Aranza beso a Fernando como si una espada hubiera atravesado su garganta, como un estrepitoso silencio derramando su saliva por su cuello desnudo, y, desgarrado en el momento extático de su perdición, Fernando estrujo su único cuerpo, destrozando las imaginarias barreras de lo absurdo y caminaron juntos por la calle en las letárgicas horas de la ultima tarde.
No hubiese sucedido nada si en lugar de eso Fernando hubiera, como todas las tardes, recorrido el apretujado callejón del monte para detener su vida unos instantes, respirando el polvoso aire que las ventiscas de verano arrastran hasta los pulmones abigarrados del aroma de tierra mojada, sus ojos se hubiese detenido en la distancia, distinguiendo como cada tarde las luces lejanas encenderse, y la laguna eléctrica alzarse, por encima de la ciudad de las sombras rectas, sofocando cualquier tentativa de oscuridad, exceptuando obviamente las callejas difusas donde mataba las horas escuchando música y extendiendo su soledad hasta los confines de sus dedos, y luego, movido por un oculto sentimiento en el pecho, un sentimiento que era como un reclamo bajaba con sus pasos suaves e inadvertidos por todo Morelos, atravesando como una cuerda el andador donde regresaba después de haber ahorcado la cuadra donde la casa de Cortés esperaba, con hálitos de historia, el momento de su ignota redención, que aún no llegaba, y luego Fernando recorría con las manos en los bolsillos, con un poco de frío y los dientes como castañuelas el espacio etéreo en otros tiempos, de la intersección que formaban las calles de Morelos y Alcalá, entreteniéndose en inventar historias y futuros para las jovencitas de caras tristes que lo miraban como a un espejismo, como a un espectro que se alejaba hacia cinco de Mayo, y desaparecía en la rectitud de las calles, con su sombra difuminándose en línea recta sobre la avenida Benito Juárez.
Sus vagabundeos de esa tarde lo detuvieron en los volados de cantera de la plaza de la danza, una pareja cansada se maldecía tras las rejas de la escuela de bellas artes, la cara enfadada de un vendedor de globos se reflejaba en los cristales de una camioneta patriot blanca, estacionada en batería, con placas de Puebla frente a la entrada del templo de San José. Esa tarde no hizo frío, sus manos descansaron sobre sus piernas, dejando el espacio de sus bolsillos libre por el día y el resto de la oscuridad que se aproximaba en el horizonte, y como cortando el espacio apareció Aranza, su vestido liso de vaporosos aires, sus labios decorados con el color rojo mortal de una herida bajo sus ojos, sus ojos enmarcados por una leve línea de color negro, delimitando el espacio líquido de sus pupilas donde Fernando, Fernando el poeta, Fernando el escritor, se reflejo en un fugaz instante donde su pecho se encendió como un mechero y una traviesa gota de sudor resbalo por su frente.
Los instantes siguientes pueden confundirse con alguna pésima película francesa, una casa con lirios en un pequeño estanque, una casa que parece colgar del cerro, manteniendo un ponderoso equilibrio sobre la ciudad inmersa en una leve agonía morada (el color de las jacarandas en flor inunda de este color el paisaje de la tarde y electriza las avenidas con su fugas basura de flores marchitas), Aranza posee en su rostro un vago aire galo, esa sensualidad no exenta de tragedias, esa sonrisa provocadora que invita a Fernando, desde el ultimo escalón de la escalerita que conduce a la puerta de madera con remaches oxidados, a penetrar a la casa, al refugio total de Aranza, y esté, con un ultimo ápice de duda, toma aire y sube paso a paso, como dirigiéndose a su cadalso, los siete peldaños que lo separan de la discontinua calle donde estaba parado.
Adentro hay una sala pequeña, una luz opaca inunda la sala y un penetrante olor de flores secas y café da la impresión de un refugio etéreo imaginado por algún poeta maldito, la geografía domestica es tan abrupta como el terreno mismo, una escalera más allí, un balcón con vista a la ciudad, una par de puertas en un rincón, la barra de la cocina, el comedor de cedro, el bar decorado con una horrible imitación de un litografía de Toledo, todas las paredes pintadas de un naranja casi muerto que a esa hora de la tarde sumen a la casa en una penumbra estival.
Fernando inmóvil en la puerta, Aranza se desploma sobre el sofá y hojea una noveleta de Apollinaire, el titulo desconcierta y perturba a Fernando, una sensación como un batracio carcomiendo sus entrañas lo invade y enmudece por completo, Aranza lo mira con enternecidos ojitos de ternura. No han cruzado una palabra desde que se encontraron en la plaza de la danza, sus cuerpos palpitan bajo sus ropas, un concierto de Debussy empieza a sonar en el equipo de sonido, un gato salta al balcón y luego se larga, en alguna iglesia distante hay fiesta, los cuetes retumban en el aire.
—Es de mi papa — Aranza interrumpiendo el divinal silencio, mirando sobre el hombro a Fernando, —Siéntate, ¿quieres miel?. Fernando balbucea un galimatías incomprensible, Aranza se levanta y abre una alacena, toma un enorme bote de miel con las orillas escurridas, luego se agacha y coloca una vieja botella de un licor que se ve turbio, sirve un poco en un vaso en donde las gotas de miel comienzan a difundirse, con exasperante lentitud en todo el liquido. —¿vas a tomar? — y aunque Fernando no responde Aranza sirve en otro vaso de cristal azulado la misma pócima desconocida.
Afuera empieza a chispear, después la lluvia se detiene, Aranza recita en voz alta las primeras líneas de su libro, “El príncipe Vibescu…” después calla, Fernando se desploma sobre uno de los sofás, frente a Aranza y le da un sorbo a su bebida, es Ron, el sabor es suave pero el alcohol le quema la garganta.
—Apollinaire es un genio— dice Aranza, recostada como una actriz decadente en la esquina del sofá, los pliegues de su vestido dejan discernir un poco de sus muslos y el comienzo de su pubis. —Bretón y los surrealistas eran unos putos genios—
—Bretón es un pendejo, él y toda su palabrarería socialista pueden largarse a la cochina fregada—
Luego Aranza se levanta y le toma la mano, Aranza sonríe, Aranza habla, sus labios lobulados, sus labios rojos, sus dientes filosos, su lengua tan suave, Aranza ríe, Aranza sonríe, y la distensión de las extremidades superiores se compensa en la tensión ejercida por un flujo de sangre en las extremidades inferiores, algo así como un flujo eléctrico y la culminación estática de sus labios juntos, la culminación magnifica coronada al final por el agreste sabor del ron, la dulzura disfrazada de la miel y leves notas huidizas de café en sus paladares.

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