sábado, 21 de julio de 2012

Poética VIII



Avenida independencia. 6:45 a.m. 

Al salir la calle parece un telescopio
Se estira hasta que sus contornos se diluyen en la madrugada
Se encoge hasta la yema de los dedos
Se estira y parece que se va estirando
Mientras se entumen por el frío las pantorrillas
Se encoge en sus faroles que se apagan poco a poco
Se estira en el vaho visible por el frío
La mañana es una aglomeración de nubes
Es un conjunto de distancias
De colores neutros y fantasmas.
Cada ventana, balcón y linternilla.
Parece deshacerse en el hastío de cada hora
Cada columna y cada cornisa
Resbala de agua en música de exasperante tiempo
De gota en gota
De vacío en vacío
Al salir la calle parece un telescopio
Y en su hidrografía temporal
En sus lagos, charcas y lagunas
Se reflejan las formas de las nubes, doradas
Y
Se dibujan
mientras sube el sol hasta la tarde
Las formas inmortales de los frisos y las cúpulas.

miércoles, 11 de julio de 2012

Los días y las horas. II


¿Cómo definir la tarde?
Una tarde tranquila, donde la naturaleza de las cosas permanece inalterable en todo el curso de la niebla en la ventana. Deglutiendo el contenido de una botella de miel, dejas que el azúcar inverso recorra un leve camino de tus labios a tu mentón y sólo entonces tomas una servilleta y te limpias. Y luego saboreas el sabor nuevo y ardiente del liquido ambarino, que, frente a ti, despide sus perfumes a madera y a muerte.
Pero en cuanto esa agua vital, ese agente desorientador atraviesa tu garganta comienzas a sentir un leve escozor en la mano izquierda, y luego por todo el brazo, y luego el escozor se vuelve de nuevo un vacío en el estomago que hace que te tumbes en la tibieza de tu cama y dejes que tu mente vuele en ese estado supernatural de las cosas.
Hay una fuerte lluvia afuera, el agua entre por debajo de la puerta. El piso esta frío y resbaloso, hay un fuerte aroma a incienso. Piensas de nuevo en cada hoja de la flor de mayo del patio y en como vuelan describiendo leves espirales, y que su color se parece al de las telas de la india, y que los edificios de la india son todos blancos no como las pirámides de la ciudad de México, rojinegras por la piedra volcánica y el tezontle y el olor de los hoteles y las casas viejas cuando bajas del autobús y tomas el primer suspiro del día y los pulmones se inundan de ese imposible aire denso flotando entre la gente apretujada en el primer vagón del metro donde, tú, como un pichón curioso, como un pato recién nacido, oteas por la ventana y ves pasar uno tras otro los edificios apretujados de los multifamiliares y tratas de encontrar una mirada dispersa en alguna calle del centro pero no, inevitablemente el ritmo de las fachadas, las caras de los angelitos, el sonido de tus pasos parece dirigir tu mirada al palíndromo de tres letras al que le da, últimamente con interrumpir en todos tus sueños estivales cargando sus labios delgados y sus movimientos lentos.
Y ya su sombra delgada esta moviéndose con libertad, con un pillo libertinaje, entre tus pensamientos de la mañana, tus deducciones de la tarde, en la conversación de sobremesa te sorprendes forzándote para no mencionarla, y en las tardes solas, cuando no hay nadie, su nombre de fuego aparece garbado en las botellas de la alacena, como un sonido distante, como un fantasma desnudo que se arrastra por el piso y se va metiendo cada que puede, en tus procesos mentales, extrañamente dejando de lado el sueño nocturno, donde los deseos reprimidos de pensar en viajes y en desconocidos con fachas macabras se regodean apareciendo, uno tras otro, traicionándose hasta que el frío de la mañana y luego el sol que punza las pestañas se aparecen detrás de las cortinas y el color transparente del agua borra de tu piel todo el descanso.

Detrás de la puerta de la escuela hay un enorme árbol de hule, sus hojas lustrosas reflejan tus labios partidos. Tu cuerpo tirita bajo el cielo despejado de la mañana.
Escuches el agudo sonido del timbre, y como tus nervios se erizan y entras al salón.
Anatema de lo irónico. Te sientas y esta ella. Junto a ti, viendo a la ventana, incomoda y distraída, como siempre, su tímida cara de rasgos filosos y ojos grandes y profundos como océanos a la deriva en un desierto de suposiciones.
A las tres horas y media, con dos minutos y cuarenta y cinco segundos ella te pregunta la hora, y solo contestas con la ceja levantada y apretando los puños, que son las diez y nada más.
A veces la palidez de sus labios o el brillo de tus ojos son como una espiral inversa, y los dos se encuentran en un punto medio del espacio y se confrontan como dos estrellas en colisión y pasa un instante y el brillo se apaga y los labios se vuelven rojos, cada vez más rojos.
Pero los instantes son un mar plagado de espinas eléctricas, la inadmisible sensación de mirarla sobre el hombro, sus dedos tamborileando sobre las hojas manchadas del cuaderno, la punta de su lengua en tórrido recorrido por la comisura de sus labios, el silencio de sus pisadas como si nunca hubiera un camino abierto entre la onomatopeya matinal de su viejo despertador de cobre, como si todo fuera un sueño extraño, pero un sueño de ella y no tuyo, y la consecuente sensación de flotar en su mente por instantes, por oníricos instantes, la sensación pletórica de encontrarse suspendido en el espacio inalcanzable de su mente, alucinando sus miradas como si se alcanzara el punto indivisible del cielo de la media tarde.
Un leve roce o una caricia, esa tarde se acerca como una roca desprendiéndose de un despeñadero y tu silencio se hace cada vez más filoso, como una pausa entera, como una realidad inagotable que punza y hiere el centro de tu estomago, Ana esta allí, enfrente de ti, contoneándose con pasitos suaves, mostrando en sus sonrisas el filo de sus dientes, ya no es solo tu mirada la que la distingue, con sus rasgos itálicos, levemente galos, vagamente bretones, con sus ojos clareados por las nubes que interrumpen el discurso elocuente del cielo azul eléctrico.
Pero tus miradas no son las únicas, tenues contornos de otros ojos negros se asomarán también a contemplar la supuesta perfección de sus pestañas, el marco angustiado de sus cejas, sus rasgos bretones, angustiados por la presencia inestable de su sangre gala, su innegable porte itálico y el silencio ibérico de su mirada, acechada por otros veintitantos ojos que ven en su sensatez un espacio vacío de angustias, un bloque limpio de mármol toscano, una obra esculpida en un bronce terso como su piel dorada.

En tan pocas palabras que decir Ana basta para describir ahora la ola de sensaciones que traviesas se precipitan una tras otra al caminar por el patio cruzado de ruidos, al subir los peldaños de concreto, aferrándose al barandal de acero y luego entrar, victorioso y cobarde al mismo tiempo, por la puerta del salón en medio de un quejido deslumbrante que producen sus goznes oxidados y hallarse de pronto vencido por la presencia de la musa, mirándola cara a cara, derrotado por su desdén hasta entonces silencioso, por ese desdén con que mira tus manos cansadas, la confrontación de sangres, el temblor ibérico de tus pisadas y la contundencia germana, casi inevitable, de tus dedos pero el tardío e imperceptible susurro del Anahuac en tus labios, en tu nariz levemente torcida, pero no torcida en silencio como a un noble italiano, ni elegante como un aristócrata francés, torcida abiertamente, toscamente, como si la mano invisible de un fuego fatuo se hubiese esforzado en construir su delicada estructura para hacerla parecer salvaje, como el susurro de un bosque en llamas, como el complemento de tus ojos oscuros que la miran y se inundan de un salino mar en llamas que se evaporan desde tu corazón, desde tu pecho y hace que rabioso desvíes la mirada, y rabioso te sientes en el mesa-banco mirando hacia todas partes con el semblante de un caballero derrotado después de un duelo, llorando en silencio y acompañado del ruido rítmico de los automóviles entras en un sueño leve, un sueño nuevo, un sueño estival que te detiene lentamente de tu caída, que reconstruye con la precisión de un artesano arábigo, el curso de tus sueños aunque allí junto a ti ella ria.

martes, 10 de julio de 2012

Los días y las horas. Avance I


Ahora sí recuerdas:
Un vacío y luego el silencio.
La tibia cara de Ana, distraída y ruborizada.
Ese vacío y ese silencio, una sensación difusa en alguna cavidad desconocida entre la garganta y el corazón, o en el diafragma. Un leve aroma a vainilla, como una brisa y luego el ruido, el estertor de los tambores, la distensión muscular que se revela como una lejana recompensa apenas alcanzable en el momento de estar sentado en un mesabanco con las patas rotas y rayones de plumas rojas en su superficie cubierta de acrílico.
¿Cómo explicar el frío de tus manos?
El ventilador que gira y gira y gira en un día soleado, los últimos resplandores del verano entrando por la ventana entreabierta hacia el patio. Un hielo momentáneo, caído del cielo. Un fenómeno físico, relacionado con la inversión térmica, algo improvisado por el momento. Pero un congelamiento no, el sudor que se escurre porque el deseo de no echar a perder la primera oportunidad de acecho, el primer acercamiento casual, la primera mirada retadora, pero nada, no hay encuentro y el día acaba y una llovizna suave deja la calle oliendo a tierra mojada.
¡Cómo fluyen las horas!, la primera tarde esta rellena de ausencias, y las manecillas del reloj parecen avanzar a pasos cortos, como brinquitos sobre un charco, como lejanías. Y los ojos del gato de la cocina, ese reflejo verde en sus enormes y dilatadas pupilas, no sabes porque, pero te recuerdan a Ana, entrando en el salón perdida, y su sonrisa inmediatamente rosada en las mejillas. En las últimas horas de la tarde, cuando los rayos del sol se vuelven lastimosos y débiles, te acuestas en la terraza, y de tus sueños, las sombras, suaves contornos de lisas formas, recrean el día pasado, y entre todas las figuras vuelve a surgir Ana, descuidada, entrando sin querer por la puerta de lamina azul.
Pero el día siguiente pasa como un suspiro. Y lo mismo el miércoles y el jueves y el viernes, y el segundo lunes como un vistazo breve y no hay nada más. Conjugaciones Verbales y fracciones, Concepto de Vida y representaciones Cartográficas; en un mapa estas en las segunda fila, tercer lugar, frente a la puerta, mirando el patio y las lloviznas que caen a ratos dejando una niebla delgada, que pasa como una exhalación con sabor a mentas.
Entre las sombras (porque para ti son sombras los cuerpos de impúberes y adolescentes que se pasean con desganado descaro en el patio de la escuela, y es que son sombras porque a duras penas sus nombres flotan en tu memoria como barcas a la deriva), entre las sombras del patio, atrás del conserje y del maestro de matemáticas que cruza hacia el salón, pasa Ana, con su paso lento y sus ojos en el cielo, ambos nublados por un gris inexplicable, y sientes la punzada de las situaciones, ves pasar su cuerpecito de doce años apenas y ves las nubes grises en el cielo y un aroma como a vainilla de nuevo y de nuevo ese vacío y ese silencio y puff, desaparece y así, súbitamente como comienza termina y en el pizarrón los números, en aparente desorden van cobrando una estructura lógica.

¿Cómo se pasa el tiempo en los días que llueve toda la tarde?
A veces contando los números sueltos en el libro de matemáticas, pero no todas las tardes, a veces simplemente recordando cosas sin sentido, porque la imagen en la televisión se ve borrosa y estática, y los sonidos suenan huecos.. Así que, recostado en la cama, con frío, comiendo una barra de chocolate, sin leche y con vainilla te acuerdas súbitamente al sentir la dulce nota de sabor que se vuelve fragancia de los dos minutos distantes en que la carita angelical, casi perfecta, pero a la vez tan distinta de la cada vez más imposible Ana y sientes un leve calor frío recorriendo un camino infernal desde tus labios hasta tu entrepierna y ya, súbitamente también, se acaba la lluvia.
El sonido de los sapos es un acto orquestal en la fría noche, el olor de la tierra mojada parece surgir de justo debajo de la cama, y te revuelcas en ella con las imágenes de Ana revoloteando como orugas ávidas de metamorfosear en doradas mariposas. Y bajas las escaleras, con sumo cuidado de no resbalar en la humedad que se coló en el techo, un vaso de agua de limón se te derrama en las piernas, y a un montón de hormigas que escalan confianzudas les hechas agua.

Cuándo dejaste de zozobrar en la vigilia, no lo sabes, solo ves la luz del día y el desvelo, el cansancio que se apodera de tus dedos. En la escuela tras la entrada oteas el horizonte con cuidado de no ser descubierto y saludas con discreción a las presencias absurdas que se te acercan y te abordan de costado, pero  no la vez a ella, su fina cara de traslucida piel se asomaría, sin miedo, a otros horizontes en las ventanas de su casa, su silueta ligera no caminó hoy por los pasillos mojados y su perfume de vainilla no floto hoy en el aire viciado de vapor de agua, dejando un vago sabor a fuego en los troncos de los pinos.
Y no sabes cómo de repente, solo te lo pregunta Darío y le respondes, como un reflejo, como una maquina, como si el único propósito de tus palabras fuera responder esa pregunta, con todo el fervor que surge como hiedra de los más profundo de tus sentimientos enlazados.
¿Te gusta Ana?
Y le dices que sí, pero no le dices que su andar cansado, a ratos como aire, a ratos como el galopar de un hipocampo en un llano de clepsidras, no le dices que es el aire con tenue olor a vainilla, o la imagen de su aliento que puede tener un vago perfume de limón, o el color de su piel, como un café muy leve, como la canela pálida de una repostería francesa, o el color de sus ojos, como las hojas de un olivo seco.
Porque nunca te percataste de cuanto había cambiado tu mente en esas primeras cuatro semanas, y como su imagen se plantó como un orquídea en el tronco de tus ideas, o de cómo en esa primera fase de pensar en Ana las cosas fueron volviéndose retratos de Ana, analogías de Ana, Segundos de verla o minutos de no verla, hasta el diminuto insecto que pasaba volando y rozando tu pelo te recordaba de alguna forma la insolitariedad de sus pasos, tu mirándola distraído hasta que la tarde acaba y te vas.
Pero la insolación es un fantasma que cruza en diciembre, y luego el frío juguetea con tus entrañas. La escuela desierta, el edificio sólo, y tu en tu sobriedad sentado en una banca miras con disimulo el nacimiento de las hojas de un helecho. Repasas con miedo las formas de tus dedos, descubres muy tarde el color de un beso.
Y ella pasa como un espejismo, sin alcanzar a disfrutar su imagen, ella se aleja mirando con ira apagada en sus ojos de gorrioncillo herido, ella se aleja dejándote solo, con sabor a frutas en la boca, con la mano espinada de limones y la flor pequeña en el suelo, aplastada y tus ojos desbordados.