martes, 10 de julio de 2012

Los días y las horas. Avance I


Ahora sí recuerdas:
Un vacío y luego el silencio.
La tibia cara de Ana, distraída y ruborizada.
Ese vacío y ese silencio, una sensación difusa en alguna cavidad desconocida entre la garganta y el corazón, o en el diafragma. Un leve aroma a vainilla, como una brisa y luego el ruido, el estertor de los tambores, la distensión muscular que se revela como una lejana recompensa apenas alcanzable en el momento de estar sentado en un mesabanco con las patas rotas y rayones de plumas rojas en su superficie cubierta de acrílico.
¿Cómo explicar el frío de tus manos?
El ventilador que gira y gira y gira en un día soleado, los últimos resplandores del verano entrando por la ventana entreabierta hacia el patio. Un hielo momentáneo, caído del cielo. Un fenómeno físico, relacionado con la inversión térmica, algo improvisado por el momento. Pero un congelamiento no, el sudor que se escurre porque el deseo de no echar a perder la primera oportunidad de acecho, el primer acercamiento casual, la primera mirada retadora, pero nada, no hay encuentro y el día acaba y una llovizna suave deja la calle oliendo a tierra mojada.
¡Cómo fluyen las horas!, la primera tarde esta rellena de ausencias, y las manecillas del reloj parecen avanzar a pasos cortos, como brinquitos sobre un charco, como lejanías. Y los ojos del gato de la cocina, ese reflejo verde en sus enormes y dilatadas pupilas, no sabes porque, pero te recuerdan a Ana, entrando en el salón perdida, y su sonrisa inmediatamente rosada en las mejillas. En las últimas horas de la tarde, cuando los rayos del sol se vuelven lastimosos y débiles, te acuestas en la terraza, y de tus sueños, las sombras, suaves contornos de lisas formas, recrean el día pasado, y entre todas las figuras vuelve a surgir Ana, descuidada, entrando sin querer por la puerta de lamina azul.
Pero el día siguiente pasa como un suspiro. Y lo mismo el miércoles y el jueves y el viernes, y el segundo lunes como un vistazo breve y no hay nada más. Conjugaciones Verbales y fracciones, Concepto de Vida y representaciones Cartográficas; en un mapa estas en las segunda fila, tercer lugar, frente a la puerta, mirando el patio y las lloviznas que caen a ratos dejando una niebla delgada, que pasa como una exhalación con sabor a mentas.
Entre las sombras (porque para ti son sombras los cuerpos de impúberes y adolescentes que se pasean con desganado descaro en el patio de la escuela, y es que son sombras porque a duras penas sus nombres flotan en tu memoria como barcas a la deriva), entre las sombras del patio, atrás del conserje y del maestro de matemáticas que cruza hacia el salón, pasa Ana, con su paso lento y sus ojos en el cielo, ambos nublados por un gris inexplicable, y sientes la punzada de las situaciones, ves pasar su cuerpecito de doce años apenas y ves las nubes grises en el cielo y un aroma como a vainilla de nuevo y de nuevo ese vacío y ese silencio y puff, desaparece y así, súbitamente como comienza termina y en el pizarrón los números, en aparente desorden van cobrando una estructura lógica.

¿Cómo se pasa el tiempo en los días que llueve toda la tarde?
A veces contando los números sueltos en el libro de matemáticas, pero no todas las tardes, a veces simplemente recordando cosas sin sentido, porque la imagen en la televisión se ve borrosa y estática, y los sonidos suenan huecos.. Así que, recostado en la cama, con frío, comiendo una barra de chocolate, sin leche y con vainilla te acuerdas súbitamente al sentir la dulce nota de sabor que se vuelve fragancia de los dos minutos distantes en que la carita angelical, casi perfecta, pero a la vez tan distinta de la cada vez más imposible Ana y sientes un leve calor frío recorriendo un camino infernal desde tus labios hasta tu entrepierna y ya, súbitamente también, se acaba la lluvia.
El sonido de los sapos es un acto orquestal en la fría noche, el olor de la tierra mojada parece surgir de justo debajo de la cama, y te revuelcas en ella con las imágenes de Ana revoloteando como orugas ávidas de metamorfosear en doradas mariposas. Y bajas las escaleras, con sumo cuidado de no resbalar en la humedad que se coló en el techo, un vaso de agua de limón se te derrama en las piernas, y a un montón de hormigas que escalan confianzudas les hechas agua.

Cuándo dejaste de zozobrar en la vigilia, no lo sabes, solo ves la luz del día y el desvelo, el cansancio que se apodera de tus dedos. En la escuela tras la entrada oteas el horizonte con cuidado de no ser descubierto y saludas con discreción a las presencias absurdas que se te acercan y te abordan de costado, pero  no la vez a ella, su fina cara de traslucida piel se asomaría, sin miedo, a otros horizontes en las ventanas de su casa, su silueta ligera no caminó hoy por los pasillos mojados y su perfume de vainilla no floto hoy en el aire viciado de vapor de agua, dejando un vago sabor a fuego en los troncos de los pinos.
Y no sabes cómo de repente, solo te lo pregunta Darío y le respondes, como un reflejo, como una maquina, como si el único propósito de tus palabras fuera responder esa pregunta, con todo el fervor que surge como hiedra de los más profundo de tus sentimientos enlazados.
¿Te gusta Ana?
Y le dices que sí, pero no le dices que su andar cansado, a ratos como aire, a ratos como el galopar de un hipocampo en un llano de clepsidras, no le dices que es el aire con tenue olor a vainilla, o la imagen de su aliento que puede tener un vago perfume de limón, o el color de su piel, como un café muy leve, como la canela pálida de una repostería francesa, o el color de sus ojos, como las hojas de un olivo seco.
Porque nunca te percataste de cuanto había cambiado tu mente en esas primeras cuatro semanas, y como su imagen se plantó como un orquídea en el tronco de tus ideas, o de cómo en esa primera fase de pensar en Ana las cosas fueron volviéndose retratos de Ana, analogías de Ana, Segundos de verla o minutos de no verla, hasta el diminuto insecto que pasaba volando y rozando tu pelo te recordaba de alguna forma la insolitariedad de sus pasos, tu mirándola distraído hasta que la tarde acaba y te vas.
Pero la insolación es un fantasma que cruza en diciembre, y luego el frío juguetea con tus entrañas. La escuela desierta, el edificio sólo, y tu en tu sobriedad sentado en una banca miras con disimulo el nacimiento de las hojas de un helecho. Repasas con miedo las formas de tus dedos, descubres muy tarde el color de un beso.
Y ella pasa como un espejismo, sin alcanzar a disfrutar su imagen, ella se aleja mirando con ira apagada en sus ojos de gorrioncillo herido, ella se aleja dejándote solo, con sabor a frutas en la boca, con la mano espinada de limones y la flor pequeña en el suelo, aplastada y tus ojos desbordados.

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