Alguna vez Felipe Woolf, en una de las primeras sesiones de su taller en la casa de la ciudad dijo una frase que habría de marcarse como fuego en mi memoria:
—“Escribimos porque estamos solos, estamos solos porque escribimos.”
Y todo eso se vuelve un imposible circulo vicioso que dando vueltas alrededor de mi cuello siento como me ahorca en estos días tan fríos.
Por supuesto no tengo la más minima idea del origen de la frase, pudo haber sido una invención de Woolf, o alguna cita de un autor más o menos grande, más o menos bueno.
Y es cierto para mí, mi pluma puede deslizarse sobre el papel, garabatear las letras, derramar la tinta y aún así seguiría solo, podría escribir el poema más bello del mundo, la novela más compleja, el drama más extremo y en mi pecho la sensación de vacío se acrecentaría con cada golpe de la pluma sobre la sórdida longitud del papel en blanco.
No puedo decir que en esta vida, en este mundo lo único que desee sea la taciturna presencia de Aranza y sus ojos ojerosos en cada mañana, en cada tarde, en cada noche, pero sí puedo asegurar que hay momentos de una impasibilidad tan lenta que las gotas del rocío parecen eslabones rotos de una cadena imaginaria, mientras la espero, y saber que siempre ella frente a mí, será tan lejana, será tan ajena a lo que siento y mi boca sellada por un candado irrompible no se atreverá sino a esbozar torpes líneas para describir, adulando o soñando con las formas de sus manos, con sus ojos (que siempre me matan), torpes líneas que son la esperanza de que si llegase a amarme, llegase a hacerlo gracias a las palabras, al conjunto de ideas desacostumbradas que le pongo enfrente, como una angustiante sensación de muerte, o de pleno vacío en choque contra mi destino, o en pocas palabras, que sin ella soy nadie.
A veces ella parece no notarlo, pero cada palabra entre líneas es un secreto halago a su persona, Aranza me mira mientras escribo con una curiosidad que me lleva a titubear, a escribir absurdos, a manchar de tinta el curso de la pluma, a esforzarme por no apartar la mirada de la hoja y contemplarla como a un exótico ejemplar de belleza impoluta, como a una estatua griega en el corredor de un museo británico, y ella, al mismo tiempo, se esforzaba en ignorar, mientras leía las torpes líneas de mi poética desbocada que cada verso, cada palabra, cada letra, contenía una parte de ella, una pequeña porción de su reflejo condensada en los sonidos arrítmicos que utilizaba para destilar la esencia de esa silenciosa presencia que era para mí Aranza las tardes lluviosas en el Nuevo Mundo, algunas veces se limitaba a mirarme y decía, muy bonito sí, Miguel tienes talento. Y era precisamente en esos momentos cuando me hubiese gustado perder el control, levantarme y gritarle a viva voz, echarle en cara lo idiota que era para no darse cuenta de que era ella, la belleza espectral de la que hablaba el poema, para decirle todo cuanto se atravesaba en mis pensamientos, las ideas confusas, los símiles que la hubieran dejado muda. Pero no, me contenía y cerraba los ojos para no mirarla unos instantes, mientras mi corazón se deshacía en desdichas infinitas y llegaba a creer en nimiedades como la venganza cósmica o la teoría del Karma.
Vacios
Hace 8 años
