El ruido solemne, fúnebre de los cuetones rebota en las paredes estucadas, el sonido va goteando por los escalones, allá afuera, detrás de los gruesos muros, al otro lado de las ventanas.
Ese mismo ruido, esa explosión a media madrugada se vuelve un latido en el corazón, una perturbación en el sueño cada vez más definida, una cabalgata desesperada, como un infierno en expansión y afuera se escuchan, en crescendo las noches que se agotan, una lluvia de piedras y, más sutil e informe, el olor picante del gas que llega a colarse en la rendija de una puerta.
Y entonces Didac, que estaba en el sillón durmiendo se levanta sobresaltado.
El mar de luces confusas del otro lado de las ventanas, un contrapunto infame a la luz que se va distinguiendo en el horizonte de tonos violáceos. Los gritos y los golpes y la marcha fúnebre de las patrullas, el olor de la mañana tiene un mudo regusto a pólvora.
Didac pegado al frío cristal va formando amorfas figuras de niebla con el vaho de su aliento, mientras observa, boca seca, ojos atentos como la calle se llena de una niebla que no es vapor de agua, de un humo denso y de destellos que no son estrellas.
Didac en la ventana, desde donde las sombras que se mueven parecen seguir la muda coreografía de un pieza de Dudamel, pues no hay otro sentido que se amolde a lo que sucede afuera. Afuera sigue siendo todo sombras, sombras la patrullas, sombras los cuetones, las macanas, los policías, los maestros, las piedras, el agua, y el fuego, afuera solo hay sombras cuyos contrastes, a medida que la mañana arrecia se van dulcificando y permiten ver tras la niebla, no sin una respiración contenida y un ansioso vacío en el pecho, el mar de gente que fluye como un río por las calles, un río cuyo ímpetu arrasa con las paredes y los balcones, un río de fuego, encolerizado,rabioso, torrencial y fatal.
Pero aún así la absurda danza de las figuras, que Didac, pegado al balcón con la nariz helada, solo atina a adivinar como muñecos de porcelana sigue sin cobrar ningún sentido completo. Todo parece una marea que se va o una marea que se queda y luego el sol alarga las sombras y un silencio rodea a la ciudad como una niebla suave.
Y así Didac cansado abre la puerta con un temblor en la mano y se atreve a caminar por las calles solas, reconociendo los pequeños escombros, los trozos de cantera, los muros heridos y el denso olor a pólvora que aparta con sus brazos para seguir caminando, cuadra tras cuadra, entre otras sombras que caminan en silencio y lo miran de reojo, con recelo, hasta acercarse, casi furtivamente, rodeando en espiral el espacio urbano, con el miedo aferrado a las suelas de sus botas mientras se va acercando al zócalo, y a punto esta de detenerlo el segundo estallido, o la nueva bruma polvorienta de los cuetones, y los esporádicos gritos en stacatto, que con un trémulo acento en su voz se escuchan distantes y rebotando en las fachadas, se apagan sumiendo a la urbe en su inanidad inicial.
Las sombras rectas del mediodía sorprenden a Didac en medio de una soledad extraña, inmóvil frente a la catedral agraviada, mudo entre los balcones violentados observa el último silencio en días y avanza a pasos largos entre los montones de basura y las ocasionales fumarolas que lo hacen estornudar y mirar el cielo azul, imposible como en otros tiempos.
