∑ dice que el mundo no se va a acabar, lo cual, es algo que ya sé pero no importa, de todos modos, la forma en que lo dice, sus labios entreabriéndose, la forma de sus manos alineada siempre, la punta de su lengua y de sus dedos es algo que me va consumiendo, así, muy despacio, casi sin que yo mismo me de cuenta.
Debajo de la mesa mis piernas tiemblan y se me va yendo, a una velocidad lentísima, exasperante, el aliento. Busco algo que decir pero no encuentro nada, no puede decirse nada. Miro al fondo de la taza y aún hay un poco de café, lo revuelvo con la cucharita a pesar de que no hay nada que revolver, yo tomo el café sin azúcar, muy cargado. Suspiro y tomo otro sorbo, el últim, en el fondo de la taza solo quedan los sedimentos ligerísimos que quizá alguien pueda leer, en voz alta, para que ∑ se asuste de toda la perversidad que puede caber detrás de estos, mis lentes minúsculos.
Debajo de la mesa mis piernas tiemblan y se me va yendo, a una velocidad lentísima, exasperante, el aliento. Busco algo que decir pero no encuentro nada, no puede decirse nada. Miro al fondo de la taza y aún hay un poco de café, lo revuelvo con la cucharita a pesar de que no hay nada que revolver, yo tomo el café sin azúcar, muy cargado. Suspiro y tomo otro sorbo, el últim, en el fondo de la taza solo quedan los sedimentos ligerísimos que quizá alguien pueda leer, en voz alta, para que ∑ se asuste de toda la perversidad que puede caber detrás de estos, mis lentes minúsculos.
— ¿Y eso qué importa? — le preguntó, saboreando las últimas notas del café que se escapan de mi paladar húmedo. — Al final de cuentas, si se acaba nos va a dejar de importar igual de pronto —
Solo veo como ∑ toma su vaso y lo acerca a sus labios, parece saborear el filo del cristal, una gota de agua resbala por su piel hasta su cuello, ella no lo nota.
— Quién sabe — responde, luego más bajo — quién sabe—
La tarde va volviéndose noche, por el balcón de atrás puede verse la calle, las torres de una iglesia y las ramas de un árbol (¿un sauce?), a esa hora de la tarde la sombra de los edificios se proyecta justo hasta el comienzo de la acera opuesta, unos pocos rayos de sol alcanzan a dibujar figuras extrañas en las puertas viejas de madera de las casas de enfrente, adentro, en el café, un silencio inusual parece adueñarse de todo, ningún sonido, nada, las únicas personas allí somos ∑ y yo, sentados en la mesa, sin decir nada, ∑ mirando hacia afuera y yo mirando hacia ∑. En ese instante, todo es de una perfección envidiable, una torre, como las de Adelaida Veen, ese momento es una torre; luego ∑ pestañea y la torre parece venirse abajo. Sus labios se mueven, dibujan en el aire una pequeña ‘o’, sus ojos profundos, clarísimos, turbios, me apuntan, y su lengua se mueve, humedece sus labios en un gesto que se antoja premeditado.
— ¿Te da miedo la muerte? —
¿No? ¿No me da miedo la muerte?
— No sé — , quizá me de miedo acercarme a la muerte, creo que la vida es como esas gráficas que suben hasta el infinito pero nunca tocan cierto punto, una asíntota, así, uno se acerca a la muerte a pasos agigantados, pero cuando está tan cerca, rozándola, cuando uno siente la bala tocarle la sien, cuando uno mira sus ojos cerrarse por última vez, entonces, no sé porque lo creo, la vida se va volviendo lenta de nuevo, y empieza a acabarse cada vez más lentamente, y, sin darse cuenta, uno se va sumiendo en la eternidad más extasiante de la vida, vaya que la eternidad entonces sí sería un instante, me digo en silencio, no hablo, estoy sumergido en una angustia terrible y callada mientras ∑ me mira, pero no sé, no creo que jamás conozca a la muerte, porque de pronto, después de esa eternidad, en un instante, uno ya está muerto, y yo no sé si pensar que voy a seguir viéndolo todo o simplemente mi conciencia se va a extinguir, se va apagar, se va a perder para siempre en un gigantesco vacío de totalidad. No sé.
— No sé — le respondo de nuevo, reafirmando mis palabras, solo para darme cuenta de que la respuesta que acabo de darle sonó tan fría y apagada que terminó por golpear la torre en la que estaba apoyado.
¿Y si la muerte fuera una torre?
Los parsis, en Irán y la India, solían construir edificios redondos, fantasmas alejados del centro de las ciudades donde depositaban los cadáveres de sus muertos, quizá aún lo hacen. Esos edificios eran eso, torres, torres donde el cuerpo se iba descomponiendo, solo, en medio de la nada, con solo el cielo, la selva o el desierto como mudos testigos de la muerte de la carne devorada por los zopilotes y nadie más.
∑ me mira intrigada, yo la miro avergonzado, como si tuviera que culparme por haber matado el último intento de conversación de la tarde, pero antes de que diga algo, yo, continúo.
— No sé si me da miedo la muerte, pero al morir quiero que mi cuerpo no lo entierren, me da pavor imaginar que sí aún veo, que si aún siento lo último que vea por el resto de la eternidad sea tierra, un vacío negro e infinito donde no hay nada más — tomo aire, y busco en mi café un poco más, pero no hay — tampoco quiero que me quemen, ¿sentiré aún? Quién sabe, pero si siento la desesperación sería tremenda, no poder moverme, no poder hacer nada, ¿Qué tal si la muerte es solo perder control sobre el cuerpo?, quiero, que cuando muera, me dejen solo, en medio de la nada, en una torre (no añadí, claro está, como ésta), y así morir mirando el cielo, hasta no ser más que huesos, hasta no ser más que nada.
∑ me mira una última vez y sonríe, sus labios son gruesos, rosados, no sé que hay detrás, detrás de sus labios, de su lengua y de su garganta, pero eso es todo entonces, mirar a ∑ y no estar muerto. Luego las luces de la ciudad comienzan sus destellos y no sé que más se pierda entre las torres y ese nuevo, largo, pero tranquilizador silencio.

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