Impresiones sobre una serie de fotografías y cinco piezas de Coltrane.
Sus ojos.
Allí se pierde la memoria, o más bien, para decirlo en palabras más comunes, se pierde uno en sus propias memorias, su mirada alcanza para deshacer las barreras intangibles de la distancia, aún allí, tras el brillo de la pantalla la profundidad café es suficiente para vislumbrar las profundidades abisales de la fosa de las marianas o las latitudes imaginables de las selvas brasileñas.
Rescatando la idea, el lugar común quizá, de que los ojos son las ventanas de lo que hay dentro, puede afirmarse con certeza que un solo vistazo fugaz a aquellos ventanales resulta en la tragedia (por lo inevitable) de una fascinación constante, de un desvelo nocturno o de la sensación punzante de un golpe en el pecho.
Constelaciones.
Como estrellas, porque cabe la comparación, existe la posibilidad bastante aislada que otras figuras inimaginables puedan hallarse allí, más allá de la linea que demarca sus ángulos quizá exista una estrella polar, una osa mayor, o una constelación de tauro, escorpio o libra entre el desorden de todos esos puntos aparentemente caóticos, mientras tanto la linea horizontal será la fascinación más inmediata que el observador curioso tenga ante sí.
La vie et la mort.
La fragilidad sobre las letras, el general está enfermo sin ser aún general y ya en el pueblo se augura el caos, pero esa es solo la distracción a los contornos rojos que sobresalen sobre las letras, los pistilos y los pétalos definidos de un lado, marcando sus posibilidades por encima del color opaco de la hoja de papel que al doblarse arrasará con toda la vital perfección de la flor que aún no agoniza.
Como espejo, al lado opuesto, en contrapunto, en un reflejo el esqueleto de otros tiempos se sostiene como un monumento poético al ritmo que nadie mira pues subyace debajo, en las letras, letras que por la alquimia de las situaciones pasan a formar parte de otra poética, la de la composición, la de la luz, la del instante.
Un arbol.
La arquitectura exacta de sus ramas es lo que aquí menos importa, tampoco importa que hacia el cielo la claridad se vaya deshaciendo en un degradado de las texturas ecuatoriales de su tronco. En el fondo la luz de un sol difuso se cuela por la vegetación casi rala.
Estos arboles frágiles que tienen que ingeniárselas para sobrevivir en medio de algún sitio desconocido, son también, como las otras cosas, monumentos perdidos a una poética de las cosas que se van desenvolviendo en el espacio.
Fiore.
No flores, flor, una sola, a pesar de que las hojas delgadas y traslúcidas engañen a menudo al espectador con pocos conocimientos en botánica, la “única” flor son en sí cuatro flores, frágiles, las últimas en la rama rala, a punto de caer y volar en espiral unos instantes hasta caer al suelo y ser pisoteadas por los transeúntes que miran la alfombra vegetal de vagos tonos violáceos con el mismo interés con que miran por ejemplo, la caminata de los otros, solo algunos cronopios y ‘fascinaciones ‘súbitas, (como se podrá deducir en su momento) pueden sentir como esa alfombra de hojas y flores muertas altera la visual de la calle desnuda.
Aún así, esas flores no han caído, en ese instante, en esa efímera situación la última flor (que es muchas flores) se vuelve una metáfora de los instantes.
En el fondo el cielo es azul y una nube blanca disipa la luz del sol a intervalos regulares.
Un candelabro neoclásico.
En uno de los tantos sueños el cielo raso puede comenzar a moverse y todas las estatuas a girar, las musas que danzan en su celestial espacio son el preludio para que la luz inunde, a través de los pequeños fragmentos de cristal que el candelabro ostenta, la totalidad del espacio teatral. Pero aún durante la penumbra, en medio de la oscuridad los rostros perdidos en la niebla de los grandes nombres de la musa Euterpe miran con desgano, producto de la equivocación de algún pintor perdido hacia el centro mismo de todo, no la acción sino el espectador que espera a que todo comience pues la luz aún arde en el candelabro y la acción aún no se desarrolla en el escenario vacío.
Coreografía.
Se mueven, sus cuerpos se mueven y la luz se mueve, a cada nota y a cada sincronía que en el espacio desenvuelve sus tramas, pero allí no hay más que un instante, el drama del segundo que se perpetuó en una fotografía hace del instante la excusa de la belleza.
La torre.
Todo es instante, todo, todo es una sucesión continua de momentos y en medio de todos esos momentos están las nubes grises y el viento y las ramas de una árbol muerto, de las jacarandas con las que el doctor italiano inundo la ciudad, así se queda todo, la inmovilidad del edificio, la efímera relación en el espacio de las nubes y la analogía de lo mortal con el árbol y sus ramas.

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