, tomándose un café o leyendo el periódico, a

Jazz boleándose los zapatos o a Jazz escuchando Jazz o escuchando

trova, o tocando trova y susurrando jazz, a Jazz con los ojos

violetas, o violáceos, o solo delineados con violeta… y también

intento distinguir a Jazz drogada en un parque con su sonrisa

inocente, a Jazz que no se droga, a Jazz que nunca habla, entre

puertas abiertas y resplandores áureos me detengo bajo un portón de

madera apolillada, no falta mucho para que esté podrida, miro venir de

nuevo a Pablo y ahora soy yo quien se detiene, quien intenta no verlo

de nuevo, y Pablo se me acerca sin susurrarme, solo me habla y hago

que no lo escucho y lárgate Pablo le digo y corro, y esta vez no

volteo, no porqué él no es Jazz, y aunque lo fuera no seria lo mismo,

y es que tengo que encontrar a Jazz de una sola vez para tomarla de la

muñeca y forzarla a escucharme, a Jazz donde éste, en medio música

electrónica, donde no pueda ni verla, nunca, jamás de nuevo con esa

misma mirada, simple y suave, tomándose una cerveza sola, gritando

borracha en medio de la calle, pero ella no tiene porque gritar

borracha en medio de la calle, soy yo quien tiene que gritar para

encontrarla, para ver sus ojos delineados de lilis, sus ojos color

miel, mirándome frágiles, estallando en lagrimas cuando le pida que me

perdone y la abrase para oler su piel que solo va a oler a Pablo, que

me viene siguiendo aunque me esconda, despacio, muy despacio, él me

sigue y sé lo que va a a decirme, y cuando me lo diga, cuando me

encuentra yo lo agarro y lo miro a los ojos y pongo de nuevo mis

labios contra sus labios y no, querido no, no, le digo no. Para que

ahora él cierre sus labios, los apriete, los selle como fuego, y me

diga que no más para que ahora yo siga buscando a Jazz, a Jazz para

estrecharla una vez más, para decirle con voz trémula, implorarle que

me perdone, para que pueda sentir su pelo suelto, a veces del color

del fuego y a veces negro, café como lodo, y para que acaricie la piel

de sus labios con mis dedos, para que Jazz me odie una vez más, para

que pueda gritarle, y discúlpame le digo, y ella no me haga caso y que

me ignore, y que siga con su café, así desconcertante, como si yo no

hubiese existido como si Pablo no fuese real, como si yo que la

encuentro tan frágil, hablando de Pablo no le hubiese jamás dicho que

Pablo la engañaba conmigo, como si nunca le hubiera dicho que yo la

amaba a ella, que yo la deseaba a ella, como si nunca hubiera besado a

Pablo una vez para probar, de lejos, la sensación de besar a alguien

con su perfume en el aire, como si yo fuese quien siempre, quien sea,

ahora que me dice que Pablo ya no la quiere más, Él me lo dijo, me

dice, me dice que quiere a alguien más me dice.

Avance II

(Entra Fernando), y un suspiro escapa, contenido, (el corazón de Miguel late, rápido como una catarata, en sus labios una gota de sangre, una herida de guerra, rojo carmín, sus labios hinchados.). Mejor ahora que nunca. Y en las manos de ambos un libro.

Encadenado (y oblicuo) el sentimiento de paz, la mirada (y la sospecha), de sus grandes ojos cafés, se posa en las pupilas dilatadas de Fernando.

Aún no ha probado el sabor del café, en sus manos una pluma se balancea temblorosa, tiene algo que decirme, y yo, mejor ahora que nunca. Tiene en el cuello una marca grande, morada, un moretón, morado, sangriento, una herida, la marca… no, temprano ahora, mejor esperar que se calmen las mareas, ahora me levanto y me adelanto a sus pasos, nuestras cordiales saludos no podían deshacer nuestros rictus casi perfectos, tardes livianas y absurdas quizá, habíamos vivido ahora, y la sensación de una tranquilidad fatua flotaba en nuestros dedos, sin escaparse como antes. Ahora comienza. (sentados los dos en la mesita de café, hay dos gringos, y una pareja de hombres con botas largas, la jardinera rebosa, el cielo de la mañana se cubre de nubes grisáceas, como un sueño, una silenciosa y absurda sensación inmediatamente anterior a la desgracia. Un pájaro cruza el viento, aire.) tomó asiento en la misma mesa de siempre, esta sucia y grasienta hoy alguien dejo migajas de un bagel o algún otro pan y Fernando no lo nota apoya su codo como si no estuviera sucio y me desgajo en tentaciones, sí, pero veo su mirada tan distinta que la tentación de abrir la boca, y romper la ensoñación del día me impide abalanzarme sobre mi culpa, liberarme de ella, tomar las riendas de mi pasado y cabalgar sin prisa hacia los laberintos inmediatos de lo nuevo. Ahora no. Rictus Mortis. Tomamos pan, siempre pan, pan de plátano, un cuernito, un rol de canela, un panqué, es de mañana y el frío no se disipa.

¡Ovación a la muerte es el recuerdo¡, como detiene el transcurso de los días, como los estruja, como los tuerce, ahora que me siento de frente, siento como hemos cambiado, es una sensación que aplasta, Fernando es grande ahora y el pasado parece un teselado de noches. La vida se detiene, la conozco, se llama Ale… ¿Alexia?, no, entra sin cuidado, se llama Alexandre . (Ella entra sin cuidado, Miguel la mira, Fernando pide un café, la dubitación pensativa de Miguel es interrumpida por su indecisión entre un té, un café o un capuccino), capricho del pasado: un capuccino, pediré uno mediano, sí, ahora triunfan mis caprichos. Capricho es nuestra necesidad de permanecer vivos, esto es bueno, debo anotarlo. (Miguel se tuerce, Fernando garabatea en una servilleta, miguel saca una hoja a rayas doblada por la mitad, pide la pluma a miguel, Alexandre sale con un expreso y se sienta en la mesa de al lado), en fin, debo dejarlo y vivir, vivir. Ella, sí, no Aranza no, insidiosa memoria la mía, hay algo que decirle a Fernando, me prometí hacerlo no recuerdo; Alexandre, su apellido, sonaba a algún oasis, su nombre… Aridjis, ¡Alexandre Aridjis! ¡C’est ça!, de donde la recuerdo, no sé…

Función fática de la lengua, “el clima esta frío”. Debió de haber sido el clima es frío. Fernando comienza siempre la charla que se desvirtúa de su dirección original y termina derramándose por laberintos salinos de contornos indefinidos; Me estoy forzando eso es todo, prometo y luego traiciono, mi boca cerrada, mis dientes detienen las palabras. Hubiese sido más fácil en la nueva babel, como un borracho, en medio de la ebriedad soltarlo de sopetón y que la culpa y sus consecuencias fuesen calladas por él… ¡Aridjis sí! Estaba con Grüll en Santo Domingo cuando regreso, cierto es, le diré a Fernando y se alegrará y podré decirle…

Constanza, espero que su nombre no suene, por eso forzaré a mi lengua a que el silencio se disperse hablando de vaguedades hasta que…

Una leve charla sobre el clima.

Luego, de la nada:

—Grüll volvió.

—Dijo que volvería hasta octubre — con incredulidad fingida Fernando toma el borde de la mesa, entre nervioso y emocionado.

—Pero volvió — e intento sonreír, un poco perturbado, —Pero volvió, tu tocayo.

Ambos lo sabíamos al final de cuentas.

El leve paraíso que a nuestra llegada anudó nuestras miradas parecía a cada palabra volverse un infierno de impaciencia, al menos para mí que esperaba. (Miguel se retuerce en la silla, Alexandre lo reconoce, lo saluda y ojea a Fernando, le sonríe, Fernando la ignora, llega el mesero con los panes y el capuccino, olvidó el café, sucedáneo instantáneo: les regala una galleta.)

Después del silencio incomodo, la cucharilla del capuccino la remuevo en el liquido espeso, mezclo el azúcar, morena y levanto un poco del liquido. Miguel Sandoval, catador de Cafés, experto en hiporrealismo y mariposas mexicanas, fanático de las orquídeas, debería llamar a una “Aranza”, como sus ojos.

—Deberíamos verlo — Dijo Fernando, con franqueza.

No menciones a Ariadna, no la menciones no ahora…

¿Qué habrá sido de su hermana?

Carajo, lo hizo… ahora… ahora… no, no es tiempo, no es tiempo…

—Vive en Ámsterdam — y me mordí la lengua —la puta.

Y Fernando suspira, un suspiro largo (que interesa a Alex), de sus ojos una leve chispa.

—Aranza — y luego calló un instante —¿Ella me odia, no es así?

Carajo, carajo, carajo. Y mi paraíso se derrumba, del circulo de la impaciencia al circulo de la tortura.

—Ella piensa que te fuiste, y piensa que sigues allí, en algún sitio, de alguna forma…

—Pero demonios, Constanza… —

—Ella desconoce hasta el nombre… — Tú ya no existes para ella, solo un idea flotando, Fernando…

—Pero tu lo sabes Miguel… lo sabes… lo sabes, demonios, ella era…

El silencio, la distancia. Mierda, ¿habré de interrumpirlo ahora?, ahora, ahora, ahora…

(Bossa Nova, acorde tenso y distensión del cuerpo, se abre una puerta, sale un mesero y sirve a Alexandre un poco más de café, Fernando suspira de nuevo, el silencio abruma. Doce del día)

Ahora o nunca. Doce, el reloj, mis manos, sus labios y su lengua, la tome por la espalda, acaricie sus muslos, su boca me supo a cielo, sus ojos entrecerrados, hablándome en holandés, Ariadna, ahora o nunca, Fernando herido, ahora o nunca… no ahora.

De verdad que ambos sabíamos que Fernando Grüll había vuelto, lo supe desde un principio aunque Fernando se negase a aceptar el hecho como una realidad inmediata, como si eso llegara a interferir con nuestra cómoda vida de vagabundos desacostumbrados, esta noche Fernando estaría en el café central y había sido invitado, yo y Fernando habíamos sido invitados, pero Fernando no iría, no, aún siendo Grüll no iría… Grüll… Ik hou van je, Ariadna.

—De verdad debemos salir con él —Fernando volvió a interrumpirme sin cuidado como siempre, como si nada hubiera sucedido continuó la charla, y me di cuenta de que había perdido mi oportunidad. He de hacerlo, lo haré.

—Sí, debemos… — No mencioné nada, no sé porque, la idea de verlo esa noche me desconcertaba, seria extraño, Aranza estaría allí y la familiar cercanía terminaría por deshebrar los hilos de mi angustia.

A decir verdad Fernando (Grüll) se reuniría con los viejos conocidos del taller de Felipe Woolf para celebrar la publicación de su libro en Almadía, nos había invitado a Fernando y a mí como una especie de motivador reconocimiento a nuestra amistad, a nuestros vagabundeos filosóficos, donde un Fernando (Dudamel) le había mostrado la metafísica de las callejuelas que terminarían por influenciar, en atmosfera y estilo, el primer libro de cuentos de Grüll.

De nuestros vagabundeo metafísicos recuerdo las sensaciones como un torrente de absurdos, cada imagen grabada en mi memoria es como una escena difusa, como una borrosa fotografía de un día lluvioso.

(el café de Fernando parece evaporarse, el capuccino se vuelve frío. Felipe Woolf con una camiseta a rayas entra por la puerta del cafetín, el agrio aroma acre de intelectual a medio uso inunda el pasillo)

Ahí viene Woolf, apesta, da risa con sus camisas sucias, nos vio, viene hacía aquí, aquí estamos los dos.

Casualidad, Woolf nos saluda, Fernando sonríe.

—Este chavo, Grüll, va a presentar su libro a las siete, chavos, por si vienen voy a presentarlo con él— y Woolf nos sonríe, como un cómplice —digo porque siempre andaban juntos y no, no, no.

Una vez más carajo, lo arruino, hijoputa.

(Woolf se va, Fernando mira el cielo. Apoteosis del hombre común: Alexandre escribe en una libreta compacta)

Aranza es bella demonios. Ahora… no. Demonios,¡ SILENCIO!.

—¿Ya publicó? — Ignorancia de Fernando, y emoción, siempre emoción, lo ví leer con pasión “La ciudad y la noche” de Grüll, como si se le fuera la vida en ello, o fue solo el personaje de Carolina, personificación de Ariadna, en el relato de la muerte de su inocencia el que lo hechizo a las treinta y cinco paginas con portada bonita de la edición de anagrama.

(El café se termina, el capuccino esta intacto, Alexandre se va, se despide)

Carajo es también hermosa, un perfección de cielo en sus piernas blanquecinas, pero Aranza… mierda..

—En Anagrama, como siempre, su noveleta: “La vida secreta de X.”, toda una nouvelle— frase inteligente para poner énfasis di el primer sorbo al capuccino —mientras no haya caído en el vicio de lo eficaz.

Reímos.

Silencio.

Ahora o nunca. Aranza, Alexandre, Ariadna, sus nalgas, redondas, sus ojos, enormes, sus labios, jugosos, su voz melodiosa, Ahora o nunca, sagrado secreto, podemos caer, mentir o llorar. No. Aranza, su nombre, demonio tus manos me tomaron, ¡Tómame si lo deseas!, no lo haces. Fernando yo bese a Ariadna, yo separe sus muslos y encontré el ardor de su entrepierna, y me deshice la ropa, y ericé su nuca, lamí su vientre… pero ella siempre gritaba tu nombre, carajo, Ariadna siempre gritaba tu puto nombre.

Ahora o nunca.

Nunca.

No.

Nunca…

Vete al carajo Fernando, vete al maldito carajo.

(Otro silencio, Miguel se levanta, Doce diez, un rayo de sol, el tiempo.)

—¿Miguel?

—Me largo Fernando.

jueves, 5 de mayo de 2011

Avance I

Aranza beso a Fernando como si una espada hubiera atravesado su garganta, como un estrepitoso silencio derramando su saliva por su cuello desnudo, y, desgarrado en el momento extático de su perdición, Fernando estrujo su único cuerpo, destrozando las imaginarias barreras de lo absurdo y caminaron juntos por la calle en las letárgicas horas de la ultima tarde.

No hubiese sucedido nada si en lugar de eso Fernando hubiera, como todas las tardes, recorrido el apretujado callejón del monte para detener su vida unos instantes, respirando el polvoso aire que las ventiscas de verano arrastran hasta los pulmones abigarrados del aroma de tierra mojada, sus ojos se hubiese detenido en la distancia, distinguiendo como cada tarde las luces lejanas encenderse, y la laguna eléctrica alzarse, por encima de la ciudad de las sombras rectas, sofocando cualquier tentativa de oscuridad, exceptuando obviamente las callejas difusas donde mataba las horas escuchando música y extendiendo su soledad hasta los confines de sus dedos, y luego, movido por un oculto sentimiento en el pecho, un sentimiento que era como un reclamo bajaba con sus pasos suaves e inadvertidos por todo Morelos, atravesando como una cuerda el andador donde regresaba después de haber ahorcado la cuadra donde la casa de Cortés esperaba, con hálitos de historia, el momento de su ignota redención, que aún no llegaba, y luego Fernando recorría con las manos en los bolsillos, con un poco de frío y los dientes como castañuelas el espacio etéreo en otros tiempos, de la intersección que formaban las calles de Morelos y Alcalá, entreteniéndose en inventar historias y futuros para las jovencitas de caras tristes que lo miraban como a un espejismo, como a un espectro que se alejaba hacia cinco de Mayo, y desaparecía en la rectitud de las calles, con su sombra difuminándose en línea recta sobre la avenida Benito Juárez.

Sus vagabundeos de esa tarde lo detuvieron en los volados de cantera de la plaza de la danza, una pareja cansada se maldecía tras las rejas de la escuela de bellas artes, la cara enfadada de un vendedor de globos se reflejaba en los cristales de una camioneta patriot blanca, estacionada en batería, con placas de Puebla frente a la entrada del templo de San José. Esa tarde no hizo frío, sus manos descansaron sobre sus piernas, dejando el espacio de sus bolsillos libre por el día y el resto de la oscuridad que se aproximaba en el horizonte, y como cortando el espacio apareció Aranza, su vestido liso de vaporosos aires, sus labios decorados con el color rojo mortal de una herida bajo sus ojos, sus ojos enmarcados por una leve línea de color negro, delimitando el espacio líquido de sus pupilas donde Fernando, Fernando el poeta, Fernando el escritor, se reflejo en un fugaz instante donde su pecho se encendió como un mechero y una traviesa gota de sudor resbalo por su frente.

Los instantes siguientes pueden confundirse con alguna pésima película francesa, una casa con lirios en un pequeño estanque, una casa que parece colgar del cerro, manteniendo un ponderoso equilibrio sobre la ciudad inmersa en una leve agonía morada (el color de las jacarandas en flor inunda de este color el paisaje de la tarde y electriza las avenidas con su fugas basura de flores marchitas), Aranza posee en su rostro un vago aire galo, esa sensualidad no exenta de tragedias, esa sonrisa provocadora que invita a Fernando, desde el ultimo escalón de la escalerita que conduce a la puerta de madera con remaches oxidados, a penetrar a la casa, al refugio total de Aranza, y esté, con un ultimo ápice de duda, toma aire y sube paso a paso, como dirigiéndose a su cadalso, los siete peldaños que lo separan de la discontinua calle donde estaba parado.

Adentro hay una sala pequeña, una luz opaca inunda la sala y un penetrante olor de flores secas y café da la impresión de un refugio etéreo imaginado por algún poeta maldito, la geografía domestica es tan abrupta como el terreno mismo, una escalera más allí, un balcón con vista a la ciudad, una par de puertas en un rincón, la barra de la cocina, el comedor de cedro, el bar decorado con una horrible imitación de un litografía de Toledo, todas las paredes pintadas de un naranja casi muerto que a esa hora de la tarde sumen a la casa en una penumbra estival.

Fernando inmóvil en la puerta, Aranza se desploma sobre el sofá y hojea una noveleta de Apollinaire, el titulo desconcierta y perturba a Fernando, una sensación como un batracio carcomiendo sus entrañas lo invade y enmudece por completo, Aranza lo mira con enternecidos ojitos de ternura. No han cruzado una palabra desde que se encontraron en la plaza de la danza, sus cuerpos palpitan bajo sus ropas, un concierto de Debussy empieza a sonar en el equipo de sonido, un gato salta al balcón y luego se larga, en alguna iglesia distante hay fiesta, los cuetes retumban en el aire.

—Es de mi papa — Aranza interrumpiendo el divinal silencio, mirando sobre el hombro a Fernando, —Siéntate, ¿quieres miel?. Fernando balbucea un galimatías incomprensible, Aranza se levanta y abre una alacena, toma un enorme bote de miel con las orillas escurridas, luego se agacha y coloca una vieja botella de un licor que se ve turbio, sirve un poco en un vaso en donde las gotas de miel comienzan a difundirse, con exasperante lentitud en todo el liquido. —¿vas a tomar? — y aunque Fernando no responde Aranza sirve en otro vaso de cristal azulado la misma pócima desconocida.

Afuera empieza a chispear, después la lluvia se detiene, Aranza recita en voz alta las primeras líneas de su libro, “El príncipe Vibescu…” después calla, Fernando se desploma sobre uno de los sofás, frente a Aranza y le da un sorbo a su bebida, es Ron, el sabor es suave pero el alcohol le quema la garganta.

—Apollinaire es un genio— dice Aranza, recostada como una actriz decadente en la esquina del sofá, los pliegues de su vestido dejan discernir un poco de sus muslos y el comienzo de su pubis. —Bretón y los surrealistas eran unos putos genios—

—Bretón es un pendejo, él y toda su palabrarería socialista pueden largarse a la cochina fregada—

Luego Aranza se levanta y le toma la mano, Aranza sonríe, Aranza habla, sus labios lobulados, sus labios rojos, sus dientes filosos, su lengua tan suave, Aranza ríe, Aranza sonríe, y la distensión de las extremidades superiores se compensa en la tensión ejercida por un flujo de sangre en las extremidades inferiores, algo así como un flujo eléctrico y la culminación estática de sus labios juntos, la culminación magnifica coronada al final por el agreste sabor del ron, la dulzura disfrazada de la miel y leves notas huidizas de café en sus paladares.

jueves, 7 de abril de 2011

Poema III

Y ahora quiero amarte

Como la noche,

Así de la nada

Como una luz que palpita

Desde el fondo del abismo

domingo, 23 de enero de 2011

Didac y los ruidos

El ruido solemne, fúnebre de los cuetones rebota en las paredes estucadas, el sonido va goteando por los escalones, allá afuera, detrás de los gruesos muros, al otro lado de las ventanas.

Ese mismo ruido, esa explosión a media madrugada se vuelve un latido en el corazón, una perturbación en el sueño cada vez más definida, una cabalgata desesperada, como un infierno en expansión y afuera se escuchan, en crescendo las noches que se agotan, una lluvia de piedras y, más sutil e informe, el olor picante del gas que llega a colarse en la rendija de una puerta.

Y entonces Didac, que estaba en el sillón durmiendo se levanta sobresaltado.

El mar de luces confusas del otro lado de las ventanas, un contrapunto infame a la luz que se va distinguiendo en el horizonte de tonos violáceos. Los gritos y los golpes y la marcha fúnebre de las patrullas, el olor de la mañana tiene un mudo regusto a pólvora.

Didac pegado al frío cristal va formando amorfas figuras de niebla con el vaho de su aliento, mientras observa, boca seca, ojos atentos como la calle se llena de una niebla que no es vapor de agua, de un humo denso y de destellos que no son estrellas.

Didac en la ventana, desde donde las sombras que se mueven parecen seguir la muda coreografía de un pieza de Dudamel, pues no hay otro sentido que se amolde a lo que sucede afuera. Afuera sigue siendo todo sombras, sombras la patrullas, sombras los cuetones, las macanas, los policías, los maestros, las piedras, el agua, y el fuego, afuera solo hay sombras cuyos contrastes, a medida que la mañana arrecia se van dulcificando y permiten ver tras la niebla, no sin una respiración contenida y un ansioso vacío en el pecho, el mar de gente que fluye como un río por las calles, un río cuyo ímpetu arrasa con las paredes y los balcones, un río de fuego, encolerizado,rabioso, torrencial y fatal.

Pero aún así la absurda danza de las figuras, que Didac, pegado al balcón con la nariz helada, solo atina a adivinar como muñecos de porcelana sigue sin cobrar ningún sentido completo. Todo parece una marea que se va o una marea que se queda y luego el sol alarga las sombras y un silencio rodea a la ciudad como una niebla suave.

Y así Didac cansado abre la puerta con un temblor en la mano y se atreve a caminar por las calles solas, reconociendo los pequeños escombros, los trozos de cantera, los muros heridos y el denso olor a pólvora que aparta con sus brazos para seguir caminando, cuadra tras cuadra, entre otras sombras que caminan en silencio y lo miran de reojo, con recelo, hasta acercarse, casi furtivamente, rodeando en espiral el espacio urbano, con el miedo aferrado a las suelas de sus botas mientras se va acercando al zócalo, y a punto esta de detenerlo el segundo estallido, o la nueva bruma polvorienta de los cuetones, y los esporádicos gritos en stacatto, que con un trémulo acento en su voz se escuchan distantes y rebotando en las fachadas, se apagan sumiendo a la urbe en su inanidad inicial.

Las sombras rectas del mediodía sorprenden a Didac en medio de una soledad extraña, inmóvil frente a la catedral agraviada, mudo entre los balcones violentados observa el último silencio en días y avanza a pasos largos entre los montones de basura y las ocasionales fumarolas que lo hacen estornudar y mirar el cielo azul, imposible como en otros tiempos.