Diciembre es el mes que engendra vientos fríos y recuerdos incisivos, a duras penas la punta de la lengua puede escapar de su prisión labial para humedecer los resecos pliegues porque el viento helado ya detiene su transcurso aventurado. Diciembre es también un mes silencioso, en la calle, la gente camina con las manos en las bolsas y la mirada hacia el suelo, y todos, a excepción de las sonrojadas turistas escandinavas, se ocultan del frío que a ratos se desata en ventarrones rápidos, arrastrando consigo la hojarasca de las jacarandas y la basura del andador.
La traza hipodámica, en parrilla, o en tablero, permite que el viento circule libremente a través de las amplias calles y que, si uno camina en sentido contrario a la dirección de dicha corriente el aire golpeara inevitablemente el rostro del transeúnte llegando al inevitable clímax de desordenar su pelo y desecar su garganta, sin embargo la gran cantidad de puertas abiertas y los portales del zócalo ofrecen conveniente refugio a quien decida resguardarse de los perjuicios del viento gélido que sopla a media tarde, así pues a cierta hora del día muchas de esas puertas están abarrotadas y los portales atestados de gente apretujada mientras las calles azotadas por la ventisca se encuentran desiertas.
Al oeste del centro histórico, subiendo las faldas del cerro, al norte de la basílica de la Soledad y el estoico templo de San José se encuentra el ruinoso barrio del peñasco, otrora una aglomeración de casitas de adobe con techos de bóveda plana en cuyo extremo se encontraba (ahora derruido) el templo del calvario; numerosos callejones desembocan en la avenida principal que actúa al mismo tiempo como uno de los cuatro o cinco ejes principales que atraviesan la ciudad en dirección este-oeste, y es uno de esos callejones, el callejón del monte, uno de los pocos que por su posición estratégica se salva de los vendavales que azotan el resto de la ciudad, y es en su quieto interior donde una extraña paz se deja sentir al oscurecer la tarde.
La tarde pinta sus luces en tonos decadentes, medias sombras y susurros escapan de las paredes estucadas, Fernando se recarga, suspira, inmola sus miedos vestidos de recuerdos en medio del clima gélido que engarrota sus dedos y restringe sus movimientos oblicuos, ¡Qué absurda e infinita sería la tarde sin las letras, o los sonidos o las formas!, ¡Qué imposible serían las tardes en Oaxaca, en Antequera la verde, sin los arrullos callados del arte que se escapa de sus hilos y viene a envolverlo todo!, que absurdas y largas serían, al menos para ese Fernando callado y triste que se sienta sobre una fuente derruida a deshilvanar los hilos de la novela que tiene en sus manos, a sentirse arrullado y triste con los sonidos callados que de sus audífonos fluyen como un arroyo apacible, y ese Fernando que se sienta, para sentirse envuelto por los muros gruesos, por los sólidos balcones, por las nobles texturas de las casas Oaxaqueñas.
En los callejones casuales solo los murmullos lejanos son apenas perceptibles en la soledad de las tardes heladas, el eco de los autobuses, el ruido de los automóviles, y de vez en cuando el sonido de los pasos que se acercan o se alejan.
La mirada se pierde entre las letras, el compás de las palabras, la melodía de la línea, que susurra y susurra y no se detiene en su camino de fatalidad fatua. La elegancia quizá, la exactitud, los pasos que se acercan, los pasos que se acercan.
Cuando una mirada desea es como un puñal silencioso calvado en el pecho, como una suerte de fuego que inunda la garganta, como un temor que se condensa en la mirada propia, impidiendo alzar la vista por instantes, hasta que la curiosidad vence y Fernando se asoma sobre su libro, de nuevo suspendido en un etéreo padecer la lividez de su torso se hace intensa y siente como si un flotador hubiera enrollado sus brazos alrededor de sus piernas.
Una mirada intensa, un silencio estrepitoso, el caos verdoso de Constanza y vestido morado, un sonrisa que se aleja, que se acerca, y la tarde, y los geranios de la ventana, las gardenias y las azucenas, como un atardecer morado también, y lo helado que resulta el clima, lo helado del clima como el blanco de su piel, y el rojo carmín de sus labios que se hace cada vez mas lívido en la conciencia inmediata de un Fernando extasiado en la contemplación del espectro que ante sus ojos se detiene a observarlo con la fascinación de un ciego que ve una luz multicolor en una caverna húmeda.
Pero es el rictus fascinado de Aranza, fatalidad sellada, se acerca, y Fernando se vuelve Tadzio, Dedalus, y todos los nombres de todos los objetos deseados de la literatura, Fernando se vuelve el objeto de un deseo tan repentino como el viento que derriba la rama de una bugambilia, Aranza se acerca, torpe y desnuda en su éxtasis mutuo, y con voz temblorosa solo atina a susurrar su nombre ante el silencioso Fernando que observa inmóvil sentado en la fuente, vestido con una camisa a rayas, con la mirada fija al mismo tiempo en los ojos profundos de Aranza, en los pliegues de su cuerpo casi onírico, en la verdadera naturaleza de su mirada, con pestañas largas y puntiagudas como lanzas, y así la noche los sorprende en su conversación de miradas y caricias, y las charlas habituales de dos extraños que se acercan, y el roce de los labios secos y sangrantes, solo el roce y la noche los separa, cruel como la noche solo puede serlo, la noche que se extiende y lo termina todo, y Fernando regresa, angustiado y con frío, y con un recuerdo hirviendo derramado entre los labios.
Pero en las calles otras sombras se asoman, y los fantasmas del pasado se asoman en la soledad fría de Diciembre, Miguel Sandoval que se asoma, distingue a Aranza entre las sombras, inexacta ella, no la sigue y pierde a Fernando en un recoveco intimo de la calle de Manuel Sabino Crespo, sí, lo seguía, pero mejor sigue las sombras y las torres de cada iglesia del centro, así, decide despejar su mente con el itinerario forzado, con el reto casi ornitológico de visitar cinco templos antes de que la tarde se agote y la oscuridad derrame su desolación en cada bocacalle.
Por su cómoda cercanía la Basílica de Nuestra Señora de la soledad parece ser el primer escenario del encuentro metafísico con ese barroco inmediato que mediante una catarsis inventiva despejaría la mente de Miguel de su cómoda ansiedad poética, pero a media cuadra y veinte pasos el familiar rostro de Felipe Woolf parece haberlo distinguido y en una desesperada maniobra por evitarlo tuerce su recorrido hacia la avenida Independencia ignorando la fachada en baldaquín de tan magnífica iglesia.
De Woolf y los extraños apellidos extranjeros de cada presencia extraña en la ciudad sus pensamientos se desvían por los ineludibles laberintos de la asociación de ideas, y tras mil tropiezas mnemónicos su mente evoca los días silenciosos de su preadolescencia donde una muchacha casi etérea, con un vago parecido a la casual Aranza llenaba sus tardes de espectros y sortilegios, su nombre: Ariadna Grüll Cervantes, su silueta perfecta y sus ojos grandes, sus labios rojos y el recuerdo de su aroma aún flotan en los ojos de Miguel, y su imagen revolotea en los sueños más retorcidos de sus noches incompletas, pero al mismo tiempo su recuerdo evoca un culpa callada, algo así como un malestar que va creciendo en el fondo de su conciente, un malestar interrumpido, como una salvación sin sentido por la fachada plateresca de San Felipe Neri y sus lóbregos interiores, en contraste inmediato con la sobriedad ecléctica de San Cosme y San Damián.
Pero el recuerdo que se asienta inesperado parece no dejar de repetir su indetenible gotita en el itinerario de miguel, pues antes de que la tarde acabe, y con solo dos templos vistos se detiene en el zócalo, ante la fachada inmensa de la catedral, por el resto de la tarde y el principio de la noche, evocando la sonrisa blanquecina que en sus sueños lo tortura, y la culpa de la traición, la imposibilidad de mirar el tiempo y Ariadna.

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