— Dass passiert nicht — me dijo, en alemán, la primera vez que le hable de las vidas secretas. En el fondo ambos sabíamos que eso no era del todo cierto y que esa tarde representaría el comienzo de un silencio más profundo que cualquier otro silencio anterior. Los silencios, los secretos, las cosas que se saben pero no se dicen.
De cierta forma conocíamos lo necesario el uno del otro para reconocer las señales de una atracción fatal que traspasaría todas las barreras, incluso detrás del velo frío de sus respuestas sentía latir el fuego que acabaría por consumirnos.
Su nombre, un nombre árabe latinizado, el nombre de una ciudad musulmana conquistada en nombre de la cristiandad, una aparición que es al mismo tiempo la salvación de un mundo occidental en plena decadencia, en cierta forma detonada por una alucinación (¿colectiva?), su nombre retumba incluso ahora con el sabor de las cosas que comienzan pero nunca ocurren.
— ¿Eso importa? — , le pregunto, sus ojos arden en un fuego tenue, un brillo de estupor condensado en su respiración intermitente. Vamos tomados de las manos por una calle oscura de tierra, son las nueve de la noche, no hay estrellas y sin embargo una luz tenue todavía ilumina desde el cielo gris oscuro, el reflejo de la ciudad lejana.
Siento el latido de nuestros corazones al despedirnos, el ritmo de los tambores que tocan a luto una marcha fúnebre en honor a todas las perdidas; sabemos que la tarde no es fortuita, — ningún encuentro es fortuito — le digo cuando ella está por cerrar la puerta — espera...—, alcanza apenas a oírme, en la penumbra distingo de nuevo sus ojos, puedo sentir su pecho retorcerse y sus piernas temblar, ambos tenemos miedo, siento mis piernas livianas, su peso entero se descarga en la tierra, tiemblo. — Te propongo un juego — mi voz parece temblar también — un juego para que todo esto deje de ser un tanto menos imposible —
— ¿Eso importa? — , le pregunto, sus ojos arden en un fuego tenue, un brillo de estupor condensado en su respiración intermitente. Vamos tomados de las manos por una calle oscura de tierra, son las nueve de la noche, no hay estrellas y sin embargo una luz tenue todavía ilumina desde el cielo gris oscuro, el reflejo de la ciudad lejana.
Siento el latido de nuestros corazones al despedirnos, el ritmo de los tambores que tocan a luto una marcha fúnebre en honor a todas las perdidas; sabemos que la tarde no es fortuita, — ningún encuentro es fortuito — le digo cuando ella está por cerrar la puerta — espera...—, alcanza apenas a oírme, en la penumbra distingo de nuevo sus ojos, puedo sentir su pecho retorcerse y sus piernas temblar, ambos tenemos miedo, siento mis piernas livianas, su peso entero se descarga en la tierra, tiemblo. — Te propongo un juego — mi voz parece temblar también — un juego para que todo esto deje de ser un tanto menos imposible —
El juego consistía en renombrar esta ciudad como si se tratara de un rompecabezas. Dada la imposibilidad abierta de las citas concertadas teníamos que depender de los encuentros fortuitos (pero no hay encuentros fortuitos) y de los hechos aparentemente casuales para encontrarnos, pero confiar en la casualidad tiene el mismo efecto que embadurnarse de polvos esotéricos para curar el mal de amores. El juego, sin embargo, dependía de una variable estocástica, una vez renombrados los lugares no podía haber un mapa, al menos un mapa como tal, uno que señalase todos los lugares y posibilidades de la ciudad, no, el mapa era un gran mapa mental de referentes poéticos, de modo que la calle en que nos conocimos una tarde de mayo cuando un chubasco nos obligo a refugiarnos, los dos transeúntes perdidos y sin paraguas, bajo la cornisa de una vieja colonial, esa calle ya no se llamaría jamás de nuevo Alcalá, sino la calle de la lluvia, o la plaza donde un mediodía de noviembre nos sorprendió encontrar a dos cadáveres recién cubiertos por las sábanas blancas del protocolo judicial ya no sería más el atrio de Santo Domingo sino la plaza de los muertos, el callejón donde nos entregamos a los impulsos irrefrenables del cuerpo sería, pues, la calle del fuego, la calle del día fatal en que supimos que habríamos de separarnos en silencio la calle de las tragedias, la calle donde descubrí que los días dorados habían quedado atrás y no eramos sino un esbozo de lo que fuimos: la calle de la traición.
Así tendríamos que concertar nuestras citas en mensajes cifrados cuidadosamente y lanzados al aire, "a medio día en el parque de los perros" confiados que la poesía de nuestra historia bastara para reencontrarnos, para reunirnos una vez más en esos días que nos saben más a excepción que a victoria; ella, naturalmente no aceptó, pero sonrió con una sonrisa cómplice antes de despedirse de mí con un beso en la comisura de los labios.
Así tendríamos que concertar nuestras citas en mensajes cifrados cuidadosamente y lanzados al aire, "a medio día en el parque de los perros" confiados que la poesía de nuestra historia bastara para reencontrarnos, para reunirnos una vez más en esos días que nos saben más a excepción que a victoria; ella, naturalmente no aceptó, pero sonrió con una sonrisa cómplice antes de despedirse de mí con un beso en la comisura de los labios.

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