miércoles, 11 de julio de 2012

Los días y las horas. II


¿Cómo definir la tarde?
Una tarde tranquila, donde la naturaleza de las cosas permanece inalterable en todo el curso de la niebla en la ventana. Deglutiendo el contenido de una botella de miel, dejas que el azúcar inverso recorra un leve camino de tus labios a tu mentón y sólo entonces tomas una servilleta y te limpias. Y luego saboreas el sabor nuevo y ardiente del liquido ambarino, que, frente a ti, despide sus perfumes a madera y a muerte.
Pero en cuanto esa agua vital, ese agente desorientador atraviesa tu garganta comienzas a sentir un leve escozor en la mano izquierda, y luego por todo el brazo, y luego el escozor se vuelve de nuevo un vacío en el estomago que hace que te tumbes en la tibieza de tu cama y dejes que tu mente vuele en ese estado supernatural de las cosas.
Hay una fuerte lluvia afuera, el agua entre por debajo de la puerta. El piso esta frío y resbaloso, hay un fuerte aroma a incienso. Piensas de nuevo en cada hoja de la flor de mayo del patio y en como vuelan describiendo leves espirales, y que su color se parece al de las telas de la india, y que los edificios de la india son todos blancos no como las pirámides de la ciudad de México, rojinegras por la piedra volcánica y el tezontle y el olor de los hoteles y las casas viejas cuando bajas del autobús y tomas el primer suspiro del día y los pulmones se inundan de ese imposible aire denso flotando entre la gente apretujada en el primer vagón del metro donde, tú, como un pichón curioso, como un pato recién nacido, oteas por la ventana y ves pasar uno tras otro los edificios apretujados de los multifamiliares y tratas de encontrar una mirada dispersa en alguna calle del centro pero no, inevitablemente el ritmo de las fachadas, las caras de los angelitos, el sonido de tus pasos parece dirigir tu mirada al palíndromo de tres letras al que le da, últimamente con interrumpir en todos tus sueños estivales cargando sus labios delgados y sus movimientos lentos.
Y ya su sombra delgada esta moviéndose con libertad, con un pillo libertinaje, entre tus pensamientos de la mañana, tus deducciones de la tarde, en la conversación de sobremesa te sorprendes forzándote para no mencionarla, y en las tardes solas, cuando no hay nadie, su nombre de fuego aparece garbado en las botellas de la alacena, como un sonido distante, como un fantasma desnudo que se arrastra por el piso y se va metiendo cada que puede, en tus procesos mentales, extrañamente dejando de lado el sueño nocturno, donde los deseos reprimidos de pensar en viajes y en desconocidos con fachas macabras se regodean apareciendo, uno tras otro, traicionándose hasta que el frío de la mañana y luego el sol que punza las pestañas se aparecen detrás de las cortinas y el color transparente del agua borra de tu piel todo el descanso.

Detrás de la puerta de la escuela hay un enorme árbol de hule, sus hojas lustrosas reflejan tus labios partidos. Tu cuerpo tirita bajo el cielo despejado de la mañana.
Escuches el agudo sonido del timbre, y como tus nervios se erizan y entras al salón.
Anatema de lo irónico. Te sientas y esta ella. Junto a ti, viendo a la ventana, incomoda y distraída, como siempre, su tímida cara de rasgos filosos y ojos grandes y profundos como océanos a la deriva en un desierto de suposiciones.
A las tres horas y media, con dos minutos y cuarenta y cinco segundos ella te pregunta la hora, y solo contestas con la ceja levantada y apretando los puños, que son las diez y nada más.
A veces la palidez de sus labios o el brillo de tus ojos son como una espiral inversa, y los dos se encuentran en un punto medio del espacio y se confrontan como dos estrellas en colisión y pasa un instante y el brillo se apaga y los labios se vuelven rojos, cada vez más rojos.
Pero los instantes son un mar plagado de espinas eléctricas, la inadmisible sensación de mirarla sobre el hombro, sus dedos tamborileando sobre las hojas manchadas del cuaderno, la punta de su lengua en tórrido recorrido por la comisura de sus labios, el silencio de sus pisadas como si nunca hubiera un camino abierto entre la onomatopeya matinal de su viejo despertador de cobre, como si todo fuera un sueño extraño, pero un sueño de ella y no tuyo, y la consecuente sensación de flotar en su mente por instantes, por oníricos instantes, la sensación pletórica de encontrarse suspendido en el espacio inalcanzable de su mente, alucinando sus miradas como si se alcanzara el punto indivisible del cielo de la media tarde.
Un leve roce o una caricia, esa tarde se acerca como una roca desprendiéndose de un despeñadero y tu silencio se hace cada vez más filoso, como una pausa entera, como una realidad inagotable que punza y hiere el centro de tu estomago, Ana esta allí, enfrente de ti, contoneándose con pasitos suaves, mostrando en sus sonrisas el filo de sus dientes, ya no es solo tu mirada la que la distingue, con sus rasgos itálicos, levemente galos, vagamente bretones, con sus ojos clareados por las nubes que interrumpen el discurso elocuente del cielo azul eléctrico.
Pero tus miradas no son las únicas, tenues contornos de otros ojos negros se asomarán también a contemplar la supuesta perfección de sus pestañas, el marco angustiado de sus cejas, sus rasgos bretones, angustiados por la presencia inestable de su sangre gala, su innegable porte itálico y el silencio ibérico de su mirada, acechada por otros veintitantos ojos que ven en su sensatez un espacio vacío de angustias, un bloque limpio de mármol toscano, una obra esculpida en un bronce terso como su piel dorada.

En tan pocas palabras que decir Ana basta para describir ahora la ola de sensaciones que traviesas se precipitan una tras otra al caminar por el patio cruzado de ruidos, al subir los peldaños de concreto, aferrándose al barandal de acero y luego entrar, victorioso y cobarde al mismo tiempo, por la puerta del salón en medio de un quejido deslumbrante que producen sus goznes oxidados y hallarse de pronto vencido por la presencia de la musa, mirándola cara a cara, derrotado por su desdén hasta entonces silencioso, por ese desdén con que mira tus manos cansadas, la confrontación de sangres, el temblor ibérico de tus pisadas y la contundencia germana, casi inevitable, de tus dedos pero el tardío e imperceptible susurro del Anahuac en tus labios, en tu nariz levemente torcida, pero no torcida en silencio como a un noble italiano, ni elegante como un aristócrata francés, torcida abiertamente, toscamente, como si la mano invisible de un fuego fatuo se hubiese esforzado en construir su delicada estructura para hacerla parecer salvaje, como el susurro de un bosque en llamas, como el complemento de tus ojos oscuros que la miran y se inundan de un salino mar en llamas que se evaporan desde tu corazón, desde tu pecho y hace que rabioso desvíes la mirada, y rabioso te sientes en el mesa-banco mirando hacia todas partes con el semblante de un caballero derrotado después de un duelo, llorando en silencio y acompañado del ruido rítmico de los automóviles entras en un sueño leve, un sueño nuevo, un sueño estival que te detiene lentamente de tu caída, que reconstruye con la precisión de un artesano arábigo, el curso de tus sueños aunque allí junto a ti ella ria.

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