Excentricidad.
Extraño extrañarte en el centro.
Esperar sin tiempo, sentado a la sombra de un árbol inmóvil.
Sentir el viento en las manos y en el cuello congelar mis dedos.
Extraño buscarte en el centro.
Deducir tu sombra, entre todas las figuras,
Las figuras grises que caminan por la calle.
En la inquietud perturbadora de la tarde.
Caminar, así, siempre, casi con descuido.
Con el corazón latiendo rápido como un castigo.
Con las manos temblorosas por el frío, por el agua, por el viento, por el sol.
Con el temor atravesado del silencio infinito.
Buscando tus pasos en cada esquina.
Imaginando tus labios, desdibujando en mi mente sus orillas.
Pensando, con el corazón deshecho a ratos que solo te veré a lo lejos.
Perdida, ausente, silenciosa.
Así jugamos al silencio y a lo imposible.
A buscarnos sin que tu sepas que te busco.
A querernos sin que tu sepas que me quieres.
Porque entonces la ilusión se detiene en los balcones.
Así la luz se va volviendo sobria.
Escurriendo de puertas y ventanas.
Hasta el suelo en charcos sombríos que se diluyen.
Con los pardos colores de la piedra.
Y me siento, solo, acorralado en las formas oscuras de una plaza.
Esperando que la tarde acabe.
Que la inspiración me venza.
Pero el sol desaparece y me deshago.
Extraño encontrarte en el centro.
Después de abandonar toda esperanza.
Jugamos al silencio y a lo inútil.
A no mirarnos sin que yo sepa, que no ibas a mirarme.
A no llamarnos sin decirnos, que no ibas a llamarme.
Y así como el tiempo me destroza
Me hace pedazos, me derrota.
Hay un tiempo, después, cuando nos vamos,
Donde las cosas exceden sus contornos,
y mis palabras rebotan en paredes, en alguna parte, detrás de tus ojos.
Así me gusta extrañarte en el centro.
Con las manos temblorosas. Con ilusiones difusas.
Así me gusta buscarte en el centro.
Por calles largas, y por esquinas cerradas.
Y me gusta encontrarte en el centro.
Jugar a lo posible y al silencio.
A no decirnos nada.
A no pensarnos nada.
A callarnos sin callar nuestras miradas.
A callarnos sin callar nuestras miradas.
Y
Jugamos a la tarde.
Donde las cosas se vuelven casi absurdas.
Y
Jugamos a la noche.
Donde todos, incluso tú, querida, perdemos los contornos.

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