Ahora sí recuerdas:
Un vacío y luego el silencio.
La tibia cara de Ana, distraída y ruborizada.
Ese vacío y ese silencio, una sensación difusa en alguna
cavidad desconocida entre la garganta y el corazón, o en el diafragma. Un leve
aroma a vainilla, como una brisa y luego el ruido, el estertor de los tambores,
la distensión muscular que se revela como una lejana recompensa apenas
alcanzable en el momento de estar sentado en un mesabanco con las patas rotas y
rayones de plumas rojas en su superficie cubierta de acrílico.
¿Cómo explicar el frío de tus manos?
El ventilador que gira y gira y gira en un día soleado, los
últimos resplandores del verano entrando por la ventana entreabierta hacia el
patio. Un hielo momentáneo, caído del cielo. Un fenómeno físico, relacionado
con la inversión térmica, algo improvisado por el momento. Pero un
congelamiento no, el sudor que se escurre porque el deseo de no echar a perder
la primera oportunidad de acecho, el primer acercamiento casual, la primera
mirada retadora, pero nada, no hay encuentro y el día acaba y una llovizna suave
deja la calle oliendo a tierra mojada.
¡Cómo fluyen las horas!,
la primera tarde esta rellena de ausencias, y las manecillas del reloj parecen
avanzar a pasos cortos, como brinquitos sobre un charco, como lejanías. Y los
ojos del gato de la cocina, ese reflejo verde en sus enormes y dilatadas
pupilas, no sabes porque, pero te recuerdan a Ana, entrando en el salón
perdida, y su sonrisa inmediatamente rosada en las mejillas. En las últimas
horas de la tarde, cuando los rayos del sol se vuelven lastimosos y débiles, te
acuestas en la terraza, y de tus sueños, las sombras, suaves contornos de lisas
formas, recrean el día pasado, y entre todas las figuras vuelve a surgir Ana,
descuidada, entrando sin querer por la puerta de lamina azul.
Pero el día siguiente pasa como un suspiro. Y lo mismo el
miércoles y el jueves y el viernes, y el segundo lunes como un vistazo breve y
no hay nada más. Conjugaciones Verbales y fracciones, Concepto de Vida y
representaciones Cartográficas; en un mapa estas en las segunda fila, tercer
lugar, frente a la puerta, mirando el patio y las lloviznas que caen a ratos
dejando una niebla delgada, que pasa como una exhalación con sabor a mentas.
Entre las sombras (porque para ti son sombras los cuerpos de
impúberes y adolescentes que se pasean con desganado descaro en el patio de la
escuela, y es que son sombras porque a duras penas sus nombres flotan en tu
memoria como barcas a la deriva), entre las sombras del patio, atrás del
conserje y del maestro de matemáticas que cruza hacia el salón, pasa Ana, con
su paso lento y sus ojos en el cielo, ambos nublados por un gris inexplicable,
y sientes la punzada de las situaciones, ves pasar su cuerpecito de doce años
apenas y ves las nubes grises en el cielo y un aroma como a vainilla de nuevo y
de nuevo ese vacío y ese silencio y puff, desaparece y así, súbitamente como
comienza termina y en el pizarrón los números, en aparente desorden van
cobrando una estructura lógica.
¿Cómo se pasa el tiempo en los días que llueve toda la
tarde?
A veces contando los números sueltos en el libro de
matemáticas, pero no todas las tardes, a veces simplemente recordando cosas sin
sentido, porque la imagen en la televisión se ve borrosa y estática, y los
sonidos suenan huecos.. Así que, recostado en la cama, con frío, comiendo una
barra de chocolate, sin leche y con vainilla te acuerdas súbitamente al sentir
la dulce nota de sabor que se vuelve fragancia de los dos minutos distantes en
que la carita angelical, casi perfecta, pero a la vez tan distinta de la cada vez
más imposible Ana y sientes un leve calor frío recorriendo un camino infernal
desde tus labios hasta tu entrepierna y ya, súbitamente también, se acaba la
lluvia.
El sonido de los sapos es un acto orquestal en la fría
noche, el olor de la tierra mojada parece surgir de justo debajo de la cama, y
te revuelcas en ella con las imágenes de Ana revoloteando como orugas ávidas de
metamorfosear en doradas mariposas. Y bajas las escaleras, con sumo cuidado de
no resbalar en la humedad que se coló en el techo, un vaso de agua de limón se
te derrama en las piernas, y a un montón de hormigas que escalan confianzudas
les hechas agua.
Cuándo dejaste de zozobrar en la vigilia, no lo sabes, solo
ves la luz del día y el desvelo, el cansancio que se apodera de tus dedos. En
la escuela tras la entrada oteas el horizonte con cuidado de no ser descubierto
y saludas con discreción a las presencias absurdas que se te acercan y te
abordan de costado, pero no la vez
a ella, su fina cara de traslucida piel se asomaría, sin miedo, a otros
horizontes en las ventanas de su casa, su silueta ligera no caminó hoy por los
pasillos mojados y su perfume de vainilla no floto hoy en el aire viciado de
vapor de agua, dejando un vago sabor a fuego en los troncos de los pinos.
Y no sabes cómo de repente, solo te lo pregunta Darío y le
respondes, como un reflejo, como una maquina, como si el único propósito de tus
palabras fuera responder esa pregunta, con todo el fervor que surge como hiedra
de los más profundo de tus sentimientos enlazados.
¿Te gusta Ana?
Y le dices que sí, pero no le dices que su andar cansado, a
ratos como aire, a ratos como el galopar de un hipocampo en un llano de
clepsidras, no le dices que es el aire con tenue olor a vainilla, o la imagen
de su aliento que puede tener un vago perfume de limón, o el color de su piel,
como un café muy leve, como la canela pálida de una repostería francesa, o el
color de sus ojos, como las hojas de un olivo seco.
Porque nunca te percataste de cuanto había cambiado tu mente
en esas primeras cuatro semanas, y como su imagen se plantó como un orquídea en
el tronco de tus ideas, o de cómo en esa primera fase de pensar en Ana las
cosas fueron volviéndose retratos de Ana, analogías de Ana, Segundos de verla o
minutos de no verla, hasta el diminuto insecto que pasaba volando y rozando tu
pelo te recordaba de alguna forma la insolitariedad de sus pasos, tu mirándola
distraído hasta que la tarde acaba y te vas.
Pero la insolación es un fantasma que cruza en diciembre, y
luego el frío juguetea con tus entrañas. La escuela desierta, el edificio sólo,
y tu en tu sobriedad sentado en una banca miras con disimulo el nacimiento de
las hojas de un helecho. Repasas con miedo las formas de tus dedos, descubres
muy tarde el color de un beso.
Y ella pasa como un espejismo, sin alcanzar a disfrutar su
imagen, ella se aleja mirando con ira apagada en sus ojos de gorrioncillo
herido, ella se aleja dejándote solo, con sabor a frutas en la boca, con la
mano espinada de limones y la flor pequeña en el suelo, aplastada y tus ojos
desbordados.