La lluvia y otros fantasmas.
—Explícalo. Solo eso.
No Aranza. No es algo que pueda explicarse así, como si nada. Y no es que no quiera decírtelo, es sólo que es algo que no puede decirse, no lo entenderías, ni yo mismo podría entender los balbuceos con los que trataría infructuosamente de explicarte esto, una retahíla absurda de poesía arrítmica y nada más.
—Es la lluvia, supongo.
Es la lluvia y los fantasmas, aunque la lluvia sea también un fantasma, el más suave de todos supongo, el único que no se cuela entre el sabor de tu boca o el olor de tu piel, o que no deja marcas púrpura en tu cuello, o que no desangra de una vez por todas los pliegues de tus labios, dejándoles un leve regusto a sangre y un intenso color morado que me detiene en los instantes más inmóviles de la tarde y pausa mi respiración por algunos segundos, llagando el interior de mi pecho y desahogando su venganza fatal sobre mi angustia. Quizá sea eso Aranza, quizá todo sea por los fantasmas volátiles que se pasean por tu cama y por tu cuerpo, deshaciendo el monopolio de tus suspiros para esparcirlo sobre las almohadas y luego derramarlo en la alfombra, los fantasmas que se acaban la porción de tu aire que necesitaría para respirar junto a ti, esos fantasmas imposibles que pretenden enganchar mi tiempo a las calibraciones de tu deseo caprichoso, encadenarlo a tus manos, deshebrarlo en tu pelo.
—Pero la lluvia termina.
Pero los charcos se quedan Aranza, empapando de silencio mis pasos.
—Ya no sé, quiero irme.
— ¿A dónde?
— Lejos.
Casualidad de las tardes. I
“La metafísica de las situaciones”.
Un buen titulo absurdo para un libro de cuentos, otra idea con un nombre pretencioso, pero al fin y al cabo la obsesión con las ideas elegantes me persigue por todos los rincones de la ciudad. Esta tarde mientras paseaba fuera del MUFI me vino a la mente una idea: La casualidad puede ser una especie de belleza melancólica, una belleza que se nutre de la cadena de situaciones que la preceden y que si esta en consonancia con ellas, en alguna armonía casi sobrenatural puede resultar de una belleza exquisita que inunda el centro del pecho de una sensación pletórica de tiempo.
Quizá llame a esta idea el principio de la consonancia casual y así recordarla al instante con solo invocar el cadencioso nombre de la teoría.
Abrumado por la idea, que me parecía en si misma de una belleza elegante, decidí caminar sobre reforma unas cuantas cuadras, con el paso apresurado como siempre que tengo algo que pensar mis pasos me llevaron hasta el jardín Conzatti en relativamente poco tiempo, los arboles plantados por Cassiano Conzatti entrelazaban sus follajes y dejaban pasar a media luz los rayos agónicos de un sol dorado formando complicadas teselas en el piso de cantera, me senté en una de las jardineras para descansar un poco y entonces empezó a chispear. Siguiendo con la consonancia situacional que estaba a punto de hacerme perder un contacto con la realidad ilógica sustituyéndola por esa especie de historia narrada por algún latinoamericano del boom porque me pareció que la lluvia había sido añadida de manera intencional para completar ese cuadro casi onírico de la perfección narrativa de mi caminata solitaria.
La sensación de vivir en una novela es una de las mas desconcertantes pero a su vez parece gratificante, a veces solo sucede de momento, como una revelación extraña de que alguien manipula los escenarios de tu vida haciéndolos cada vez más intrincados, laberínticos pero hermosos, hermosos en su extrañeza, como encontrarse de pronto solo en una calle solitaria con un danzón saliendo de un radio viejo, o sentarse en una banca mientras llovizna y el olor de tierra mojada evoca los aromas sutilmente eróticos de los cafetales del Huatusco o de las plantaciones de mango en Tehuantepec.
Entonces la lluvia comienza a tamborilear en los techos de los arboles y gotas enormes me golpean el rostro, la gente corre y me quedo solo, en medio de la lluvia empapándome.
La tarde se desploma en gotas grandes. El silencio y la lluvia se difuminan en los horizontes silenciosos del cielo nublado. La permanencia de la humedad se deshace en mi camisa, quizá la tarde lluviosa no sea un buen sitio para pensar, la distensión muscular me engarrota al asiento. Me voy.
La arquitectura es el arte del espacio. La arquitectura es un arte atemporal, permanece, siempre inmóvil y el tiempo no puede sino ir carcomiendo poco a poco sus cimientos. Y ante todo la arquitectura es un arte de situaciones, de formas y tiempos, de planos y vistas, de silencios y sonidos, el murmullo barraganesco del agua, la serenidad de Van Der Rohe, la exuberancia de Gaudí o la elegancia preciosista de Horta no son nada sin el tiempo, el cielo, la tierra, la calle, la vista, la luz, el silencio o las mil y un sutilezas que constituyen el cuadro total de la arquitectura, de la misma forma que leer a Borges en una biblioteca en penumbras es más placentero que leerlo, digamos, en el asiento incomodo de una oficina, así la belleza de la arquitectura se ve acentuada por el ambiente, por todo lo que la rodea, y es a partir de ese todo que se erige la belleza donde el edificio es la excusa para la mirada, la invitación a la contemplación, el elemento central que da sentido al paisaje. Pero es más, el edificio es hermoso en si mismo, autogenera sus espacios y sus situaciones, va construyendo la belleza a partir de si mismo, una belleza infinita, atemporal y metapoética.
Así de pronto la más extrema sencillez de un edificio puede resultar de una belleza melancólica; el deterioro o la humedad, la decadencia pasan a ser parte de un lenguaje poético cuyo sujeto es el paso del tiempo, el cambio, la distancia y el abandono. Así el edificio del Café Arabia de sencillez austera, de lineas rectas y grandes ventanales parece reflejar otros tiempos, la utopia del último modernismo arquitectónico en México, la contrarrevolución contra el estilo neocolonial de la época posrevolucionaria genialmente interrumpida por Luis Barragán y su proto regionalismo crítico y secundado por la genialidad de los Legorreta, un edificio cuyo tiempo parece desfasado del resto de edificios por su temporalidad y extraña consonancia con el paisaje arbolado.
Así que esa tarde entré empapado en el café Arabia, temblando de frío, hurgando en mis bolsillo para recuperar los treinta y tres pesos que sabía que traía. Allí estaban un billete de veinte, una moneda de cinco y cuatro monedas de dos pesos, podría tomarme dos americanos y calentarme un poco antes de enfrentarme a la calle y caminar las doce cuadras hasta la puerta de mi casa.
Vacios
Hace 8 años

"Hablar de música es como bailar de arquitectura" y me gusto mucho, tanto la primera parte como la segunda. :)
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